M.A.S.H. (1970)

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M.A.S.H (M.A.S.H, 1970) supuso una auténtica revolución dentro del género del cine bélico. Y es que nadie anteriormente había hecho lo que hizo Robert Altman con su película, una desmitificación total de la guerra, recreando el día a día de un hospital de campaña, ubicado en la guerra de Corea. No sólo habría sido impensable años antes (pongamos los años cincuenta) que una película como MASH pudiera triunfar en los Estados Unidos, sino ni siquiera que fuera estrenada. Sin embargo, la contracultura (recordemos que gran parte de la población en líneas generales estaba bastante en contra de los conflictos bélicos en los que estaba inmerso el gobierno norteamericano) alzó a la película a un éxito inesperado, consiguiendo además que se realizara una serie a partir de la película. Claro y meridiano detalle, que demuestra que los tiempos estaban cambiando.

Además, este proceso de desmitificación que había emprendido el director Robert Altman con esta película, seguiría poco tiempo después con McCabe and Mrs. Miller (Los vividores, 1971) pero en esta ocasión el género sería el Western. Una de las coletillas que van asociada de manera directa a Altman es precisamente la de desmitificador de géneros.

Y es que no hemos de olvidar, que pese a que la película está ambientada en la guerra de Corea, en realidad MASH nos habla de la guerra del Vietnam, conflicto que estaba recrudeciéndose por aquel entonces. Si no fuera por el apoyo popular y social por la paz, difícilmente se podría haber realizado una película como MASH. Ya la primera secuencia resulta significativa, mientras somos testigo de la llegada de nuestros protagonistas al hospital de campaña, (uno de ellos, el más icónico, se apoda Okey y está interpretado por el magnífico Donald Sutherland) y escuchamos de fondo una canción harto sintomática, titulada “Suicide is Painless”.

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MASH realiza un cambio importante respecto a otras películas bélicas, donde generalmente el objetivo del guión era siempre el mismo: mostrarnos un cuartel o posición estratégica que resultaba atacado (y nuestros protagonistas debían defenderlo) o al revés, atacar un puesto avanzado del enemigo. En cambio, uno de los procesos desmitificadores de MASH consiste en mostrarnos el día a día de un grupo de médicos, que obviamente se encuentran en la retaguardia del ejército. Por lo tanto, y pese a ser una película considerada como bélica, lo que es cierto es que la guerra sólo aparece como telón de fondo. Algo muy importante, porque supone darle un protagonismo esencial a la vida cotidiana del soldado, y no a sus acciones bélicas o militares, desmitificando así la vida del héroe.
Además Altman no cree en el patriotismo. Y eso MASH lo deja bastante clarito. Porque no es sólo que no veamos luchar a los soldados norteamericanos, sino que la actitud de los protagonistas dista mucho que desear. En realidad, Altman dibuja constantemente un ejército que parece todo lo contrario a un grupo de profesionales. Fiestas, mujeres, alcohol…El personaje de Donald Sutherland es el prototipo de esta idea que Altman pretende plasmar en la película, mostrándonos un doctor que utiliza un lenguaje malsonante (que será habitual en toda la película, en contraposición a los rudos pero elegantes héroes clásicos como John Wayne) y que sólo piensa en sus propios intereses …es decir, pasarlo bien y salir de una pieza de la guerra. El único líder que parece identificarse con los tradicionales héroes de las películas bélicas aparece en realidad representado como el malo de la película, y es encerrado en un sanatorio a mitad del metraje.

Por si fuera poco, el erotismo y la sexualidad forman una parte imprescindible de la película, que no muestra sin tapujos las relaciones sexuales entre médicos y enfermeras, en un clima bastante beligerante. El Humor irónico (que en ocasiones ataca el establishment, para muestra tenemos el singular locutor del campamento, que cada vez que anuncia una noticia se equivoca) y el sexo, características impropias del género tradicional del cine bélico, son indispensables en MASH. Por lo demás, la película ofrece una estética sucia, muy a tono con el tema que trata Altman.

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Por otra parte la película se basa en unos diálogos que muchos podrían tachar de banales, pero que ayudan a la película en la construcción de su cotidianeidad. Resulta más que impactante ver los numerosos planos de los cirujanos operando a los heridos mientras escuchamos conversaciones triviales de fondo, pero es que realmente así es como sucede el noventa por ciento de las operaciones. De hecho, en muchas de estas, lo que vemos son planos detalles de la operación, mostrada con toda la naturalidad posible (no se escatiman planos de tripas, vísceras y demás) y que más que una sensación de asco, lo que causan en el espectador es llanamente estupor.

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