Ciclo Wes Craven: El Sótano del Miedo

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El sótano del miedo (The people under the Stairs, 1991) es seguramente la película más extraña, bizarra y sorprendente de Wes Craven. Quizá por esta singularidad, también sea una de las obras más olvidadas del director (puede que también porque no se realizó ninguna secuela sobre la película), y eso que en su momento tuvo un éxito moderado.

El Sótano del miedo nos habla de la historia de Fool (tonto en inglés, un mote de nuestro protagonista) un niño afroamericano al que en breves van a desahuciar junto a su madre y su hermana. Como su madre está enferma, el crío decide embarcarse en un peculiar robo, junto a dos compañeros de mayor edad. Su objetivo son unas monedas de oro, pero una vez han entrado en la casa donde pretenden realizar el hurto, se darán cuenta de que los habitantes son bastante inquietantes.

Ya con la secuencia inicial en la que Craven nos enseña la carta del Tarot que determina el nombre de nuestro protagonista, nos damos cuenta del extraño tono que el director imprime a la película. La obra es una mezcla de diversos géneros, como son la fantasía y la aventura (películas habituales en la década anterior a la realización del film, podemos comparar perfectamente nuestra película con Los Goonies), mientras que el tono infantil de esta parte entra en contradicción con el terror, el gore (cierta pátina la encontramos en la película sin duda) y un humor tremendamente cínico. Seguramente por esta mezcolanza los espectadores puedan sentirse confundidos, y en cierta medida con razón, porque los toques bizarros son una constante en la película.

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Sin duda se trata por otra parte, de la película de Craven con más carga explicita ideológica[1] (que no quiere decir esto que la crítica que encontramos en el sótano del miedo sea la mejor desarrollada de su filmografía).  Nuestro personaje principal es un niño afroamericano, que decide luchar por su familia, a la que van a desahuciar (sólo por llevar tres días de retraso en el alquiler) y que intenta robar a sus caseros, que son un matrimonio (aunque luego Craven nos revelará que se trata de una unión incestuosa entre hermanos, tratando de darle más leyenda negra a su historia) de raza blanca, que confía de manera harto paródica en su estatus social (tienen la casa totalmente amurallada y se cuidan de que no entre nadie en su casa, especialmente si son negros) y que explota económicamente a toda la comunidad (poseen las rendas de alquiler de la mayoría de sus vecinos, a los que explotan de todas las maneras). Por si fuera poco, Craven se empeña en mostrarnos a esta unión perversa de hermanos como unos auténticos fanáticos religiosos. Cada dos por tres están mandando a sus vecinos al infierno (creen poseer a Dios de su bando) mientras que mantienen una férrea educación religiosa sobre una de sus hijas. El final es una clara metáfora de la liberación de los negros hacía sus amos blancos, cuando deciden enfrentarse en masa a ellos, acudiendo a la puerta de su casa.

Hasta aquí podría parecer que la película de Craven es una obra más realizada a inicios de los años noventa, pero el tono con el que trata el director su película la convierte en una absoluta rara avis del cine de terror. El hombre de la familia blanca se viste en ciertas ocasiones de un vestido sadomasoquista que resulta de lo más bizarro. Por si fuera poco, en una ocasión realiza un gesto lascivo hacía su propia hija, y se dirige a ella con intenciones sexuales pero afortunadamente es interrumpido sin que sea capaz de completar su misión. Craven mezcla un humor absolutamente cínico (muchas veces con referencias explícitas a la comunidad afroamericana, como la secuencia en que nuestro protagonista se dirige en una desesperada huída en el baño y encuentra a la hija de la familia) con toques absolutamente siniestros.

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Original argumento sin duda, pero que queda entredicho por el extraño desarrollo que recibe la película. En ocasiones el hilo se pervierte a medida que Craven sigue introduciendo cada vez más elementos bizarros y situaciones controvertidas que realmente carecen de significado para la película. Un gran ejemplo son los zombies/rehenes que guarda la familia en el trastero, así como el protagonista sin legua que aparece y desaparece a su antojo. Elementos que fácilmente se podrían haber evitado sin que la calidad de la película disminuyera.

De igual manera sucede con la elección de la banda sonora. Su reiteración es tan absolutamente machacada en tantas secuencias de la película que acaba desesperando al espectador. Sólo en momentos muy determinados, Craven es capaz de ensamblar música e imagen por el mismo camino.

Kyrios

 

 

[1] John Kenneth Muir, The Art of Horror: Wes Craven, Ed. McFarland & Company, North Carolina 2004

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