Cheap Thrills (2013)

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La historia que cuenta Cheap Thrills (Cheap Thrills, 2013) no es nueva. De hecho puede recordarnos en cierto sentido a Salò o le 120 giornate di Sodoma (Saló, o los 120 días de Sodoma, 1975) la repulsiva película de Pasolini. Claro que el debut cinematográfico de E.L. Katz suaviza su premisa para poder ser exhibida de una manera más o menos comercial. La película fue presentada de hecho, en el festival de Sitges de 2013, consiguiendo una acogida en líneas generales favorable.

La premisa es bastante sencilla. ¿Qué sería capaz de hacer por dinero un hombre necesitado? La película aprovecha el contexto social en el que nos desenvolvemos, de crisis mundial, para presentarnos a un personaje interpretado por Pat Healy que es despedido de su trabajo, y además debe 4.500 dólares por la fianza de su casa. Casado, con esposa e hijo, el día de su despedido conoce, junto con un antiguo compañero de clase interpretado por Ethan Embry,  a una pareja (David Koechner y Sara Paxton) que empezará a hacerles proposiciones económicas a cambio de hacer algunas acciones vergonzantes (en un primer momento). Lo que empieza como una broma acabará escalando en una orgía irracional de violencia. El prólogo inicial que sigue a nuestro personaje principal (Pat Healy) en la pérdida de su trabajo es el justificante que tiene en parte la película para poder presentar las escenas que vendrán a continuación.

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Así pues la estructura de la película es bastante fácil de seguir. A medida que el personaje de David Koechner vaya aumentando el nivel de repulsión de sus peticiones seremos testigos de las acciones más deplorables posibles. Cheap Thrills acierta en plasmar el espíritu de la película de Pasolini adaptándola a tiempos contemporáneos. La película de Katz consigue fundamentalmente desarrollar la idea de la dominación y explotación burguesa en manos de una pareja de ricachones que no tiene ningún tipo de empatía con el género humano. Así será hasta el final, y lo que se agradece es que Katz no haya rodado un cierre convencional o simpático para la película, sino que el director se atiene a sus propias propuestas.

En este sentido podemos hacer una disección ideológica de la película. Nuestros dos concursantes, que aceptan por propia decisión su inclusión en el “Juego” no son nunca obligados a seguir inmersos en la vorágine de violencia. Ahí Katz acierta en la diana, porque habría sido mucho más fácil mostrar una película donde nuestros protagonistas fueran obligados a cometer este tipo de acciones, como subproductos calificados de thrillers como Would you rather (Would you rather, 2012). Sin embargo, una de las gracias de Cheap Thrills es la voluntariedad con la que los personajes aceptan las ofertas millonarias que les ofrece el personaje interpretado por Koechner. Son pues, dos personajes alienados, que en vez de pensar un momento en la absurda situación en la que están incurriendo, prefieren seguir en una espiral de odio impuesta por un personaje (o una pareja de personajes) que se encuentran en un escalafón social más elevado. El dinero, en Cheap Thrills, es un corruptor que es capaz de sacar el Lupus que lleva el hombre.

Cheap Thrills además no presenta un conato de rebelión por parte de los dos participantes. En este sentido, el director del filme nos relaciona las decisiones de los dos personajes concursantes con las del propio espectador. Porque si bien es cierto que nosotros no debemos cortarnos un dedo meñique para poder vivir, ¿Cuántas veces no nos hemos callado para poder seguir viviendo? Eso es precisamente lo que desarrolla Cheap Thrills, y por este motivo los personajes nunca abandonan su concurso.

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También es cierto que la película no tiene la profundidad de otros filmes similares, como pudiera ser el del propio Pasolini. El director opta por una estética cercana al Pop y por introducir una vena cómica que aunque no malmeten la película si cierran cualquier posibilidad de profundizar en el tema. El guión que sigue la escalada de violencia parece registrar sin cambios de personalidad la evolución de los personajes, y recursos como colocar las fotografías del antes y el después entre los dos compañeros cuando tiene lugar el clímax de la película es bastante cuestionable, por el final efectista que consigue dicha secuencia.

En algunos momentos parece que el propio Katz se divierte haciendo sufrir sus personajes, en lo que parece un sentimiento nihilista palpable, qué un servidor no puede compartir de ninguna de las maneras. Acciones que hacen apartar la mirada de la pantalla por su terrible crueldad, pero que sin embargo parecen impuestas en la película más por una estética de lo morboso (buscando la mayor salvajada posible) que no por un mensaje crítico. A la puesta en escena le pasa tres cuartos de lo mismo, porque a veces uno tiende a pensar que algunas formas no eran las adecuadas para afrontar un tema moral como el que toca la película.

 

 

 

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