Ciclo Franklin Schaffner: Los niños del Brasil (1978)

Boys from Brazil

No se sabe que resulta más ridículo en The Boys from Brazil (Los chicos del Brasil, 1978) si la delirante trama neonazi, la interpretación de Gregory Peck como Herr doctor Mengele (en realidad tiene más parecido con el líder del partido nazi que con Mengele) o la revelada paranoia norteamericana sobre el mito Hitleriano, que queda manifestada en la obra. La película es sintomática de la caída del cine artesanal de Franklin Schaffner, un cineasta que llegó a realizar películas tan míticas como Planet of the apes (El planeta de los simios, 1968) o Papillon (1973) y que su seña decae con fuerza en la película.

La película adapta una obra de Ira Levin, el célebre escritor cuya obra más famosa fue adaptada por el director polaco Roman Polanski en el 1968 (Rosemary’s Baby), con sonoro éxito. El argumento esta vez nos introduce en Paraguay, donde un periodista investiga y descubre que los nazis desertores que han sobrevivido al fin de la segunda guerra mundial preparan un nuevo episodio de acción para recuperar su poder. Gregory Peck interpreta el personaje real del doctor Mengele, en un relato absolutamente ficticio y delirante. De hecho, una de las cosas que más destacan (negativamente hablando) es la estridencia con la que el director de la película, Franklin. Schaffner, recubre la obra.

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En diversos momentos del film vemos diversas megalomanías más propias de una parodia que de un tono pretendidamente verista y serio, como el que hace gala la obra. Es evidente que Schaffner en ciertos momentos pretende acercar la película al género de aventuras que al de espionaje, pero la jugada no acaba de salir redonda. La sensación final es la de estar ante una película que acaba creyéndose un argumento absurdo, y por consiguiente acaba cayendo en ridículo.

Los ejemplos son numerosos, desde la presentación inicial del personaje de Mengele, con un Gregory Peck irreconocible, presentado de manera impoluta e hirsuta, cuya interpretación está basada en la más exasperante sobreactuación. Mengele es un simple loco que incluso acaba pegándose cual borracho a las tres de la mañana con sus compañeros de partido. Por si fuera poco, la fastuosidad de la fiestas nazistas recrea un ambiente que se parece más a un cómic de la EC de los años cincuenta que a algo pretendidamente serio. Lo que parece indicar la película, casi de manera subconsciente, es la paranoia norteamericana sobre el fenómeno nazi, capaz de desestabilizar de manera terrorista (los nazis actúan siempre de manera subterránea, de manera parecida al Ku Kux Klan) al propio gobierno de los Estados Unidos. El caso de la secuencia final sería para analizarlo en otra crítica, porque verdaderamente daría jugo.

Otro tanto es el ridículo desarrollo argumental que presenta una trama en la que el doctor Mengele es el encargado principal de desarrollar un programa de adopción (no sé sabe con qué presupuesto para poder distribuir sus experimentos por todo el globo) que tiene el fin de reproducir pequeños Hitlers (como lo oyen) con tal de que lideren el futuro movimiento. Sí ya de por si la sinopsis parece de lo más absurda, no lo es menos en la manera como resuelve Schaffner la trama, con el descubrimiento por parte del protagonista principal (interpretado por un flojísimo Laurence Olivier) de todo el tinglado mediante un recurso argumental fácil y flojo (la consulta con la prisionera nazi que formó parte del grupo de adopciones).

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La película mezcla diversos géneros. Se reconoce una vena bastante acentuada que gira en torno al terror. Se nota especialmente en los momentos en los que aparece el pequeño Hitler (un niño clonado a partir de la propia sangre del Führer). Para todos quedará en la retina la secuencia final en la que el pequeño Hitler, más cercano al Damien de The Omen (La profecía, 1976) parece anunciar un cuarto Reich, mientras la música (por cierto, compuesta por el mismo músico que en la profecía, Jerry Goldsmith, que realmente está desatinado  en esta ocasión) intenta inquietar al espectador. Sin duda Los niños del Brasil bebe en este sentido de la película de Richard Donner, y nos encontramos con incluso primeros planos del niño que funcionan de una manera muy similar a como lo hacían en la profecía (tratando de mostrar la cara de la infancia como la reserva del mal). También se observa una vena cercana al cine de aventuras, especialmente en los compases iniciales. En cierto sentido, la película de Schaffner prefigura parte de la iconografía que veríamos años más tarde en la saga de Indiana Jones, que elaboró Spielberg, pero mientras que una no se toma nunca excesivamente en serio, y opta por un tono distendido, en los chicos del Brasil la seriedad con la que se acomete el proyecto acaba por derrumbar la película.

Kyrios

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