Richard Fleischer: Impulso Criminal (Compulsion, 1959)

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Las comparaciones entre la película de Alfred Hitchock, The Rope (La soga, 1949) y Compulsion (Impulsos Criminales, 1959) son notables. Ambas están basadas en el mismo hecho verídico (aunque la película de Fleischer adapta una novela que relata dicho caso) que aconteció en la década de los años veinte (época en la que se ambienta en la película), cuando dos personajes reales, Nathan Leopold Jr. y Richard Loeb, cometieron un crimen por el sólo hecho de creerse moralmente superiores de poder cometerlo. Eso mismo es lo que nos encontrábamos en la película de Hitchock (pese a que las relaciones homoeróticas entre los dos no estaban tan profundizadas como en este caso), y eso es en parte, lo que nos encontramos en la película de Richard Fleischer, director que quizá toca con esta película la cumbre artística de su carrera.

El problema es que el guión no llega nunca a la perfección que ella misma se plantea. En una de las primeras secuencias de la película se revela uno de los temas centrales de la película, cuando uno de los asistentes sostiene un interesante debate con el que Fleischer trata de demostrar la supuesta superioridad mental de los asesinos. Y, ¿Cómo se hace? Recurriendo al tópico fácil. El retorcido personaje acude a un discurso mal digerido de Nietzsche, donde entre otras cosas, realiza una mala interpretación del mensaje filosófico del alemán, donde por supuesto, aparece el socorrido súper hombre. Las comparaciones entre este caso y el nazismo quedan pues también bastante en evidencia. Pero el problema no es sólo que el protagonista haya digerido mal a Nietzsche, sino que al guión de la película le sucede lo mismo. Tratando de aparentar algo que no es, la película recurre en ocasiones a imágenes que Fleischer no es capaz de desarrollar adecuadamente. Un tanto idéntico le ocurre al solemne cierre de la película, en una alusión a Dios que ni viene ni va.

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Y así transcurre la primera parte de la película, hasta llegar a la investigación policial. Lo más interesante de este intermedio es que Fleischer sabe dominar la tensión narrativa, dejando de apretar poco a poco el hilo, para conducir las pistas que posteriormente llevarán a nuestros protagonistas a admitir su culpabilidad en el asesinato. Por otra parte, queda vez más claro la tortuosa relación sentimental entre los dos psicópatas. Interpretados respectivamente por Bradford Dillman y Dean Stockwell (ganadores junto a Orson Welles del premio al mejor actor en el festival de Cannes) muestran el buen hacer esta vez sí, de los guionistas. Dean Stockweel es el asesino intelectual, el que sostiene la charla con su profesor acerca de la superioridad moral de ciertos hombres, entre los que evidentemente se incluye él mismo. Su narcisismo y egoísmo se unen a una homosexualidad no revelada, que acaba derivándole problemas psiquiátricos. Su relación en realidad es totalmente pasiva respecto al personaje interpretado por Bradford Dillman, que es el dominante entre los dos protagonistas. Pese al gran intelecto que demuestra tener, su aprecio hacía Dillman es casi una manía. Por otra parte, el personaje de Dillman es el clásico sádico que disfruta con su violencia. Un personaje quizá más simple, pero bien construido y con alguna secuencia simbólica que nos define bien su esencia, como aquella que tiene lugar en el granero, cuando nuestro personaje habla a su compañero acerca de la existencia de la Cabra Judas, aquella que lleva a sus compañeras hasta el matadero, sin que las otras se den cuenta. Una clara alusión al espíritu de este mismo personaje.

Finalmente llegamos a la parte más interesante, la tercera, que se une a la aparición del magnífico Orson Welles (como vemos, con un papel más bien de pequeña duración, consiguió que su nombre se impusiera por delante de muchos otros), que aparece en el papel de abogado defensor de los dos psicópatas. Esta tercera parte puede incluso recordarnos a la mítica película de Sidney Lumet, 12 Angry men( Doce hombre sin piedad, 1957), por la misma cuestión teórica: La defensa de la vida ante la pena de muerte. La película transcurre entonces entre tribunales, donde el abogado interpretado por Welles realiza interesantes discursos. La película adopta una postura bastante valiente, acusando en ciertos momentos al propio populacho de las ansías de sangre. Siempre desde un punto de vista humanista, Welles consigue convencer a su público, y al de la película.

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Formalmente la película apuesta por una puesta en escena muy atrevida. Quizá Fleischer quedara bajo el yugo de la renovación formal que estaba empezando a sentirse en el mundo del cine en aquellos mismos años. La película recupera de hecho, una distorsión muy parecida a la que encontramos en las primeras película de Orson Welles. Aquí Flesicher emplea un gran contraste en la fotografía realizada en blanco y negro, mientras que emplea una gran cantidad de angulaciones y planos realmente atípicos para lo que venía siendo su cine (nada que ver con películas como la misma Vikings, 1958, que realizó el mismo Fleischer). Se nota ciertamente, una influencia del cine negro más expresionista.

 

Kyrios

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