La Profecía (1976)

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Después del éxito comercial que había supuesto la Semilla del diablo (1968) y sobre todo, del Exorcista (1973) había quedado bastante claro que el tema demonológico era una veta fácil para que las productoras explotaran económicamente este filón. La siguiente que lo conseguiría fue la Profecía (1976), película dirigida por Richard Donner y que trata el despertar del anticristo en la tierra. Con apenas dos millones de presupuesto (aunque se consiguió fichar a una estrella de renombre, como Gregory Peck), la película consiguió recaudar una exagerada cifra que se elevó en su momento hasta los sesenta millones de dólares. Su influencia en la cultura popular fue incalculable, creando y forjando el mito del anticristo como un muchacho de joven edad, una imagen que se grabaría en la mente de la sociedad occidental, por lo menos hasta la actualidad. Las productoras seguirían explotando la leyenda hasta con tres entregas más (aunque la cuarta película de la saga poco tiene que ver con la historia original), ciertamente de dudosa calidad.

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Comenta el propio Richard Donner[1] que en un primer momento ninguna productora deseaba producir un film en que no se imaginara el Anticristo como una visión monstruosa en la que aparecieran fuego y pezuñas. Sin embargo, el guión de la película basaba sus miedos en la desintegración de un núcleo familiar (además, una familia de alto estatus, pues el padre de familia es el embajador americano en Londres) y no en un apocalipsis global, que era lo que habría parecido lógico con un argumento semejante. Ya el Exorcista había demostrado que la ruptura familiar como eje central era algo que se podía explotar con enormes resultados. En La profecía no observamos ningún ejercicio de Posesión, pero los miedos y el terror provienen en gran medida de la alienación familiar.

En los primeros compases del film encontramos una secuencia idílica en la que nuestros padres protagonistas pasean por un bosque, hasta que se dan cuenta de que parecen haber perdido a su hijo. La música se vuelve entonces mucho más inquieta, hasta que descubren de nuevo a su hijo, fundiéndose en un abrazo familiar (vuelta a la normalidad aparente). Acto seguido Donner nos muestra la evolución de la familia mediante la colocación de una serie de fotografías fijas, que nos ensenan el desarrollo familiar (se supone que a través del tiempo) y donde el amor entre ellos es patente, hasta llegar a una de las primeras secuencias más violentas de la película, y que es el primer detonante que desequilibra el espíritu familiar. En dicha escena, que tiene lugar durante el cumpleaños de Daimien, una de las criadas se suicida colgándose en el tejado, creando un efecto siniestro. Donner no esconde el intrigante gesto de que mientras la madre de Daimien se acerca a cubrirlo para que no vea tan grotesca imagen, los niños asistentes a la fiesta parecen mirar curiosos hacía el ahorcamiento de la criada.

Este ahorcamiento trae consigo un elemento básico que será el culpable del desmembramiento familiar, con la aparición de una nueva criada, que resulta harto inquietante. En realidad, forma parte del plan diabólico (nunca se acaba de especificar, pero parece una enviada del diablo), y su actuación en el film propicia uno de los temores maternos más socorridos, como es la suplantación materna. A medida que se adentra en la casa (además va acompañada siempre de perro de raza Doberman que tiene connotaciones claramente diabólicas) la relación entre madre e hijo va paulatinamente empeorando, mientas que la influencia entre la criada y Daimien es cada vez mayor. Madre e hijo terminarán con la relación en la perfecta escena en la que Daimien parece (realmente no sabemos nunca si es su voluntad o es un simple incidente) acabar con su madre al precipitarla al vacío de la escalera mientras esta estaba de pie. A partir de ese momento todo el protagonismo recae en Greogry Peck y en su búsqueda por encontrar el verdadero misterio que se alberga detrás de su hijo.

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Si no fuera por la excelente música de Jerry Goldsmith (quien recibió su primer Oscar por la banda sonora) los hechos paranormales (especialmente las crueles muertes) podrían pasar por puras coincidencias. El guión (original para la película) de David Seltzer estaba específicamente construido para jugar con una ambigüedad inicial, que sin embargo dejaba sus cartas abiertas a medida que avanza la película.

La profecía logra configurar una imagen del anticristo que recogiendo influencias anteriores (la figura infantil del exorcista, y en menor medida de la semilla del diablo) y añadiendo otras, consiguió crear una iconografía que se mantendría en el colectivo popular durante largo tiempo. Por primera vez con éxito, la película introducía elementos bíblicos que iban a conseguir una gran popularidad, el film sigue la visión del Apocalipsis de San Juan, y la incrustación del número satánico (666) en la película. El 666 es el elemento definitivo que acaba de convencer al personaje interpretado por Gregoy Peck de que su hijo es el anticristo.

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El crítico Robin Wood realizó en la década de los años ochenta un estudio sociológico[2] donde comparaba diferencias y semejanzas de la profecía con otro film enormemente popular de la década de los años setenta, The Texas Chainsaw Massacre (la matanza de Texas, 1974). Para Wood las películas de terror de la década tienen un trasfondo político evidente, que se relaciona en gran manera con los valores morales de la sociedad occidental del momento, que precisamente estaban en auténtica convulsión. Son momentos de la guerra del Vietnam (La profecía se estrena poco tiempo después de que el conflicto bélico finalice por completo), el pacifismo Hippie empieza a perder terreno ante el pesimismo general y la concepción de la “realidad” capitalista, el núcleo familiar empieza a ponerse en entredicho a pesar de las políticas oficiales de reagrupamiento…

No es casual que en muchas películas de los años setenta, el mal domine finalmente el mundo. En la semilla del diablo (realizada a finales de los años sesenta) el mal conseguía imponerse al final de la obra, cuando Rosemary aceptaba a su hijo, aunque fuera el anticristo. En el Exorcista (1973) encontrábamos un final realmente ambiguo, mientras que en la Profecía Damien ha conseguido salvarse y sus obstáculos han sido borrados, con lo que se intuye que su plan diabólico puede ponerse en marcha. Evidentemente estos finales malignos se relacionan con el creciente pesimismo de una sociedad real que está continuamente bombardeada por la cruda realidad. En cualquier momento la guerra fría puede estallar y dar pie a un verdadero apocalipsis (nuclear).

 

[1] Realizó una versión audicomentada de la película junto al montador de La Profecía, Stuart Baird (aunque no fue el primer montador al que se dirigió Donner, sí fue el definitivo) en la edición comercial en DVD, lanzada al mercado para conmemorar los veinticinco años del estreno.

[2] Robin Wood, Hollywood from Vietnam To Reagan, Ed. Columbia university press, New York 1986

 

 

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