La Muerte de Vacaciones (Death Takes a Holiday, 1934)

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Death takes a Holiday (La muerte de vacaciones, 1934) es una producción bastante singular y atípica. Dirigida por Mitchell Leisen, la película  está basada en la obra de Alberto Casella (La morte in vacanza), nos cuenta la historia de la misma parca, que decide tomarse tres días de vacaciones para poder vivir como los hombres a los cuales se lleva sus vidas. La película gozó de un buen éxito de público y crítica.

No visita a unos personajes cualesquiera. La película arranca en ambiente de jolgorio (donde se presentan los títulos de crédito) y donde también vemos a una serie de personajes de alta estatus social celebrar una fiesta, para posteriormente coger dos coches y marcharse a villa felicidad (evidentemente, el nombre está cargado de ironía, ciertamente la película juega con muchos recursos de este tipo). Durante el trayecto en coche parecen observar una especie de sombra que les sigue (la misma muerte) pero no le dan mayor importancia, pese a que casi fallecen en un  accidente automovilístico. Una vez llegados a su residencia, donde esperan pasar unos días de agradable tranquilidad, uno de los personajes hará mención al accidente que casi acaba con ellos-A veces vivir al filo de la navaja es excitante-

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En esas aparecerá la muerte, para anunciar su cometido, que es pasarse ni más ni menos que tres días entre los invitados para disfrutar de eso que la muerte parece envidiar, porque no ha sido capaz nunca de disfrutar una a pesar de tenerla siempre tan cerca, la vida. La película muestra desde el primer encuentro entre la muerte  y el personaje interpretado por Guy Standing (el único que sabe en principio quien es realmente el visitante extranjero) un tono teatral, que se intensifica especialmente en las declamaciones que protagoniza la propia muerte, más cercanas al teatro shakesperiano que al propio cine ruidoso de los años treinta (donde los musicales y las películas de gángsteres estaban a la orden del día).

Hablando de ruido, resulta realmente curiosa la utilización de la música que realiza Mitchell Leisen durante la película. Si bien es sabido que durante el cine clásico, la banda sonora es una herramienta que en la mayoría del metraje debe comportarse con gran transparencia, Leisen singulariza en algunos momentos la banda sonora. Queda patente en las primeras secuencias antes de que se presente la muerte, donde Leisen utiliza la música como un elemento de primer nivel, cuando los protagonistas entablan conversaciones (la declaración de amor de uno de los protagonistas y la huida de la mujer ante la confesión, por ejemplo). También es significativo que en algunas secuencias Leisen recurra antes al silencio que a una música de fondo, si bien es cierto que esto son casos contados y que durante la mayoría del metraje la película se ajusta perfectamente a los cánones clásicos.

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Ciertamente el argumento podría haber elevado a la película a los altares. Los primeros diálogos de la película son excepcionales y hacen presentir que estamos ante una obra maestra, que sin embargo se acaba desinflando por méritos propios.

La presentación misma de la muerte es excepcional. Volviendo a citar a Shaskpeare, recuerda enormemente la magnífica presentación del fantasma del primer capítulo de Hamlet. Diseñada como una sombra vaporosa, la imagen de la muerte se presenta ante el espectador como una de las imágenes más inquietantes del cine clásico. Su primer monólogo, a pesar de utilizar un estilo quizá demasiado encorsetado, está lleno de vitalidad y cargado con un profundo contenido filosófico. La muerte quiere ver conocer de primera mano como sienta esto de vivir. Inteligentes resultan los diálogos que ella misma protagoniza cuando crítica los vicios de los seres humanos, que al contrario de vivir la vida cada minuto (ella conoce muy bien el poco tiempo del que disponemos) derrochan, pues la mayoría de los protagonistas simplemente se dedican a pasar el tiempo, entre las apuestas en los casinos, la bebida y el cuchicheo. La película ofrece una interesante carga crítica que resulta muy interesante de valorar en este aspecto.

Sin embargo, si en los primeros compases de la película, el film es totalmente creíble y tiene una profunda estética naturalista, poco a poco el estilo de la película irá degenerando cada vez más hacía un rancio estilo teatralizado que le resta vida a la película. El personaje de Friedrich March, la muerte encarnada ya en una persona, acaba por convertirse en personaje teatral ambulante, y a los guionistas se les acaban las ideas para sus diálogos. Finalmente se acaba tirando por la vía del amor (la muerte descubre que lo único por lo que vale la pena vivir es Eros) que a pesar de ser el recurso obvio, se resuelve de manera estrepitosa en un final que no acaba de estar a la altura de los primeros compases.

Kyrios

 

 

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