El Ladrón de Cadáveres (1945)

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Al ver The Body Snatcher (El ladrón de cadáveres, 1945), y situarla en su contexto histórico, que fue ni más ni menos que el final de la segunda guerra mundial, uno no puede dejar de pensar que aún en un nivel incluso subconsciente y subyacente a la línea general de la película, se esconden mensajes que estaban más en boga que nunca. La película, una producción menor de la RKO (una de las mejores producciones de Val Lewton, además de dar unos resultados en taquilla bastante satisfactorios), nos sitúa en la Edimburgo de inicios del siglo XIX, cuando la ciencia estaba despertando de su oscurantismo (pero que aún arrastra una gran huella, como enseña la misma película). El personaje interpretado por Boris Karloff es un reputado médico teórico, que se dedica a la instrucción de futuros aprendices médicos. Uno de estos jóvenes es el personaje que interpreta Henry Daniell, que se mostrará reacio a utilizar algunos de los procedimientos de los que se sirve Karloff.

Y es que entramos en el mundo de un triste negocio y de los famosos casos de robos de cuerpos de cadáveres, que servían para que los estudiantes y profesionales pudieran comenzar a practicar sus habilidades técnicas. Como Karloff ve que los cadáveres que les da el estado resultan insuficientes, decide pagar los servicios de un siniestro personaje con el que tiene una relación pasada, interpretado ni más ni menos que por Bela Lugosi. El argumento de la película se relaciona con el caso real de Burke y Hare, dos asesinos que directamente asesinaban personas para vender cuerpos a la ciencia. La película establece un nexo de unión con el caso, aunque ni de lejos nos encontramos ante un biopic al uso. En realidad, el film se diferencia de los films de serie B tan típicos de la RKO en esos años, para utilizar el argumento como una plataforma de debate en la que encontramos díalogos de primer nivel. El personaje de Henry Daniell será el primero en cuestionar los métodos prácticos de su profesor, porque considera que la ciencia está atravesando unos límites morales demasiado peligrosos. Sin duda a uno le llegan las imágenes de los campos de concentración alemanes, donde los científicos al servicio del tercer Reich realizaron todo tipo de atrocidades para conseguir sus resultados (quizá la figura del doctor Mengele es la más reconocida), pero incluso también atentados como el que se produjo hacía el final de la guerra con el lanzamiento de las dos bombas nuclear en Nagasaki e Hiroshima. La película tiene un trasfondo ideológico que díficilmente encontramos en otras obras de serie B, en parte porque detrás de las cámaras se encuentra el genial director Robert Wise, que empezaba a despuntar en el cine a manos de la RKO.

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Ciertamente la película tiene un presupuesto irrisorio (pocos personajes, poca duración y una reutilización casi continua de los mismos interiores de estudio) pero Wise aprovecha al máximo todo lo que tiene entre manos para ofrecer un producto notable, técnicamente hablando. La construcción de un Edimburgo siniestro se consigue gracias a una perfecta fotografía, que evidentemente, sin mostrar ninguna parte urbana real  consigue plasmar mediante el claroscuro una atmósfera inquietante. Lugares como la sala de disecciones, la casa de Karloff, así como la de Lugosi o incluso el tormentoso final, son una excelente muestra de que Wise controló perfectamente el rodaje. Poco más se puede decir del lugar donde reside el personaje de Lugosi. El raccord funciona perfectamente porque con la cantidad de detalles que aparecen en pantalla, el director es capaz de asociar perfectamente el espacio que el espectador está contemplando con la personalidad terrible y maniática del personaje de Lugosi.

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Una de las cosas con las que se ensaña el guión es en mostrarnos la interesante relación entre Karloff y Lugosi, los dos intérpretes más célebres del terror clásico. Poco a poco el argumento de la película va desvelando pistas que nos dejan entender la relación magnética que existe entre los dos. A pesar del odio que se profesan  ambos, la película muestra perfectamente que son incapaces de vivir el uno sin el otro, y la gran muestra de ello es el magistral final, en el que Wise maneja un Clímax final de primer nivel. En cierta manera la relación entre los dos puede leerse como una referencia al desdoblamiento que encontramos por ejemplo en la novela de Robert Louis Stevenson, Dr Jekyll y Mr. Hide. El personaje de Lugosi es la parte oscura de Karloff, pero es totalmente indisoluble de él, de tal manera que la desaparición de uno comporta el fallecimiento del otro (como dice la esposa de Karloff, pese a matarlo, nunca podrás olvidarte de él).

Pero sin duda alguna, la mejor secuencia de la película está a cargo del siniestro Lugosi. Se produce cuando Henry Daniell le pide un cuerpo (muerto, claro) a Lugosi, para que Karloff sea capaz de practicar, antes de una complicada operación que tiene por delante. Después de la marcha de Daniell, Lugosi sale a la caza de un cuerpo, pero el espectador contempla totalmente atónito como no tiene porque necesariamente ser un cadáver. Después de que una cantante callejera entre en un túnel (mientras sigue tarareando una canción), el plano se mantiene hasta que ella desaparece y entra el carruaje de Lugosi. Sin que el espectador vea nada (pero se imagine todo) finalmente la pobre mujer deja de cantar, siempre mientras Wise aguanta el mismo plano.

Kyrios

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