Alexander MacKendrick: El hombre del traje blanco (1951)

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Los años cincuenta fueron propicios para la comedia británica. Después de la magnífica Kind Hearts and Coronets (Ocho sentencias de muerte, 1949), en la que debutó el brillante Alec Guiness, se abrió una vía para lo que conocemos como las comedias Ealing (pues fue esta la productora de la gran mayoría de estos films) abonaran lo que por otra parte era un terreno bastante árido (Truffaut llegó a decir del cine británico que sólo se podía salvar a Hitchock). Con The Man in the White Suit (El hombre del traje blanco, 1951) Guiness debutaría por primera vez en colaboración con Alexander Mackendrick, otro célebre director que también lo podemos encuadrar dentro de las producciones Ealing y la comedia británica. Etiquetada por algunos como ciencia ficción[1], realmente el calificativo no parece el más adecuado para la película, aunque por temática si podría valer perfectamente.

El hombre del traje blanco es una película que cuenta con un excelente guión, lleno de detalles muy propios del humor más ácido. Guiness interpreta a un científico joven que está desarrollando un experimento que puede suponer un auténtico cambio dentro del mundo textil: Una tela que ni se mancha ni se rompe. Un experimento que si a priori resulta beneficioso para la humanidad, conseguirá unir tanto al proletariado como a los máximos empresarios de las diversas empresas textiles para tratar de que el experimento no salga nunca a la luz. Y es que la película, además de presentar una brillante comedia, muestra también una ingeniosa reflexión. El rechazo de todos los sectores hacía el producto viene llevado por las consecuencias económicas que pudiera suponer semejante invento. ¿Qué iban a hacer los trabajadores si sólo fuera necesario realizar una obra de esta tela por persona? ¿Cómo se enriquecerían los grandes empresarios si no pudieran vender continuamente los productos? Reveladora resulta una de las últimas secuencias, que tiene lugar mientras media ciudad persigue a nuestro protagonista. Este, se encuentra con una vieja lavandera, y le pide ayuda para poder pasar inadvertido delante de la turba, pero la vieja la espeta-¿De qué iba a trabajar yo limpiando ropa, si no se ensuciará nunca más la ropa? Sin duda la película trata magníficamente un tema totalmente de actualidad, ya por aquellos entonces (sólo hace falta ver las comparaciones que se han hecho entre el personaje de nuestra película y el auténtico matemático llamado Alan Turing).

El hombre del traje blanco

La película se presenta con un magnífico sentido del humor, que es capaz de combinar el tono más popular con la sutil ironía. En las primeras secuencias, la voz en off de la película (sólo aparece en este principio de la película, así como en el final, que por otra parte resulta totalmente enternecedor, mostrándonos a nuestro cabizbajo protagonista saliendo humillado pero para inmediatamente levantar la cabeza para volver a seguir con sus experimentos) nos presenta la premisa del film. Seguramente esta primera parte del film sea la más floja, pues debe presentar a personajes y situaciones. Inmerso en diversos laboratorios se presenta al personaje de Alec Guiness, que busca desesperadamente la fórmula de su invento. Una de las señas Ealing queda patente en la ingenuidad de nuestro personaje, creado totalmente sin malicia. Nuestro científico es un hombre totalmente despreocupado (rechaza el salario llegando a trabajar gratuitamente para la fábrica) que dedica todo su tiempo al deseo que le conmueve. Sin embargo el mundo se pondrá totalmente en su contra, y ni siquiera hace falta que esperemos a que llegue a descubrir su invento para ello. Desde un primer momento, la búsqueda científica se muestra como una acción residual para los jefes de las empresas, que dedican un presupuesto menor a dichas investigaciones (a nuestro protagonista lo despedirán de hecho de su primer trabajo por pedir un valioso material sin tener la aprobación de sus superiores).

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Inolvidable resultan ciertas secuencias, como la investigación llevada por Alec Guiness y su ayudante, en la que continuamente producen explosiones con tal de conseguir su experimento. Mackendrick acabará asimilando las continuas explosiones a las trincheras de la primera guerra mundial. Incluso en las persecuciones que tienen lugar durante el final de la película, la película sigue añadiendo gotas de humor. Inolvidable resulta también la banda sonora compuesta por Benjamin Frankel, que une la curiosa melodía que elabora el experimento de Guiness (basada en elementos rítmicos) con otra música más convencional.

 

[1] Así aparece  calificadaen el libro de Dennis Fischer, Science Fiction films directors, 1895-1988, publicado por la editorial MacFarland.

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