Cold Fish (2010)

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No es casual que Sion Sono escoja el tercer movimiento de la primera sinfonía de Gustav Mahler, conocida como marcha fúnebre (y que parodia la canción popular de Frère Jacques), en ciertas secuencias trascendentales que nos muestran a nuestro protagonista, interpretado por Mitsuru Fukikoshi, totalmente incapacitado para reaccionar.

Tsumetai nettaigyo (Cold Fish, 2010) es una película extravagante, bizarra, desesperante, malvada…todos los adjetivos que se nos puedan ocurrir se quedarían cortos para definir su esencia. El guión, escrito por Yoshiki Takahashi y el propio director, nos presenta en los primeros momentos una historia supuestamente basada en hechos reales. Y es ya en estas primeras secuencias cuando el espectador empieza a darse cuenta de que algo no funciona. Los primeros compases nos muestran la historia de un sumiso personaje, interpretado por el citado Mitsuru Fukikoshi, dueño de un pequeño acuario que se muestra totalmente incapaz de dirigir su vida. Una secuencia resulta reveladora en este aspecto, cuando cenando con su familia vemos como la hija (hija de nuestro personaje, porque en realidad la madre biológica falleció años atrás) decide marcharse de la mesa sin excusarse, para atender una llamada telefónica. Posteriormente, el personaje principal incluso se verá obligado a contener su apetito sexual ante la posibilidad de que su hija lo descubra.

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En realidad, el personaje de Mitsuru Fukikoshi recuerda enormemente al tópico del japonés sumiso, que se muestra obediente en todo momento, y que es incapaz de tomar cualquier decisión por sí mismo. Ya los primeros compases nos demuestran la evidente falta de voluntad que caracteriza al personaje, pero además su mundo entrará en crisis al conocer a un extraño personaje, Murata, interpretado por Denden, y que por casualidades del destino posee un acuario mucho mayor que el de nuestro protagonista. Antes de que Sion Sono desvele sus cartas, el director nos introduce en un mundo casi fantástico, que produce una sensación asfixiante en el espectador.

Ciertamente algo oscuro se esconde detrás de todo, aunque aún no seamos capaces en un primer momento de identificar el quid de la cuestión. Puede que sea en parte por la sumisión total de nuestro protagonista ante la ominosa figura que interpreta Denden, y que consigue ganarse la atención de todos los personajes (llegando incluso a cambiar por completo su vida, haciendo que la hija del protagonista trabaje para su tienda) o incluso una puesta en escena tan agobiante como los propios pasillos de los acuarios por donde discurre la acción. De hecho, uno de los trucos que tiene el director y al que recurre en varios momentos dramáticos es el de utilizar la cámara identificándolo con la misma visión del protagonista, y en diversas ocasiones somos testigos de las miradas amenazantes que se dirigen al protagonista y que sin embargo acaban interpelando al espectador.

Hasta que todo se desvela, y la película se vuelve completamente irracional. Descubrimos la verdadera cara oculta de Murata,un asesino que no tiene ningún problema en hacer desaparecer a sus víctimas  con tal de conseguir sus propósitos. La película se vuelve fría como un témpano a medida que Murata obliga a nuestro protagonista a ser partícipe de los descuartizamientos de sus víctimas, amenazándole de matar a su familia en caso de huida.

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Sin duda una de las bazas de la película es la capacidad de Sion Sono para mostrarle al espectador una realidad oculta, que vive dentro de nuestro mundo pero sobre la que acostumbramos a apartar la mirada. A pesar de que podríamos calificar la violencia empleada con adjetivos que en general tiene un uso despectivo, como podría ser el caso de Gore, en realidad Sono consigue desarrollar un discurso que va más allá del simple efectismo.

Todo se relaciona con el propio Murata, personaje que revela sus traumas infantiles en varias de las secuencias que tienen lugar en una cabaña aislada de la civilización y donde el propio personaje cuenta que fue aquí donde su padre lo torturó y violó en repetidas ocasiones. Murata, pese a ser un sádico, tratará a nuestro protagonista de una manera especial, como si  estuviera delante de un aprendiz al que enseñar su manera de ver la vida. Básicamente la obra plantea una visión del mundo donde la violencia forma parte de manera intrínseca de la vida, y donde sólo los más fuertes sobreviven (el pez grande se como siempre al pequeño). También es cierto que el mensaje final de Sono, mostrando a nuestro protagonista como un completo enajenado no resulta convincente y en ciertos momentos se roza la gratuidad. Sono, en el trayecto final del filme, no termina de desarrollar el discurso de su película de la misma manera que en los momentos iniciales.

Kyrios

 

 

 

 

 

 

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