El Rito (2011)

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-Aquí no hay  cabezas que giran ni vómitos ni puré de guisante. ¿Qué esperabas?- Así (más o menos) es uno de los diálogos que nos encontramos en The Rite (El rito, 2011), película producida en tierras norteamericanas pero dirigida por el sueco Mikael Håfström. Dicha frase puede hacernos pensar que no estamos ante la enésima versión que sigue las pautas que marcó William Friedkin conThe Exorcist (El exorcista), allá por el año 1973, pero todo es ciertamente una ilusión. El rito es una película rutinaria, y con muy pocos destellos de interés. Por si fuera poco, hay un tono apologético hacía los exorcismos y el tinglado montado en el Vaticano, que en ciertos momentos chirría porque se traspasa el mundo de la ficción, para acercarse peligrosamente a la más rancia propaganda.

El guión empieza planteando en un primer momento dudas muy parecidas a las que encontrábamos, no sólo en la película del exorcista, sino también en Rosemary’s Baby (La semilla del diablo, 1968), ambas películas dirigidas por directores agnósticos. El escepticismo era sin duda uno de los debates principales de ambas películas, y en El rito sucede de igual manera. En la semilla del diablo la película giraba en torno a las dudas de la protagonista principal, interpretada por Mia Farrow, la cual dudaba si su hijo era realmente el anticristo, y sus vecinos formaban parte de un maligno aquelarre. Durante una gran parte del exorcista, la madre de la joven niña Regan no podía creer que su madre estuviera poseída por el demonio, y por eso agota todas las posibilidades científicas antes de contactar con un Exorcista.

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En el rito hallamos un escepticismo muy similar, aún con más importancia en el argumento, si cabe. Es evidente que no vivimos en la misma sociedad en la que se produjeron las películas anteriormente comentadas, y puede que la misma sociedad se haya vuelto aún más escéptica, con lo que resulta lógico que se haga más hincapié en el tema de la conversión, que llega a ser el eje principal de la película. Desde luego el personaje interpretado por Colin o’donoghue no responde a los arquetipos habituales que hemos visto en el cine en relación con los exorcistas precedentes. Su personaje es un joven norteamericano, que debido a un trauma infantil, la muerte de su madre, decide emprender una carrera religiosa. Pero nuestro joven protagonista duda, incluso una vez ha finalizado la carrera, con lo que sus superiores deciden llevarlo hacía un exorcista, interpretado por Anthony Hopkins, para ver si es capaz de convencer al joven cura de que realmente existe Dios, mediante la muestra del mal (parece que el Diablo siempre está más presente que Dios en todo este tipo de películas).

El problema es que el director no tiene ni el talento de Friedkin ni tampoco el mensaje. En El exorcista nos encontrábamos con un final devastador, que demostraba el poder del mal en la tierra. En el rito lo que realmente parece es que la película está sufragada por el Vaticano. Si en un primer momento nuestro actor no cree en la existencia de las posesiones, pues las atribuye todas a problemas psiquiátricos, finalmente acabará convencido, y deberá recuperar la fe para poder vencer al diablo en la lucha final. Esto no pasaría de más porque todos sabemos que al ver una película separamos la ficción de la realidad, pero llega a ser tan exagerado el mensaje, que hay momentos en que uno no puede más que resignarse. Para guinda final tenemos los títulos de crédito, que una vez terminada la historia nos pretenden mostrar lo que hemos presenciado como un relato basado en hechos reales. Vergüenza ajena.

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Aún así, la película se podría haber salvado de la quema si por lo menos hubiera demostrado un saber hacer detrás de las cámaras. Pero cualquier esperanza resulta en vano. El modelo a seguir es evidente, y el director no pretende salirse ni un ápice del molde creado por Friedkin con el exorcista. De hecho, no se pretende comprometer en ningún momento, y en alguna secuencia clave, como la posesión de la joven italiana, reniega de mostrar alguna secuencia interesante, mediante un montaje que evita los momentos clímax de la posesión.

Por lo demás, Håfström, demuestra elaborar una atmósfera correcta, pero muy lejos de la imaginación que mostró en otra película de terror realizada por él mismo, como 1408 (2007). De hecho, en algún momento del rito a uno se le pueden escapar ciertas sonrisas cómplices al comprobar algún efecto especial bastante cantoso (como la mula diabólica diseñada totalmente por ordenador).

Lo que podría haber sido una película que parecía desviarse en los primeros compases de los tópicos de estas películas de terror (me remito a la frase que encabeza la crítica), acaba finalmente por convertirse en la enésima copia de la película original dirigida por William Friedkin en el 1973. Puede que ya estén muchas cosas dichas en este subgénero, quien sabe.

 

Kyrios

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