Skyfall (2012)

 

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Que han convertido al agente secreto más famoso de Gran Bretaña en una pantomima más propia del cine de acción norteamericano queda bastante patente en la última película de Bond, Skyfall (Skyfall, 2012). Se pretendió con el filme lavar la cara del espía con la contratación de Sam Mendes como director, realizador entre otras películas de American Beauty (American Beauty, 2002), pero la realidad es que Skyfall es una película con muchos lastres encima.

La secuencia inicial es una vertiginosa persecución, que no deja de ser una imitación de la misma escena que ya consiguió un sonoro éxito en Casino Royale (Casino Royale, 2006). Pero a diferencia de la primera película de Bonda que contaba con Daniel Craig en su haber, Skyfall introduce un elemento rompedor, y es que se carga ni más ni menos que a nuestro protagonista principal. Poco dura esta trampa, porque al cabo de quince minutos somos testigos de la recuperación milagrosa del personaje de Daniel Craig, que vuelve de la mismísima parca.

Y es que en realidad Sam Mendes trata de introducir algunas novedades en la concepción del espía. Con esta falsa muerte Mendes reincorpora el protagonista al servicio pero en horas bajas. Héroe en un estado lastimero, que parece que nunca volverá a ser el mismo que fue en sus momentos dorados. En realidad un espejismo argumental, porque pronto veremos a Craig volviendo a repartir tiros y tiros, a pesar de haber suspendido todos los exámenes de preparación posible. Cualquier posibilidad de introducir cualidades humanes en el personaje se acaba desvaneciendo a las primeras de turno, dando en realidad plenas concesiones a la comercialidad de la película. Nunca estamos ante The Wrestler (El Luchador, 2008) y su proceso de recuperación del ave fénix, pese a que es la intención de la película en ciertos momentos.

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De hecho sucede igualmente con el personaje de M, interpretado por la mítica Judi Dench. Si en la mayoría de películas este personaje no dejaba de ser un accesorio secundario a las peripecias del protagonista masculino, en esta ocasión recobra una importancia capital, casi que podríamos colocarla al nivel de nuestro espía. Y sin embargo, a pesar de los intentos de Mendes y el guión por dotar de humanidad a M, la realidad es que sólo somos capaces de observar su epidermis. Poco ayuda las secuencias que tienen lugar en los juicios, y que desentonan sobremanera en una película de James Bond.

Pero seguramente lo más triste de todo es que la esencia del personaje acaba totalmente a la deriva. El personaje que un día interpretó Sean Connery, elevándolo con gracia y elegancia hasta los altares ha quedado totalmente atrás. A cambio nos ha quedado un Bond que tiene más parecido con los norteamericanos Bruce Willis y Silvester Stallone. Seguramente las taquillas agradecen el cambio, pero la realidad es que la saga ha perdido por completo su identidad. Como ejemplo paradigmático del nuevo Bond tenemos el tramo final de la película, en la que nuestros protagonistas se encierran en un antiguo caserón de Escocia, donde son capaces de repeler (de una manera totalmente surrealista) a los enemigos, que atacan con una demoledora táctica: A la refriega sin ton ni son.

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Por tuviéramos poco con una trama que en líneas generales resulta endeble (con más de un agujero importante de por medio) hay ciertas secuencias que recuerdan a otras películas. Por ejemplo, el momento en el que el personaje de Silva, interpretado por Javier Bardem, recuerda poderosamente a la más célebre secuencia de The Silence of the Lambs (El silencio de los corderos, 1991) con Anthony Hopkins como protagonista. El mismo plan de escape desde dentro no puede dejar de evocar la misma situación que se daba en la segunda película de Batman, de la trilogía dirigida por Nolan. Por no hablar de las múltiples escenas de acción que no resultan más que un refrito sin ningún tipo de creatividad.

Indicar por último, la execrable defensa que hace la película de ciertos organismos secretos (llámese MI6, FBI, CIA etc…) poniendo de relevo la gran importancia y necesidad que tienen estas instituciones en el correcto funcionamiento del país. Lo podemos comprobar por ejemplo en el gran ataque por parte de la mayoría de opinión pública hacía el personaje de Judi Dench, incluyendo las secuencias que tienen lugar en los juzgados. Sinceramente una oda que Sam Mendes se podría haber ahorrado, más teniendo en cuenta las noticias que salieron a la luz hace relativamente poco en la que se puso al descubierto que los servicios secretos británicos había estado espiando a través de las Webcams a sus propios ciudadanos.

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