Maniac (2012)

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Maniac (Maniac,2012) es un remake curioso de la película, de título homónimo, que realizó William Lustig en plena moda del slasher en el año 1980. La película más reciente la dirige Franck Khalfoun con sello francés (aunque hay que decir que es una cooproducción entre USA y Francia) e intérprete norteamericano, ni más ni menos que Elijah Wood. Una de las preguntas que uno se hace antes de empezar el filme es saber si Wood va a estar a la altura de la magnífica interpretación de Joe Spinelli en la película original, y la realidad es que Elijah Wood responde correctamente. También es cierto que las peculiaridades de la puesta en escena ayudan bastante al actor principal, pero por lo menos el filme no fracasa por su culpa, algo que no puede decir Franck Khalfoun.

Maniac es una película extraña. La producción y el sello de Alexandre Aja, célebre director de terror contemporáneo, cuyo filme más famoso es seguramente Haute Tension (Alta Tensión, 2003), se presienten bastante en la película. Con sólo decir que la totalidad de la película está rodada en plano subjetivo nos daremos cuenta de las peculiaridades que ofrece el filme. La película cuenta el mismo argumento que la obra original: un psicópata que trabaja en una tienda de maniquíes, y que va asesinando progresivamente a varias mujeres (un argumento bastante simple, y que sin embargo utilizaba William Lustig para sacar bastante jugo). Sin embargo la propuesta que nos ofrece esta nueva versión tiene la intención de renovar por completo la película, intentando fallidamente mostrar una visión postmoderna del filme original.

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Ya la propia concepción de la película, rodada íntegramente en plano subjetivo es una novedad como mínimo llamativa. Pocas películas han optado por este recurso (seguramente la más famosa fue la primera película que lo hizo, Lady In the Lake, del 1947) y lo primero que nos viene a la cabeza en este caso es si era necesario. La respuesta es que efectivamente, el plano subjetivo aporta cosas que una puesta en escena más convencional no habría podido aportar, en especial la focalización interna de nuestro protagonista, de la que somos testigos excepcionales. Y es que una de las cosas que más potencia la película con este recurso es la visión principal del personaje que interpreta Elijah Wood, mostrándonos su mundo interior a cada fotograma. La película puede permitirse además una estilización barroca, que se plasma en cada secuencia de la película, exteriorizando los pensamientos del protagonista.

No es extraño pues, que veamos mezclado en la película realidad y fantasía, y que las propias alucinaciones del personaje hagan acto de aparición en la película. Por ejemplo, los múltiples traumas que arrastra el protagonista respecto a su madre (que por lo que parece que vemos en la película era una prostituta) y que marcaron su personalidad ya desde pequeño son revividos en varias ocasiones a lo largo del filme.

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En realidad, la palabra para definir la película sería alucinada. No sólo por el plano subjetivo, sino que la fotografía, a cargo de Maxime Alexandre, nos muestra una realidad tan perturbada como la mente de nuestro protagonista. En múltiples secuencias somos testigos de una borrachera absoluta de colores, que invade totalmente la escena. Focos de luces que hacen de cada fotograma una experiencia que se relaciona perfectamente con el mundo onírico, o mejor dicho, con la esquizofrenia enfermiza del protagonista. También hay que decir que el color fucsia o lila es un elemento con el que la película juega constantemente, muy a tono con la estridente estilización de la película.

Pero desgraciadamente Maniac es una película sin destino ni meta. Al final de la película lo que deja en el espectador es la sensación de haber asistido a un espectáculo gratuito, bien orquestado técnicamente hablando pero sin alma. El único interés consiste en asistir a las reiteradas secuencias de ultra violencia gratuitas. Un auténtico error, porque precisamente la película original mostraba un verdadero talento en radiografiar la vida del personaje que interpretaba Joe Spinelli, y que en el caso de Elijah Wood son sólo meros accesorios a la trama destripatoria principal.

En el peor sentido de la palabra, Maniac es Manierista. Es un ejemplo de cómo la formas puede acabar imponiéndose al discurso, dejando un poso totalmente vacuo. Nada hay que rescatar en las secuencias en las que vemos a Elijah Wood arrancando a diestro y siniestro todas las cabelleras posibles. Es cierto que el director consigue crear una atmósfera original y apasionante por momentos, pero no sólo de forma vive el arte.

 

 

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