Las dos Vidas de Audrey Rose (1977)

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Audrey Rose (Las dos vidas de Audrey Rose, 1977) es una de las múltiples películas surgidas a rebufo de la moda que inauguró el director William Friedkin tres años antes, con el estreno del filme The Exorcist (El exorcista, 1974). Las similitudes entre ambas son más que notables: Ambas comparten una joven niña como la intérprete principal, en El exorcista era Linda Blair y en Audrey Rose es Susan Swift. Y por supuesto en las dos películas hay un ente incognoscible (el diablo o en este caso un espíritu) que está detrás de sus ataques de ira y..Posesión. Audrey Rose es en definitiva la respuesta comercial por parte de la United Artists (productora que tenía por otra parte los días contados en Hollywood) a la exitosa película de la Warner.

El problema principal de Audrey Rose (aparte de que al ser un filme que sigue la estela de otra película y que por tanto nunca está a la altura de esta) es que el director del filme, el respetadísimo Robert Wise, era en realidad un artista más propio del mundo clásico que no una figura cercana a los tiempos convulsos de los años setenta. Si Friedkin era relativamente joven en el rodaje de El Exorcista, en Audrey Rose, Wise ya tenía 63 años. Y eso, sin duda alguna, se nota en el filme, especialmente en las secuencias de posesión, que resultan tan absolutamente nimias en comparación con la violencia que había conseguido suscitar la película de Friedkin, que en ocasiones uno no puede dejar de sentir cierta compasión lastimera hacía Wise.

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Ya el guión es realmente mucho más enrevesado y extraño. Basado en la novela de Frank deFelitta (el mismo se encarga de adaptarlo) Audrey Rose se adentra en el extraño mundo de la reenarcarnación. Todo empieza en el principio del filme (valga la redundancia) cuando en un flashback presenciamos la muerte de una joven, llamada Audrey Rose, en un accidente automovilístico. La acción se retomará años más tarde, mostrándonos una familia acomodada (con la niña interpretada por Susan Swift), donde los padres están encarnados respectivamente por John Beck y Marsha Mason. Todo parece apuntar a que estamos ante una familia modélica pero de repente aparece un extraño personaje interpretado por Anthony Hopkins (el mejor del reparto de actores), y que empezará a acosar a la familia…

El guión nos presenta un supuesto caso de reencarnación. Por lo visto el personaje de Hopkins es el padre de la muchacha que fallece en la secuencia inicial, y lo que en realidad quiere es contactar con su hija, que debemos entender que ha adoptado la forma de la hija del matrimonio principal. Realmente, el argumento cuesta de creer.
El espectador ha de dar por supuesto que lo que cuenta el personaje de Anthony Hopkins es real, es decir, que la niña es una reernacarnación de su hija. Durante varios momentos de la película, especialmente con las secuencias que tienen lugar en el juzgado (el caso acaba siendo llevado a los tribunales) parece una discusión teológica antes que un filme. Durante la defensa incluso vemos algunas secuencias en las que un hindú defiende el hecho de la reenarcnación. El ridículo en estos momentos es bastante frecuente. La película toma unas derivaciones que alejarían a cualquier espectador al que estos temas le parezcan pura palabrería. Intentar hacer ver a una persona adulta que el caso de Audrey Rose es real es bastante difícil (otra cosa sería que esto fuera un simple marco contextual) con lo que las constantes explicaciones, tanto científicas como teológicas, resultan bastante cansinas. Ni que decir tiene, que como ya ocurría en El Exorcista, la fantasía acaba ocupando el lugar principal, en una secuencia clímax final en la que la joven poseída es sometida a un experimento para que vuelva a recordar sus momentos anteriores a su actual vida, viendo si es capaz de evocar su anterior vida como Audrey Rose (una auténtica astracanada que cualquier adulto con dos dedos de frente rechazaría).

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Pero más allá de un guión bastante irregular, el mayor defecto del film está en la poca originalidad que demuestra Wise en las escenas de posesión (que no son pocas). Mientras Friedkin consigue pegarnos al asiento, la técnica de Wise causa un tono cómico involuntario. Lo único que nos muestra el director son demasiadas escenas reiterativas de nuestra joven intérprete chillar y gritar como una loca enfurecida. Poco más. A pesar de que hay algún intento de aderezar la atmósfera de estas escenas con una fotografía que adopta una gama más oscura, la realidad es que Audrey Rose es una película inofensiva, que jamás podría llegar a los niveles de escándalo que su homóloga el Exorcista.

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