Ciclo William Friedkin: El Exorcista (1973)

Todo empezó en la mente de William Peter Blatty. A diferencia de Polanski, Blatty si era un ferviente creyente, ya desde su tierna infancia. Mientras asistía a una clase de teología en la universidad de Georgetown en el 1949,  se enteró de la historia de un supuesto exorcismo que había tenido lugar ese mismo año en Maryland[1]. A pesar de eso, el escritor realizó varios guiones de escasa importancia en el cine (colaborando en diversos guiones de las películas cómicas de Peter Sellers, en su papel como el inspector Closeau), hasta que presenció junto a su mujer el estreno en cine de La Semilla del diablo. A pesar de que el final le había decepcionado profundamente (un católico a ultranza como él nunca podría aceptar que el personaje de Mia Farrow acabara aceptando al Anticristo), había visto que una historia religiosa había tenido una acogida notable por parte del público, y con un tono totalmente serio. Blatty había visto en La semilla del diablo una inspiración, lo que le permitió contactar con un editor que financiará su próxima novela, en la que la idea que le había rondado desde aquella clase en Georgetown pudiera ser plasmada.

Blatty fue también el responsable del guión, y debido a sus contactos en el mundo del cine, intentó vender el guión hasta que la Warner decidió realizar una opción de compra para llevar la obra a la gran pantalla. Después de diversas reuniones[2], Blatty decidió  contar con un joven director llamado William Friedkin, El problema es que Friedkin, al igual que Polanski, era un judío agnóstico, que no creía en los exorcismos.

En realidad, el guión fue un continuo tira y afloja entre director y guionista. Jason Zinoman[3] comenta que pocos guionistas como Blatty han tenido una influencia tan importante en la hora de llevar a cabo un proyecto cinematográfico. Para Blatty, lo importante era mostrar la existencia de un mal tangible, de un cielo y un infierno. Para Friedkin lo importante era poner en duda la fe, mediante tintes escépticos (¿realmente es una posesión? ¿o nos encontramos ante una enfermedad mental?). En este sentido, Friedkin siempre se mostró reacio al explicito final de la película, porque él quería insistir en una doble lectura, mediante la cual el espectador pudiera pensar que aparte de que el demonio acaba poseyendo al padre Karras, también pudiera ser que este se suicidará después de la presión a la que se ve sometido. Tampoco acabó de gustar a Blatty porque el mensaje que introducía el final de la película era parecido al de la semilla del diablo, en el sentido de que al final el mal parecía haber triunfado ante el bien, algo que no acabó de convencer al escritor. Como podemos comprobar, el exorcista es una película que presenta ambigüedades y que contiene una esencia realmente difícil de penetrar. Lo que parece claro es que Friedkin convirtió gran parte de la ingenuidad religiosa del relato en casquería violenta, pero con elementos nunca vistos antes en el cine de explotación habitual como podría ser el de Herschell Gordon Lewis[4].

Son curiosas las contradicciones ideológicas que trajo El Exorcista. Aún hoy en día el debate sobre la posición del film resulta campo de batalla entre críticos. Incluso en el momento de su estreno, la iglesia católica quedó absolutamente dividida entre los que veían en el film un interesante resurgir del espiritualismo (como el arzobispo de Cantherbury, Michael Ramsey) mientras que en el seno oficial del papado la película se aceptó con disgusto. Pero más allá de luchas religiosas, la película también trae un rico debate que traspasa al campo político. En el libro realizado por diversos autores por la editorial Valdemar[5],  José Antonio Navarro (escritor del capítulo dedicado a El exorcista) dedica diversas líneas a recoger críticas donde se pone de relieve lo que para él es el claro tono reaccionario de la película. Gian Pierro Dell’Acqua[6] decía que: la película es una producción Nixoniana o Kissengeriana, un film a favor de la guerra del Vietnam, del golpe de estado en Chile…no es una película inteligente, sino imbécil, como todos los films fascistas. Para Pauline Kael la película era textualmente “el cartel de reclutamiento que la iglesia católica había tenido desde The bells of St. Mary’s, (Las campanas de Santa María 1945, dirigida por Leo McCarey). Cuando preguntaron a LaVey sobre la película, dejó bien claro que le parecía una pantomima sin gracia y que demostraba una versión tendenciosa y falsa del satanismo real. Su yerno, Nicholas Shreck, criticó abiertamente la película en su libro The Satanic Screen (publicado el 2001 por la editorial Creation Books)donde realiza unos ataques muy duros hacía la película del exorcista (en ocasiones con argumentos totalmente ridículos).

John Kenneth Muir[7], que incluye un amplio escrito sobre el exorcista en su libro, habla sobre parte de la vena realista, casi documentalista, que integra El exorcista. Primero con la visita del padre Karras en Iraq, donde el padre se encontrará por primera vez con la forma del diablo (a semejanza de Pazuzu) y posteriormente con los sucesivos tratamientos que realiza la madre de Regan, con tal de tratar a su hija.

 

[1] Blatty llegó a entrevistarse con el cura que había exorcizado al niño, el Padre Rowlands como se puede leer en El libro de Miguel Ángel Nieto, Malditas películas, Ed. T&B, Madrid 2007, p.73

[2] Se llegó a ofrecer al guión a personalidades como Stanley Kubrick, Mike Nichols y Peter Bogdanovich, pero todos rechazaron la posibilidad de adaptar la película. Del Libro escrito por William Baer, Classic American Films: Conversation with the Screenwritters, Ed. Greenwood group, Westport 2008,p.185

[3] Jason Zinoman, Sesión Sangrienta

[4] Considerado como el padre del gore, con películas de endeble trama pero con acusadas escenas de violencia, como Blood Feast (1963) o The Wizard of Gore (1970). La mayoría de estas películas se exhibían en cines al aire libre, con una mayoritaria afluencia de espectadores jóvenes.

[5] V.V.A.A, El Demonio en el cine, Ed. Valdemar, Barcelona 2010

[6] V.V.A.A, El Demonio en el cine, Ed. Valdemar, Barcelona 2010, p. 391

[7] John Kenneth Muir, Horror films of the 80’s, Ed. Macfarland, North Carolina 2007

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