El Cuarto Poder (1952)

deadlineusahs[1]

 

Deadline-USA (El cuarto Poder, 1952) es una película dirigida por Richard Brooks y que nos adentra en el mundo del periodismo. La película desvela los poderes que tiene el cuarto poder para entrometerse en la política, y lo que es más interesante, observamos atónitos como la política corrupta trata de mantener a la prensa callada para poder seguir con sus planes de interés personal. Desgraciadamente a la película le pesa un tono apologético que no le hace ningún bien, siendo demasiado blando en sus últimos momentos, y mostrando una imagen del periodismo que no tiene ningún parecido con la realidad.

La película se inicia con los escenarios de redacción del The Day, un periódico en el que el director es nuestro protagonista principal, interpretado por Humphrey Bogart. The Day es uno de los pocos periódicos donde se busca una visión  que vaya más allá de la mera información, y podríamos decir que practican el periodismo libre (que recuerdos de cuando esta palabra tenía significado). A destacar en estas primeras secuencias es la puesta en escena de Richard Brooks, que realiza una configuración muy interesante para presentarnos el ajetreo constante de la oficina. Poco a poco la cámara, de manera libre y sin que siga a un intérprete en concreto, nos va introduciendo a los diversos personajes  secundarios, mostrándonos sus respectivos oficios, con lo que poco a poco somos testigos de la manera en que se construye una noticia. Finalmente la última parada acaba en el despacho del director, donde preside nuestro Humphrey Bogart.

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Sin embargo, pronto nos enteramos que los herederos del periódico (su propietario acaba de fallecer) pretenden vender la empresa a un grupo que acabaría disolviendo The Day. Los herederos son  sus dos hijas, dos mujeres jóvenes, y también la esposa del recién fallecido, una mujer que interpreta Ethel Barrymore y que está basada precisamente en la madre de Richard Brooks[1]. La viuda es el único personaje amable con el que el personaje de Bogart puede desvelar sus miedos, apoyándose en su experiencia y pidiéndole consejo.

La película profundiza en una trama de corrupción que el periódico de Bogart trata de desvelar en sus páginas con tal de salvar The Day (por repercusión mediática). El cuarto poder nos muestra así las influencias que ejerce el antagonista de la película, llamado Tomas Rienzi e interpretado por Martin Gabel. Rienzi, que tiene comprado a diversos políticos y que mueve a estos para que actúen en beneficio de sus propias empresas.

La película pues realiza una oda hacía el periodismo libre, que está en vías de extinción en la película, y por extensión en la Norteamérica de los años cincuenta. Lo podemos comprobar en la enorme entereza que demuestra el personaje que interpreta Bogart, que se mantiene firme a sus ideales. Seguramente la secuencia más brillante en este sentido tiene lugar cuando Bogart se introduce en el coche de Rienzi, y este intenta sobornarlo repetidamente, pero Bogart se mantiene siempre en sus trece.

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Hay que destacar que El cuarto Poder revela un tono cercano al cine noir (sobre todo en las escenas que se refieren al personaje de Rienzi), y además incluye diversas secuencias que tienen lugar en los juzgados (algo típico en el cine norteamericano). Una mixtura de géneros que logra insuflar algo de dinamismo a la película, teniendo en cuenta el hermetismo de su trama principal.

Desgraciadamente, el final lastra lo que podría haber sido una buena película. Y es que finalmente se acaba imponiendo una especie de Happy end que no se ajusta a la realidad y que además argumentalmente resulta poco creíble. La película tendría que haber acabado unos cinco minutos antes, justo cuando los personajes de Bogart y Esthel Barrymore pierden el juicio y por ende el Periódico. Ese final habría demostrado que efectivamente, la prensa libre está muerta, y que el que triunfa en nuestra historia habría sido ni más ni menos que el personaje de Rienzi, que tiene a su disposición medios políticos. El filme peca de patriotismo barato (por cierto, ya anteriormente al final se podía haber escuchado una versión del himno de la república, canción típicamente nacionalista que interpretaban los soldados del norte durante la guerra civil, y que la banda sonora de la película reinterpreta en algunos momentos), con un final impuesto que acaba resolviendo el personaje de Bogart casi a lo Deus ex Machina. Pero lo peor de todo no es que argumentalmente fracase, sino que acaba siendo una prostitución del mensaje inicial.

[1] Matthew C.Erlich, Journalism in the Movies, Ed. University of Ilinois, Chicago 2004.p.p 99

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