Estoy Vivo! (It’s Alive)

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En el año 1960 se patentó el Enovid[1], el primer tratamiento anticonceptivo de la historia. Primero apareció en Estados Unidos, pero rápidamente se extendió alrededor del mundo occidental. Este fármaco supuso un auténtico hito en la historia de la humanidad, porque ahora la mujer podía romper con las cadenas que habían obligadoa la mujer durante toda la existencia de la humanidad  a mantener un papel mucho más cauto y secundario a la hora de tener relaciones sexuales. A pesar de ello, en el 1968 (el mismo año en que se estrenó la semilla del diablo con quien Estoy vivo comparte ciertas similitudes) un grupo de científicos británicos declaró que estos medicamentos se habían patentado demasiado rápido, y encontraron una serie de implicaciones evidentes entre el Enovid y muchos efectos secundarios peligrosos, como casos de embolia y coágulos de sangre.

Otro medicamento que supuestamente había de mejorar la condición de la mujer se demostró finalmente que era el causante de grandes desastres. En este caso la Talidomida, un medicamento que ayudaba a aliviar las sensaciones de náuseas que vienen acompañadas con el estado de embarazo. Rápidamente se descubrió que la Talidomida tenía unos terribles efectos secundarios, y que había sido el causante de deformaciones en múltiples nacimientos. En Alemania, en Agosto de 1962, el ministerio de Salud declaró que el medicamento había afectado al nacimiento de ni más ni menos de diez mil infantes, de los cuales murieron la mitad, mientras que el resto nació con grandes problemas, convirtiendo en una auténtica pesadilla el hecho del embarazo. Muchos de estos niños nacidos bajo el efecto de la Talidomida producían imágenes tan grotescas que parecían sacados de películas de terror. Los periódicos más sensacionalistas publicaban fotos de malformaciones para conseguir el máximo morbo posible, con tal de sacar provecho comercial. La ficción volvía a superar una vez más a la realidad.

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La película de Larry Cohen, It’s Alive, realizada en el 1974 como la primera parte de una trilogía, no se puede entender sino hablamos antes de esta cuestiones. Es algo que el film pone de manera totalmente implícita en muchas secuencias, pero aún así a muchos se les ha pasado por encima.

Ya en las primeras secuencias, la madre del monstruoso niño (que aún no ha salido a la luz) muestra unas caras de preocupación y comenta que tiene unas sensaciones extrañas respecto al primer embarazo que tuvo. Antes de que de a luz, el padre protagonista de la criatura se encuentra en una sala de espera donde conversa con diferentes personajes que también están en espera. Se pone de manifiesto la contaminación tan palpable de la ciudad-Ya no se puede ver nada por culpa de la niebla-Mientras que uno de los personajes, que trabaja en una compañía que produce insecticidas comenta un supuesto caso real. Se refiere a un matacucarachas que patentó su empresa, y que en vez de conseguir eliminarlas, las hizo más fuerte. Pero sin duda, la secuencia más explícita de todas tiene lugar a mitad del metraje, cuando la madre le espeta a su médico que la culpa del haber dado a luz un monstruo es suya, por haberle dado tantos medicamentos y pastillas. Por no hablar del final de la película. Cuando la pesadilla ha acabado, a nuestros protagonistas se les comunica que acaba de aparecer un bebé similar en otro lugar del país. La pandemia se extiende.

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Larry Cohen recoge precisamente todos estos miedos derivados de los efectos secundarios de ciertos medicamentos para realizar una film guignolesco, que no tiene reparos en mezclar salvajemente sangre sudor y lágrimas. Sin duda, lo mejor de la película es la potencia visual de ciertas secuencias (como la bestialidad del embarazo), que sin embargo el guión no es capaz de mantener. Cohen nunca fue un gran amante de revisar los guiones, y ciertamente esto se nota en el film. Hay una cosa que aun a pesar de ser lógica, no se encuentra plasmada en la película, y es que todos los personajes del film reaccionan de una manera extraña pero no coherente ante el nacimiento del bebé. Es un fenómeno ciertamente bizarro, porque ninguno de los protagonistas, incluido el padre, se comporta de una manera lógica. Por otra parte, la película va dando serios bandazos. El bebé aparece y desaparece dejando un reguero de cadáveres detrás de sí, pero nunca con un desarrollo bien construido detrás.

Interesante la secuencia del plano subjetivo, que parece anticipar la de algunos films slashers, cuando observamos la misma vista que la del bebé asesino, cuando quiere eliminar a sus víctimas. El plano subjetivo intenta ocultar claramente a nuestro protagonista, que tarda bastante en mostrar su verdadero rostro, en gran parte porque Cohen quiere jugar a no mostrar explícitamente su monstruo, hasta que no ha transcurrido gran parte del film.

Kyrios

 

[1] Todas estas referencias están perfectamente desarrolladas en el libro de David. J. Skal, Monster Show: Una historia cultural del horror, Ed. Valdemar, Madrid 2008, En el capítulo Vive, me temo.

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