Lady Halcón (1985)

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Los años ochenta fueron una época más que propicia para que se desarrollara lo que hoy denominamos como subgénero de Espada y Brujería, que en realidad tiene una gran semejanza con las películas de capa y espada tradicionales, como las que protagonizó Burt Lancaster en el cine clásico, podríamos poner como ejemplo The Crimson Pirate (El temible burlón, 1952), o incluso yendo más allá en el tiempo, las célebres películas de Errol Flynn, como Captain Blood (el Capitán Blood, 1935) porque son películas que explotan casi exclusivamente el entretenimiento y utilizando únicamente su ambientación histórica como escaparate.

A Ladyhawke (Lady Halcón, 1985) de Richard Donner podemos compararla con algunas de sus compañeras ochenteras, como Excalibur (Excalibur, 1981), Conan The Barbarian (Conan, el bárbaro, 1982) o Willow (Willow, 1988). En todas estas películas (y otras muchas más, la lista sería realmente interminable) nos encontramos con unas características muy similares. La gran mayoría de ellas se adapta a las exigencias del público comercial de los años ochenta, que estaba dejando de banda la seriedad y los temas transgresores del cine norteamericano de los setenta para abrazar un cine que exigía un sacrificio intelectual mucho menos esforzado. En Lady Halcón, como muchas otras de estas películas de espada y brujería, hay un deseo por parte del propio guión de alejamiento de la realidad más cercana del espectador, buscando una fantasía que sirva como método de escape. No podemos olvidar por otra parte, que uno de los públicos que empieza a surgir con fuerza en los años ochenta es el adolescente. En relación a esta infantilización del público La trama de Lady Halcón, sufre el mismo proceso, convirtiéndose en una película que puede ser vista por todos los públicos, pero que esquiva cualquier intención de plantear algún tipo de debate no diremos ya intelectual, sino incluso maduro.

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Como Excalibur, la obra de Donner toma un mundo supuestamente auténtico (hay referencias a la iglesia católica, así como referencias históricas o geográficas: Las cruzadas, Roma) para en realidad inventárselo completamente. La Edad media es un simple pretexto para que el director pueda recrear un mundo imaginario donde la magia existe. La acción se sitúa en el reino de Aquila (ciudad real italiana), donde un malvado obispo interpretado por John Wood gobierna de manera despótica el reino. A pesar de que en muchas ocasiones vemos a este personaje envuelto en liturgia religiosa, la película no realiza ninguna crítica a la iglesia, sino que simplemente utiliza este recurso para adornar la biografía del personaje. En los primeros minutos somos testigos de la huida que realiza un pequeño ladrón, interpretado por un jovencísimo Mathew Broderick, que consigue evitar la pena de muerte que colgaba sobre él.

Lo que en realidad transcurre en estos primeros compases del film es ya bastante significativo. La descripción que realiza Donner de la ciudad por ejemplo, es tibia hasta la extenuación. No hay ni rastro de los diferentes segmentos que la deben componer, ni tampoco somos realmente conscientes de que la ciudad tenga una auténtica vida. Pero es que además en el momento de recrear las mazmorras el director trata de quedar bien con todos los públicos, ofreciendo un espacio que distan mucho de ser terrorífico. La ciudad de Aquila en realidad tiene más parecido con el invento de un niño jugando al Exin Castillos que una ciudad medieval real. La artificialidad seguirá acechando todo el relato.

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Después de conseguir escapar del castillo, el personaje de Broderick se encuentra con el que interpreta Rutger Hauer, que ese mismo año volvería a involucrarse en una película de características muy similares, en Flesh+Blood (Los señores del acero, 1985) dirigida por Paul Verhoeven. Hauer interpreta a un caballero que de noche se transforma en un lobo, debido a una maldición que recae sobre él y su novia (interpretada por Michelle Pfeiffer, de noche claro) que se convierte en halcón justo cuando su enamorado sufre la transformación inversa.

A partir de entonces la película sigue una estructura bastante simple, guiada por las escenas de acción que dan constantemente como triunfador a Hauer, que tratará de rehacer el encantamiento. Evidentemente, el enfrentamiento final con el obispo interpretado por John Wood se ve venir desde los primeros momentos en que conocemos la historia del hechizo. Las secuencias de acción siguen las pautas convencionales, tan limpias y brillantes como artificiales (ni una gota de sangre después de que Hauer reparta sablazos durante largo tiempo). Matizadas siempre por una banda sonora que es una mezcla de música Rock y una composición más bien clásica, que acaba por convertir estas secuencias en un rutinario espectáculo.

Y la más grande sorpresa nos la trae el director de fotografía. Uno no puede dejar de preguntarse qué narices pintaba una figura tan genial como la de Vittorio Storaro en una película tan convencional como esta.

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