Antes de la Revolución (1964)

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Hay una secuencia en Prima della Rivoluzione (Antes de la revolución, 1964) que nos deja muy patente que estábamos en un momento de importantes cambios dentro del mundo del cine. Dicha secuencia tiene lugar en un bar cercano a un cine, donde se reúne nuestro protagonista principal, interpretado por Francesco Barilli, y un amigo suyo, declaradamente cinéfilo. El personaje de Barilli está en su mundo y no escucha a su amigo, que empieza a desarrollar un discurso sobre el cine. En realidad este personaje podría ser perfectamente un alter ego del director del filme, Bernardo Bertolucci, y en el discurso que desarrolla se ponen en el tintero las cintas más admiradas del cineasta italiano: “He visto más de ocho veces Vértigo” comenta.

También es interesante comprobar que se citan películas coetáneas al director, y aparece el nombre de Godard entre varios cineastas (viendo los diversos saltos de eje que tiene la película, parece lógico pensar que Bertolucci debió de ver Al final de la escapada). Finalmente queda para el recuerdo una frase que tiene un significado muy especial y que resume la condición de lucha y participación social que emana del film del italiano.  Y es que no podemos vivir sin Rossellini. Es evidente que este sistema de citas y referencias cinematográficas forman parte de la modernidad que se estaba abriendo en  Europa en los años sesenta.

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El neorrealismo italiano siempre estuvo muy presente en el nuevo cine italiano. Fue como una especie de influencia que no dejó nunca indiferente a los posteriores cineastas italianos. Por este motivo Bertolucci nos hace recordar la importancia de un director como Rossellini. Recordemos que fue el director de Roma, citta apertà (Roma, ciudad abierta, 1945) el que vaticinó que el cine estaba muerto y que por este motivo se trasladaba a la pequeña pantalla (donde sin embargo tendría más espectadores). Además Rossellini siempre ha sido un director que ha cargado sus películas con una potente carga ideológica, en ocasiones con la (imposible) misión de transformar el país (si olvidamos, claro, su trilogía dirigida durante el período fascista, con películas que en realidad estaban a favor del régimen dictatorial).

Precisamente por eso Antes de la Revolución es una película que trata de dinamitar toda la autoridad establecida. Nuestro protagonista principal es un joven (Bertolucci tenía 22 años cuando dirigió la película) que profesa ideas revolucionarias y que tiene la intención de transformar el país. Bertolucci simpatiza con las ideas comunistas, y utiliza la película como plataforma para expresar muchas de sus ideas. Sin embargo el final resulta poco optimista. Nuestro protagonista, que en realidad tiene raíces burguesas, aclara en la secuencia final que el progreso no existe, y que el proletariado no se revolucionará nunca, porque en realidad ha sufrido un proceso de aburguesamiento. Proféticas palabras del cineasta. Por otra parte, Antes de la Revolución explota un tema bastante candente como el incesto y el amor torturado. Nuestro protagonista acaba enamorándose de su tía, a la que sin embargo habrá de dejar hacía el final. Otra vez la película adopta una clara postura negativa. Nuestro personaje acaba aceptando la realidad material y realista de su alrededor. Pero en realidad, Antes de la Revolución, es una película que es demasiado etérea. En ocasiones da la sensación de que Bertolucci acaba emperifollándose en su propio discurso. Lo que está claro es que en el filme predomina la poética antes que la narrativa (otro distintivo de la modernidad).

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Pero aún podemos sacar más jugo a la conversación citada en el comienzo de la crítica. Y es que el personaje cinéfilo espeta que el estilo, en términos cinematográficos, es una cuestión de moral. Esta frase resulta algo más que significativa, e inmediatamente nos puede recordar aquella frase que encontrábamos en Cáhiers du cinema, cuando Godard dijo (en realidad ya Jacques Rivette la había pronunciado con anterioridad) que un travelling era una cuestión de moral. Y a fe que Bertolucci desarrolla esta idea en todo momento.

Los saltos de eje son constantes en la película. Si aún hoy en día resulta impactante comprobar la frescura de la puesta en escena, seguro que en su día fue aún mucho más inquietante. El cine clásico se estaba derrumbando y Bertolucci fue uno de los que puso su particular granito de arena para que esto sucediera. En todo momento Bertolucci realiza una puesta escena que dinamita todos los preceptos de la linealidad narrativa convencional.

 

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