El honor perdido de Katharina Blum (1975)

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El epílogo final  de la película de Volker Schlöndorff y Margarite Von Trotta, Die Verlorene Ehre der Katharina Blum oder: Wie Gewalt entstehen und wohin sie führen kann[1] (El honor perdido de Katharina Blum, 1975) es una clara demostración de la ironía con la que los directores finalizan la película. Nuestra protagonista, Katharina Blum, interpretada por una magnífica Angela Winkler, después de haber sido acosada por una campaña mediática por parte del sensacionalismo periodístico más deleznable  es increpada de manera indirecta en el funeral de un periodista. El discurso que cierra la película, pone a la palestra, la hipocresía de supuesto periodismo libre, que no es más que el aliado fundamental del sistema para poder seguir manteniéndose en el poder. Hemos de recordar que además la película tiene un contexto histórico muy determinado, pues en el 1975, Alemania seguía siendo un país divido en dos, y donde la sombra del terrorismo (con la R.A.F a la cabeza) estaba más presente que nunca (de hecho, la protagonista es acusada de tener contactos con terroristas).

La película está basada en la novela de Heinrich Böll, publicada sólo un año antes de la adaptación cinematográfica. La película se abre con una secuencia donde vemos una fiesta de carnaval, y como finalmente la cámara capta a unos personajes que finalmente acabarán por llegar a la casa de Katharina Blum. Es ahí donde empieza realmente la película, cuando después de una brillante secuencia que rueda el director, mostrando a los grupos de policía (en un número excesivo, teniendo en cuenta que sólo habían de capturar a un fugitivo) entrar violentamente en la casa, secuestran legalmente al personaje de Blum. En estos primeros momentos además podemos comprobar cómo la película, a diferencia de la novela de Böll, opta por un tono muy similar al thriller, que trata de despertar la curiosidad al espectador, y así seguirá la película, que incluye escenas más propias del suspense habitual, como una en la que el personaje de Katharine Blum recibe una llamada anónima, increpándola e insultándola, pero incluso con alguna dosis de surrealismo, que nos puede llegar a recordar al Hitchock vertiginiano, con la célebre secuencia que tiene lugar en la comisaría de policía, cuando el personaje de Katharine abre una puerta de la comisaría y el espectador comprueba atónito como se nos muestra una gran galería de personajes disfrazados de árabes, en clara referencia al personaje inicial que tiene lugar en el día del carnaval, cuando tiene lugar el fatal día en que Katharine planta la semilla de su detención.

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En esta misma década de los setenta, el thriller político había empezado a iniciar su andadura con fuerza dentro de los géneros y subgéneros cinematográficos. En Estados Unidos, los casos más célebres los podríamos citar con películas como All The President’s men (Todos los hombres del presidente, 1976) o del propio director, Alan Pakula, The Parallax view (el último testigo, 1974) o en Europa las películas del italiano Francesco Rosi.

La película muestra como un gobierno, teóricamente democrático, encierra a una de sus ciudadanas sin que haya ningún tipo de prueba que pueda culpar a Katharina Blum. Es entendible el golpe al sistema que supuso la película de Schlöndorff, porque trataba de destruir ciertos mitos, entre ellos, el de un régimen que apoyado por la prensa fiel, se mantiene de manera autoritaria vigilando a sus propios ciudadanos.

Schlondörff realiza una profundización psicológica de primera nivel. Pocas veces en una película se produce una identificación tan importante como la que sucede entre espectador y protagonista. El director trata al público de la misma manera angustiosa con la que trata a su protagonista. Una y otra vez nos identificamos con Katharine, que es continuamente atacada por la prensa, que vierte continuas mentiras sobre ella (nosotros somos los únicos que sabemos la verdad, porque tenemos la visión de Katharina Blum) y sin duda dos son secuencias clímax en el desmoronamiento de la personalidad: Una de ellas se produce cuando la protagonista, harta de los titulares de la prensa llora desconsoladamente (inteligentemente Sclöndorff no muestra su rostro) y el final, en el que vemos de manera desesperada, como Katharina acaba armándose para matar a uno de los periodistas).

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El Honor perdido de Katharine Blum es en definitiva un film que sabe dar en la llaga. Sin embargo, Los directores del film nunca sacrifican un interés artístico. De igual manera sucede en otras películas de Schlöndorff, como en Der Junge Törless (El joven Torless, 1965) un análisis del nazismo mediante unos jóvenes protagonistas o la ganadora de la palma de Cannes Die Blechtrommel (El tambor de Hojalata, 1979). El cine de Schlöndorff es un cine que constantemente trata temáticas tabús dentro de la sociedad alemana de posguerra.

 

[1] Esta clase de títulos alargados y que intentaban ofrecer desde el principio un contenido poético fueron habituales en el nuevo cine alemán.

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