El Televisor (1974)

 

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Reducir el telefilm que rodó en el 1974 Narciso Ibañez Serrador a la simple categoría génerica de film de terror sería un flaco favor. Es cierto que la obra se rodó como film independiente de la mítica serie de la cual él había sido el creador, Historias para no dormir, pero la película alcanza unas cotas de gran calidad que impiden calificarla con un único adjetivo. Antonio Mercero, el autor de la Cabina (1972), mítica obra que al igual que el televisor de Ibañez utilizaba el terror para realizar una parábola social, homenajeo descaradamente al film de Ibañez con la Habitación Blanca, un mediometraje realizado también para televisión, en el año 2000.

De hecho, y sin ningún temor a equivocarme, El televisor es una clara parábola de la sociedad española de los años setenta, es decir, del régimen franquista (que estaba ya agonizante en el 1974). Acompañado de una voz en off que sólo suena en los primeros compases iniciales, Narciso Ibañez nos introduce un personaje que resulta prototípico dentro de la sociedad: Enrique es un empleado de banca (pero no un alto ejecutivo, sino un chupatintas más), que dedica  largas jornadas a su trabajo, y que tiene poco tiempo para el ocio. Pero siempre ha tenido un sueño, comprarse un televisor. Enrique esconde de hecho el que su familia, a diferencia de sus vecinos, no tenga un televisor, porque lo considera un demérito social, ahí es nada. Pero además, con algunas frases de diálogo intuimos que nuestro protagonista es un “buen español”, no sólo por su postura política, sino también por la manera de comportarse. Pero su vida empezará a cambiar con la llegada del televisor…Y él se obsesionará de manera compulsiva con la pequeña pantalla.  Si quitamos el televisor por un coche como el seiscientos, nos daremos cuenta de que en realidad el televisor es una metáfora del mundo globalizado (o que iba hacía este proceso) de los años sesenta (y que sigue comportándose igual hoy en día), una sociedad que necesita de aparatos y objetos para sentirse aceptado dentro de una sociedad.

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Quedarnos con la lectura política sería sólo conceder una pequeña virtud al film. De hecho, una de las grandes bazas de la película está en su identidad poliédrica, y es que El televisor, puede leerse como un rompecabezas, compuesto por muchas identidades diversas. El genial guión despedaza a mitad del film la obsesión que sentía –y siente- la gran mayoría de la sociedad, no sólo española, sino mundial, delante de la pantalla (en nuestro caso, podemos substituir la televisión por el ordenador y las nuevas tecnologías que el sentido del film seguiría funcionando a la perfección). ¿Cuánto rato dedican los españoles medios a ver grandes cantidades ingentes de televisión? Pero más allá de esta crítica, la cinta plantea el problema como un símbolo de evasión. Nuestro protagonista deja de asistir al trabajo, porque considera que ha encontrado la auténtica verdad en la programación televisiva, y en un momento genial de la película nuestro Enrique ruega a su mujer que se arregle, para que puedan asistir al teatro. Ella sonríe de felicidad porque creen que van a salir por fin de casa, como un matrimonio feliz, pero Enrique contesta que van a arreglarse para asistir a la función televisada de una obra de teatro. Esta secuencia es hartamente significativa, la televisión se ha convertido en un ritual, y puede interactuar con nuestro protagonista, que decide vestir adecuadamente sólo para ella (sin duda a medida que avanza el film vemos como la televisión se ha desarrollado como un ente con personalidad propia).

Y en el tramo final de la película, se propone un planteamiento absolutamente Kafkiano. Enrique habla directamente con los personajes que aparecen en la televisión, como los serialkillers de las noticias, o los sheriffs de los westerns. Su obsesión ha llegado a tal extremo que aparentemente ha perdido la cabeza. El final de la película, resulta demoledor. La violencia del televisor ha salido finalmente de la pantalla, en acto mágico y salvaje. Lo que parecía imposible ha sucedido finalmente. Sin duda se nos está mostrando, de manera velada, la gran cantidad de violencia que se exhibe a diario en la pantalla, y a la que muchos somos inmunes. Por otra parte el efecto de embotador de mentes del espectro televisivo también aparece reflejado en el film, en una serie de diálogos que tiene nuestro protagonista con el psiquiatra al que finalmente ha tenido que acudir su mujer, al ver que estaba perdiendo la cabeza. En un monólogo soprendemente lúcido el protagonista confiesa que ahora es incapaz de pensar por sí mismo. Donde antes había colocado libros ahora habitaban Tps y revistas televisivas. Es consciente de que la televisión está acabando con él, pero es incapaz de apagarla porque se da cuenta de que ahora ya no sabe hacer nada más. Visto los tiempos que corre, con cadenas televisivas que optan por idiotizar completamente al espectador (como nuestra querida Telecinco a la cabeza de todas ellas), esta crítica queda más vigente que nunca.

Kyrios

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