Luis Buñuel: El Discreto encanto de la Burguesía (1972)

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El discreto encanto de la burguesía fue un gran éxito de crítica y de público. Seguramente la película más exitosa del maestro de Calanda, y la única por la que recibió, en el 1972, el Oscar a mejor película extranjera. Sorprendentemente (porque desde luego, el film no es apto para todos) la taquilla recibió con moderado entusiasmo el film de Buñuel.

Cuenta Buñuel en su autobiografía, Mi último suspiro[1], el origen que inspiró la anécdota que abre la primera secuencia de la película, donde unos burgueses se presentan a comer a casa de una compañera suya, pero se dan cuenta de que la mesa no está preparada. Posteriormente la misma mujer de la casa les contará que su marido no está el piso en esos momentos, y que ella pensaba que la comida era precisamente mañana. Dicha anécdota forma parte de una historia real que le aconteció al productor de la película, Serge Silbermann. La historia sirvió a Buñuel, que estaba buscando en aquellos momentos una historia que le permitiera hablar sobre la repetición  de muchas de las escenas cotidianas, un tema que siempre ha apasionado al director.

De hecho, la repetición es algo constante en la película. Sin seguir una línea argumental realmente definida, la película nos muestra continuamente los deseos frustrados de un grupo de burgueses (los cuales, dicho sea de paso, andan metidos en tráfico ilegal de drogas) por intentar llevar a cabo una simple cena. Como apunta el célebre crítico norteamericano, Roger Ebert[2], ¿Hay algo más burgués que tomar una copiosa cena, con corbata, y cóctel en mano? La comida se convierte en la película en la clara demostración de que el ritual alimentario es indispensable para la clase media alta, que puede así exhibir ante sus compañeros el nivel de ostentación y riqueza que dispone gracias a su estatus. En este sentido, Buñuel utiliza genialmente una secuencia para definir a dicho estrato social. Tiene lugar cuando uno de los ricos comensales comenta pedantemente a sus compañeros que un buen Martini hay que saber saborearlo, y que la gente no sabe beberlo adecuadamente. En esos momentos llaman al chófer para que se acerque a beber con ellos, y este engulle directamente el cóctel. Una vez se ha marchado, los comensales se ríen de los modales del empleado al que consideran inferior.

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Es fácil perderse con una película como el Discreto encanto de la Burguesía. En vez de utilizar una estructura lineal, el maestro del surrealismo utiliza gran cantidad de detalles para marcharse por narraciones que abre en cualquier momento, y que cierra de la manera que él mismo desea. Nunca sabemos exactamente dónde va el film, ni tampoco donde acaba. Los sueños son constantes en la película, y le sirven a Buñuel para abrir puertas que dejan claro que al director no le interesa en ningún momento la linealidad. Además, gracias al tono onírico Buñuel puede hacerse eco de los verdaderos deseos y miedos de sus personajes, ya que de otra manera habría resultado imposible o que en todo caso habría roto con ciertas reglas (aún extrañisíma, lo que sucede podría pasar en la vida real). La película introduce en diversos momentos las historias (normalmente son contadas por personajes secundarios) de fantasmas o espíritus que dan a la película una atmósfera realmente extravagante, y se unen al sentimiento cínico de Buñuel, que está patente en todas las escenas de la película.

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Porque sin duda, si hay algo que destacar en la película, aparte de su original narratividad, es el humor negro que desprende la película. No puede ser más cínico Buñuel, cuando sus personajes en la primera secuencia de la película, después de dirigirse a un restaurante donde esta vez sí, poder acabar con su apetito, se encuentran con la desagradable sorpresa de que el dueño está muerto. Y que de hecho, está siendo velado justo al lado de sus mesas. Que un cura, perteneciente a uno de los estamentos con los que Buñuel más se ha ensañado, se ponga a trabajar como jardinero para unos amos burgueses por penurias económicas, no es desde luego un hecho casual. Evidentemente el humor en la película sirve como algo mucho más que para hacer reír, ya que las intenciones humorísticas para el director sirven para demostrar la auténtica identidad de sus personajes. Que por cierto, no deja títere con cabeza, pero es que hasta el propio Buñuel se ríe de sí mismo, cuando uno de los protagonistas revela una de las bebidas favoritas del director, el Martini Seco. ¿Quizá porque Buñuel sabía que tampoco había tanta diferencia entre ellos?

El discreto encanto de la burguesía es una de aquellas películas que esconde detrás de lo que aparentemente es una historia sencilla,  un mensaje cínico y descarnado, que no deja de resultar totalmente crítico con ciertas castas de la sociedad. Quizá por eso, en pleno año 1972, cuando la crisis del Vietnam estaba en uno de sus apogeos críticos, la película consiguiera una gran recepción entre diversos espectros de público.

 

Kyrios

 

 

[1] Luis Buñuel, Mi último suspiro, Ed. DEBOSL!LLO, Barcelona 2012

[2] Rogert Ebert, Las grandes películas, Ed Robinbook, Barcelona 2006

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