Ocho Apellidos Vascos (2014)

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Ocho apellidos vascos se ha convertido ya en un fenómeno social, siendo una de las películas españolas que más ha arrasado en la taquilla histórica de todos los tiempos. Y quizá vale la pena analizar la película desde un punto de vista sociológico más que artístico, porque no hay grandes hallazgos visuales o argumentales en la película como para destacar algo francamente novedoso o interesante. El film de hecho es una película artesanal, realizada por un director artesano como es Emilio Martínez Lázaro. La película se aprovecha del rocambolesco argumento para explotar una gran serie de situaciones cómicas, sin que haya realmente una conexión dramática entre ellas, sino que Ocho apellidos vascos se convierte en muchos momentos en una larga retahíla de tópicos, encorsetados con más o menos gracia en según qué momentos pero nunca con la función de explicar una historia detrás.

Pero como decía, la historia ha cautivado a una gran cantidad de público. Sin embargo, el formato que propone el film no es algo puramente español, sino que también ha triunfado en otros países. El guión que en esta ocasión presenta Borja Cobeaga (director de películas realmente mucho más interesantes como Pagafantas o No controles, y esperemos que este film le haya servido para volver a la palestra después del fracaso comercial de su segunda película) sigue la estela de películas exitosas como Bienvenidos al norte (2008) o su homónima italiana, Bienvenidos al sur (2010). Dichas películas trataban desde la comedia las diversas diferencias culturales, sociales y lingüísticas que forman las diferencias provincias de países como Italia y Francia. Siguiendo los clichés (que siguen sendas por cierto muy parecidas, entre gente de lugares urbanitas y otras zonas geográficas más rurales) y estereotipos de la sociedad, las películas consiguieron lograr la simpatía de sus respectivos países. Bienvenidos al norte fue ni más ni menos que la película más taquillera de la historia francesa.

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Hay otro nexo de unión más entre estas dos películas y Ocho apellidos vascos. Todas sacan mucho provecho de la cuestión lingüística para sacar el máximo jugo cómico al film. En Bienvenidos al norte era imprescindible visionar la película en su versión original, porque uno de los ejes principales era aprovechar la diferencia de dialectos entre la gente del norte y del sur. En ocho apellidos vascos ocurre exactamente lo mismo, nuestro personaje principal, sevillano de pura cepa, interpretado por el cómico Dani Rovira, deberá adaptarse al acento vasco para poder pasar camuflado como el aparente novio de Clara Lago.

Ocho apellidos vascos es una película que juega exagerando los clichés. Entendido esto (que podrá hacer más o menos gracia pero resulta inofensivo por la gran exageración de todos los personajes y situaciones) resultan incomprensible ciertas críticas como las acontecidas en ciertos periódicos. Pero hablar de eso sería harina de otro costal.

Evidentemente, en la película de Emilio Lázaro (¿o deberíamos decir de Borja Cobeaga? ¿es el guión un síntoma de personalidad más claro en este film que la dirección?) los vascos son mostrados de la manera más absurda posible. Todos participan en la Kale Borroka, montan manifestaciones cada dos por tres, beben como si no hubiera mañana y no pillan con una vasca ni para atrás. Mientras que los sevillanos se engominan diariamente, hablan con su particular acento-miarma-y disfrutan con el folclorismo de las sevillanas y la música de los Del Río (que por cierto, tienen un cameo especial).

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El problema es que el drama y la continuidad cuestan brillan por su ausencia. La comedia hace reír, cosa que ya es bastante (impagable las escenas de la manifestación y las apariciones de Alfonso Sánchez y Alberto López), pero nunca tenemos la sensación de que los personajes tengan una verdadera alma. La historia romántica es incomprensible y la resolución final acaba tirando por las vías más tópicas.

Sin embargo el reparto lo hace asombrosamente bien. Nadie tenía grandes esperanzas en el cómico Dani Rovira, que sin embargo cumple correctamente con su papel. Aunque sin duda alguna, el auténtico crack es Karra Elejalde, que borda el papel de vasco arquetípico, padre del personaje de Clara Lago, con la que vuelve a encontrarse después de mucho tiempo sin verse. Las escenas en las que comparte plano con Rovira acostumbran a ser las más eficientes. Y también una lástima que el culebra y el cabesha (Alfonso Sánchez y Alberto López) tengan un papel tan reducido, porque son sin duda lo mejor de la película.

Kyrios

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