Ciclo Alan Pakula: El último Testigo (1974)

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El género del thriller político no es un invento del nuevo Hollywood, pues ya encontrábamos este subgénero en el Cine clásico, con películas como Mr. Smith Goes to Washington (Caballero sin Espada, 1939) del célebre Frank Capara, o obras más coetáneas como Advise & Consent (Tempestad sobre Washington, 1962) del alemán emigrado Otto Preminger. Pero lo que sí es cierto es que en los años setenta estas películas gozaron de una potente revitalización. Y lo que es más interesante, fue la figura de un director la que encumbró este tipo de filmes, Alan J.Pakula. Entre sus obras nos encontramos con The Parallax View (El último testigo, 1974) obra que tiene como telón de fondo el asesinato de los hermanos Kennedy, y que nos presenta unos Estados Unidos donde los verdaderos poderes ocultos en la sombra son los verdaderos hilos que mecen el país. Pakula es sobre todo famoso por su película sobre el escándalo Watergate, con All The President’s Men (Todos los hombres del presidente, 1976).

En estos nuevos Thrillers políticos, lo que nos encontramos con gran presencia es la fuerza de la conspiración. En El último Testigo se desarrolla a lo largo de la película una serie de crímenes que tratan de ocultar la verdad a la que intenta acceder el personaje interpretado por Warren Beaty, un reportero que quiere saber la verdad acerca del asesinato de un senador. Nunca somos testigos reales de lo que está sucediendo, porque al igual que Beatty, nosotros tampoco sabemos exactamente que está ocurriendo, y cuáles son los enemigos reales. La película empieza con un prólogo ubicado dos años antes que la acción del resto de la película, donde se nos muestra el asesinato de un senador que remite claramente al magnicidio que tuvo lugar en Dallas, cuando el 1963 asesinaron a John Fitzgerald Kennedy. Esta primera secuencia está perfectamente desarrollada por Pakula, que nos muestra ya la primera de las características del film. Hay escenas perfectamente construidas, pero en global el film tiene excesivos agujeros y es irregular.

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Y es que el guión, que fue retocado por el célebre Robert Towne (que por cierto, no aparece acreditado), tiene unos cimientos demasiado endebles. Por ejemplo, la secuencia que nos presenta a Warren Beaty, entrando en la casa de un extraño y preguntando por un  loro no tiene ningún sentido. Tampoco lo tienen multitud de ideas que toma nuestro protagonista, cambiando  en numerosas ocasiones el rumbo de la acción, sin que el espectador sepa exactamente a donde se dirige o porque está haciendo lo que hace. Pero sobre todo lo que más se echa a faltar en El último testigo es una coherente explicación del eje central del film. A pesar de que se traza vagamente en algunas ocasiones, nunca acabamos de entender el porqué exacto de la organización Parallax (sabemos que crea asesinos en masa… ¿Pero quién los contrata? ¿Actúan libremente?) O el porqué de algunas conspiraciones políticas que tiene lugar en la película. Ciertamente el guión es lo que lastra la película de Pakula, que acaba un escalón por debajo del film que él mismo dirigiría dos años más tarde, Todos los hombres del presidente.

Esto no quita para que nos encontremos en el filme con magníficas secuencias. A la ya comentada escena inicial podemos añadirle otras, como la que tiene lugar en la presa. Tomada con una perfecta combinación entre planos generales (a los que el director recurrirá con frecuencia en otros momentos). Pero especialmente destacan dos: Una, que tiene lugar en el avión del senador. Allí nuestro personaje descubre que el aeroplano tiene una bomba y trata de informar a los demás pasajeros del estado de emergencia en el que se encuentran, pero sin que sepan que él está al corriente. La secuencia está resuelta magníficamente (mostrándonos el nerviosismo de Beatty y trasladándonos su misma tensión al espectador) y forjó un recurso arquetípico que luego veríamos tantas veces repetidas en situaciones de filmes similares.

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Pero parece que Pakula se reservaba lo mejor para el final. En el asesinato del senador encontramos una perfecta planificación de la puesta en escena, construida otra vez recurriendo a los planos generales. El director nos enseña con estos planos fijos y largos el escenario en el que el senador ensaya con la banda el discurso que debe pronunciar el día siguiente. Pakula hace que la orquestra interprete canciones patriotas típicamente norteamericanas (Yankee Doodle, Batle Hymn of Republic), añadiendo un interesante deje de ironía. Finalmente sucede lo inevitable, aunque antes el director ha dominado a la perfección los tiempos, en un asesinato que parece homenajear al que veíamos en el film del maestro del suspense, Alfred Hitchcock, en The Man who Knew Too much (El hombre que sabía demasiado, 1956).

La película se pone al lado de la ideología más progresista. Se revela los continuos errores del sistema judicial norteamericano, por ejemplo en los momentos tan mágicos e irreales, que Pakula resuelve con una cámara que se mueve poderosamente hacía la decisión del jurado, mientras este lee el resultado en voz alta. Con un fondo negro, abstracto, se pone de manifiesto lo que veníamos intuyendo desde que el mundo es mundo: La justicia sirve para enmascarar a los grandes poderes, que tachan a los asesinatos de los dos políticos como simples obras de maníacos (lo que recuerda el asesinato de los dos hermanos Kennedy)

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