Stigmata (1999)

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El problema de Stigmata (Stigmata, 1999), película realizada a finalísimos de siglo XX, es que tiene un guión que no sé lo cree ni Dios. La película, que sigue la fórmula del éxito que en los setenta cosecharon las películas con tema diabólico como The Exorcist (El Exorcista, 1973) o The Omen (La profecía, 1976) se puede comparar perfectamente con casos literarios como El código da Vinci de Dan Brown. Porquería, con aires de grandeza artística, que pretende adoptar una postura crítica con la iglesia pero que en realidad acaba convirtiéndose en un bochorno continuo.

El máximo defecto de la película es que el guión es tramposo hasta la extenuación. Aparentemente una mujer es poseída en una importante urbe de los Estados Unidos, con todos los síntomas Exorcistianos posibles (más la suma de los estigmas). En realidad, ni Dios ni el diablo están detrás de la posesión que hay en la protagonista que interpreta Patricia Arquette (caracterizada como una especie de mujer florero), sino que está una especie de espíritu (supongo que teológicamente no se sostiene en ningún caso) que trata de enviar un mensaje revelador, que cambiará el significado profundo de la religión católica. Pero claro, como no se puede desvelar esto a primeros de turno, la película trata de confundir al espectador, para que piense que en realidad el diablo está detrás de la posesión. Por ese motivo somos testigos de las ridículas secuencias en la que vemos a nuestra protagonista golpear continuamente al personaje del cura que encarna Gabriel Byrne. Aparte de intentar tirárselo (sexualmente hablando) también hay un momento del film en que la poseída rechaza el crucifijo. Está claro en estos compases de la película, que realmente hay una presencia maligna detrás de la posesión.

Pero luego resulta que no, que en realidad hay una fuerza benigna detrás de todo el tinglado. Evidentemente la película no puede justificar lo que se ha visto con anterioridad, pero parece que nadie ha sido capaz de reflexionar este aspecto por un segundo.

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La película trata de actualizar el tema diabólico de las ya citadas películas de los años setenta pero a una nueva óptica contemporánea. Las diferencias en realidad son superficiales, la protagonista parece escéptica y atea en un primer momento, pero en cuatro charlas con el padre (pasadas a cámara lenta y sin que oigamos la conversación) acaba convencida de la existencia de una divinidad. No hace falta ni decir que la película acaba confirmando a pies juntillas la existencia de Dios, mientras el guión realiza diversas piruetas que en lugar de ser ocurrencias inteligentes, parecen juegos de niño.

El montaje resuelto a manera de Videoclip no podía faltar. En realidad revela la incompetencia del director, que se ve incapaz de resolver cualquier escena que necesite una pizca de creatividad. En los momentos en que nuestra protagonista entra en una especie de delirio religioso, únicamente se colocan imágenes intercaladas, sacadas de la Crucifixión de Jesucristo y su martirio, con un montaje propio de los peores vídeos musicales de la MTV. La estética de la película es demasiado estridente, abusando de una gama cromática que pretende realzar algunos aspectos dramáticos y simbólicos (el azul aséptico que tiene lugar en todas las secuencias que suceden en la metrópoli) .

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Una muestra de la artificialidad de la película la encontramos en los diálogos que sostienen los protagonistas. Son en el siguiente plan: Me presento, digo al compañero lo que soy, mi profesión y demás, para el espectador, que es testigo de esta conversación sea capaz de ubicarme en la historia. Cualquier verosimilitud se escapa en el filme.

Fallidamente la película trata de adaptar la esencia de la película de Friedkin a los años noventa. Lo que queda claro viendo el film de Rupert Wainwright es que la libertad de los años setenta ya no iba a repetirse en la reciente versión. Stigmata es una película que intenta llevar a las masas un mensaje conspiranoico (dentro del seno papal) aparentemente liberal pero que en su intención de ser accesible a todo el mundo acaba cayendo el ridículo. Muestra de ello es la secuencia que tiene lugar en el final, donde se desvela finalmente el mensaje traducido del “Nuevo evangelio”. En realidad el mensaje es tan corto y simplón que no se entiende que peligro podría causar dentro de la iglesia católica. De hecho, Jesús nunca pidió crear una iglesia, con lo que tampoco es novedad.

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