Luchino Visconti: Muerte en Venecia (1971)

 

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Hablar de Muerte en Venecia en el año 2014 parece ya una odisea inútil. La película del director italiano Luchino Visconti se ha convertido por méritos propios en una película de culto, que cuenta con sus acérrimos seguidores así como mucha otra gente que considera el film como una obra fallida. Como poco más se puede aportar en torno a la gran cantidad de críticas ya realizadas, voy a destacar algunos puntos que personalmente me parecen interesantes.

En primer lugar, Visconti domina la imagen a la perfección. La domina tan bien, que de hecho no debe recurrir a la palabra más que en ocasiones contadas, como pudiera ser las discusiones mediante flashbacks en las que vemos debatir sobre arte a nuestro personaje principal (interpretado por el maravilloso Dirk Bogarde) con un antiguo compañero suyo. Pero quitando estas momentáneas frases, la película alcanza unas grandes cotas de saber contar gran cantidad de detalles sin utilizar los medios literarios. Un gran ejemplo es la secuencia en que nuestro protagonista entra por primera vez al hotel. Ahí está reunida la más alta burguesía, que hace ostentación de todo su alto status, así que la mirada de nuestro actor va del inevitable caos de discusiones en idiomas inimaginables y el periódico que tiene entre manos. Pero de repente observa un muchacho con aspecto angelical (o andrógino, como ustedes prefieran) que será la perdición de nuestro personaje.

Porque sin duda Gustav, es un idealista que ha viajado a Venecia para tratar de encontrarse mejor de una enfermedad que le está aquejando. Tiene la vida más o menos solucionada, pero la aparición de la belleza misma, idealizada por el joven muchacho (que en todo el film no habla ni una vez con él, lo que ya nos da una idea sobre que tipo de belleza estamos hablando) trasvasará todos los esquemas de Gustav. Y eso que mediante los diversos flashbacks que nos retraen a las discusiones con su antiguo compañero sabemos que el personaje de Gustav no es de aquellos que se deja llevar por las pasiones tan a la ligera. Sin embargo, la joven figura le llegará a embelesar tanto que su pasión por él llegará hasta el límite de la obsesión. Múltiples y frecuentes (por no decir que es el hilo conductor de la película) son las secuencias de nuestro protagonista que yendo detrás del muchacho, y si no fuera por la elegancia con la que presenta Visconti esta búsqueda nos parecería un caso de voyeurismo extremo y degradante.

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El detonante final se encuentra en una secuencia muy inteligente que sucede en la primera mitad del metraje. Cautivado de manera sobrenatural por el embrujo del joven muchacho (interpretado por  Björn Andrésen, actor desconocido, que consiguió Visconti después de múltiple procesos de selección y de castings entre gran número de jóvenes) y asqueado por sus propios sentimientos, Dirk Bogarde decide marcharse inmediatamente de Venecia. Desgraciadamente para él, hay un pequeño problema con su equipaje, por lo que no podrá abandonar la ciudad inmediatamente. Visconti entonces nos enfoca el rostro de nuestro protagonista. Lo que en un principio podemos calificar como frustración en el rostro de Bogarde, pronto se convierte en placer culpable. Bogarde ha sucumbido finalmente a la tentación, y está perdido para siempre.

Justo en esta secuencia sucede una advertencia muy interesante, con la muerte de un mendigo en la estación. El hombre cae derribado por la asfixia de alguna enfermedad o de un infarto, pero el caso es que nadie hace nada por ayudarlo, ni tan siquiera se inmutan ante el inminente cadáver. A nuestro personaje le quedan pocas jornadas de vida, como nos adelanta Visconti.

También la muerte y Venecia quedan reflejadas en la película. Las constantes advertencias de que una enfermedad está infiltrándose en la ciudad dan una continua sensación de locura que imprime en la película un cierto tono surrealista. Desde luego parece extraño que la enfermedad haga acto de aparición de una manera tan onírica, como algo oculto que la gente de Venecia trata de ocultar ante las miradas extranjeras. Y por supuesto, la muerte acabará haciendo su acto de aparición en uno de los finales más majestuosos y brillantes de la historia del cine.

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La calidad estética del film es realmente sobresaliente. A veces la película recuerda vagamente al film Ordet de Dreyer, en el sentido que ambas películas parecen no ser una recreación de ficción, sino que parecen captar una realidad inexpugnable que sólo ha sido abierta para el ojo del artista. Antes Dreyer y ahora Visconti consiguen que sus dos películas parezcan espejos de una realidad no filmada.

 

Kyrios

 

 

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