Tuvalu (1999)

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Tuvalu (Tuvalu, 1999) fue una de las películas alemanas más coreadas dentro de algunos festivales, y recibió en el 2000 la nominación al premio Discovery, dentro de la competición del cine europeo. Tuvalu es la clara muestra de que hay un cine que nunca llega a existir para una gran mayoría. Marginada por su extraño argumento y sus singulares características, la película nunca llegó a estrenarse comercialmente en España, y si no fuera por la nominación de la película en el Festival mencionado, su existencia habría quedado totalmente en el olvido. Por cierto, a pesar de ser una película dirigida por un alemán, se llegó a rodar en la capital de Bulgaria, Sofía (y sin duda hay parte del contexto social que queda reflejado en el filme).

Aunque Tuvalu es una película ciertamente extraña. Mucho antes que el experimento fácil y olvidable que realizó Michel Hazanavicius con The Artist (The Artist, 2011) Tuvalu proponía ya un homenaje al cine mudo. El propio director de la película, Veit Helmer admite sus influencias del cine mudo, y en especial el slapstick y la comedia tienen una fuerte presencia en Tuvalu. Sin embargo, reducir la película a simple plagio sería cometer un error.

La película desarrolla una trama totalmente delirante y surrealista. Por momentos la película parece el cruce entre obras como algunas películas del francés Jean Pierre Jeunet como Le cité des enfants perdus (La ciudad de los niños olvidados, 1995) y el cine cómico de Chaplin o Keaton. A pesar de que leyendo el argumento no hay nada que nos sorprenda, en realidad la película alcanza unas cotas de bizarrismo y extravagancia realmente altas. Motivo por el cual la película no fue estrenada en España. La película gira en torno a una piscina, que está al mando de un joven protagonista llamado Anton, y que se enamora de una joven muchacha, Eva. Sin embargo el hermano de Anton tiene otros planes para la piscina, tratando de reconvertirla en un lugar más rentable y económico.

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La película está rodada en blanco y negro pero al igual que muchos filmes mudos emplea la utilización de diversos filtros de colores, realizados de manera expresa para señalar las diferentes ubicaciones de lugar que vemos en la película. La película se sirve de la mínima expresión del lenguaje hablado (apenas encontramos los nombres pronunciados de los personajes, y nunca una frase entera) pero sí que da una relativa importancia al sonido, con la inclusión de muchos ruidos que configuran una banda sonora que en la película anda muy por delante de la propia música de la película. La lista de ruidos es ciertamente interminable, y en ella encontramos los sonidos de las calderas,  el continuo burbujeo del agua, o las propias onomatopeyas más clásicas del cine slapstick (golpes, sonidos de impactos, etc…). Los ruidos en la película son los que llegan a elaborar la atmósfera de la película.

Por otra parte, y es aquí donde ligo la película con la obra del cineasta francés Jean Pierre-Jeunet, encontramos un cierto regusto de intranquilidad en la película, a pesar de que el tono general de la obra es inocente. Es testigo principal de esto el propio edificio donde transcurre la mayoría de la acción: Una destartalada piscina que parece totalmente abandonada. La impresión que da el escenario principal de la película es de estar ante un lugar totalmente alejado de la civilización, y pese a los esfuerzos de los personajes por mantener el lugar digno, es evidente que la decadencia se apodera de la piscina. Como en Delicatessen (Delicatessen, 1991) lo que en teoría parece un film inocente y sincero, a medida que avanza el metraje  se nos revela la putridez de algunos de sus entresijos.

A esto podemos añadir una de las primeras secuencias, en la que vemos a nuestro protagonista Anton inflar el traje del anciano socorrista. Esta secuencia tiene indudablemente forma de Gag (además recurrente dentro del cine mudo cómico) pero la puesta en escena también revela que el director ha incluido una segunda mirada, pues se recurre al lenguaje pornográfico, y lo que en teoría parece un simple gag, se convierte en realidad en una alusión a la clásica fellatio.

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Sin duda Tuvalu es una película atrevida, pero también es cierto que muchos de los gags no funcionan en la película. El desarrollo es desigual y a pesar de que la candidez de los personajes se impone en gran parte del metraje de la película, también es cierto que Tuvalu puede agotar al espectador con facilidad.

 

 

 

 

 

 

 

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