Días de vino y rosas (1962)

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Days of wine and roses (Dias de vino y rosas, 1962) es una de las películas dirigidas por Blake Edwards más bien recibidas por la crítica. Lo cierto es que es una película irregular, que muestra una vena dramática demasiado sensiblera, en relación al tema tan contundente que trata el filme, como es el Alcoholismo.

La película tiene dos problemas principales. Uno de ellos es el montaje. La película nos presenta la caída en el tenebroso mundo del alcohol de la pareja protagonista, interpretada respectivamente por Jack Lemmon y Lee Remick. En realidad, una estructura que tiene más bien parecido con la montaña rusa, porque continuamente vemos la caída y redención (y otra vez caída) de nuestros protagonistas. Es decir, el proceso natural de cualquier adicto, fases de recuperación alternadas con otras de recaída. A pesar de que en estas recaídas la película consigue plasmar algunas secuencias maravillosas y ciertamente inquietantes, como en la que Jack Lemmon busca desesperadamente una de las botellas de Whisky que tiene guardadas en el invernadero, y frustrado por no conseguirla, rompe con todo lo que encuentra a su paso. Pero lo cierto es que el montaje nos muestra unas imágenes poco conectadas, porque de un plano a otro pueden haber transcurrido cuatro meses perfectamente. El espectador es el que ha de recomponer la historia argumental, y el film no da coordenadas temporales acerca de la existencia vital de los personajes durante estos intervalos, que además son reiterados en la película.

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En segundo lugar, la película destapa una vena que en ocasiones roza la sensiblería más sensacionalista. Es cierto que tratar un tema como una adicción es complicado, más aún si la película, como es el caso de Días de Vino y Rosas utiliza casi la totalidad del metraje para abordar el tema, pero el guión no es capaz de desarrollar el eje principal en muchas ocasiones. En cierto sentido, la película tiene un gran parecido con el cine explotaition de Dwain Esper, en películas como Marihuana (Marihuana, 1936). Hay algunas escenas bastante significativas que nos pueden indicar por dónde van los tiros.

Y es que, ¿A quién no le recuerda la secuencia en la que la mujer interpretada por Remick se descuida a su hija por ir ebria a cualquiera del director de cine exploitation ya citado? A pesar de que los dos intérpretes brillan con luz propia a lo largo de la película, lo cierto es que hay varias secuencias conjuntas que no acaban de convencer, por repetitivas y por unos diálogos que dejan bastante que desear. Detalle aparte es la inclusión del personaje de Jack Lemmon en un sanatorio, casi sin que entendamos que hace recluido (será que no hay alcohólicos en el mundo como para que tengan que internarlos a todos).

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Está claro que pese a todo, Días de Vino y Rosas no es una mala película. Pero si decepcionante. Y creo que el problema está detrás de las cámaras, porque no podemos dejar de olvidar que la película está muy lejos de las otras películas del director, Blake Edwards, que se hizo principalmente famoso por sus estúpidas películas acerca de las investigaciones del Dr. Closeau y la Pantera Rosa.

Parece evidente que para esta obra Edwards se empapó de ciertas películas europeas, y del movimiento de los Nuevos cines que estaba empezando a latir en el viejo continente, y así lo demuestra no sólo la temática social de la película (que se agradece que por una vez que una película de Hollywood se atreva a bajar a los mismísimos infiernos), sino también una interesante fotografía en Blanco y negro, así como algún recurso formal (aunque sólo en contadas ocasiones) bastante atípico. Ejemplo de esto último podría ser el travelling inicial (mostrándonos un ambiente festivo en el que la juerga está yendo más allá de lo normal) o el plano intercalado entre la ducha que se toma Lee Remick obligada por su padre (después de ir ebria y molestarlo), con un plano detalle de la ducha con el primer plano de la cara de Lemmon internado ya en el sanatorio y con su camisa de fuerza pegada a su piel.

Días de Vino y Rosa no es una mala película, pero se sostiene casi exclusivamente porque tiene a dos brillantes actores detrás, y porque la película está hecha para que los dos luzcan con fuerza. La química de los dos es notable, Lemmon interpretando a un personaje con aura de malditismo, y que es el culpable de introducir la adicción a su mujer, a pesar de que es el único que conseguirá rehabilitarse totalmente. Y por supuesto Lee Remick, interpretando una agónica alcohólica que acaba en la apatía máxima. Increíble las dos actuaciones.

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