Semáforo Rojo (1974)

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Es difícil mantener toda la tensión cuando la película se centra casi exclusivamente en un mismo escenario. Recientemente lo pudimos comprobar en Locke (Locke, 2013), filme  dirigido por Steven Knight, que transcurría por completo en el vehículo de nuestro protagonista, y que acababa por convertirse en una obra demasiado irregular. Cani Arrabbiati (Semáforo Rojo, 1974) del genial director italiano Mario Bava también emplea casi la totalidad del metraje en un coche, pero esta vez la película si nos deja secuencias que mantienen al espectador en vilo durante su hora y media de duración.

También hay que decir que por aquellos años Mario Bava se había visto envuelto en una vorágine fatal, donde su opinión contaba cada vez con menos peso dentro de la industria cinematográfica, viéndose obligado a rodar con menos presupuesto y días de rodaje, firmando obras que progresivamente iban empeorando la calidad. Estas urgencias por firmar películas precisamente se dejan ver en Semáforo Rojo, con sus virtudes y sus defectos. De hecho, Lamberto Bava cuenta que el rodaje de la película era interrumpido casi diariamente por suspensión del presupuesto.

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Semáforo Rojo está escrita por el guionista Alessandro Parenzo y Cesare Frugoni (basada en un pequeño cuento de Ellery Queen) y se adentra dentro del territorio Poliziesco, subgénero que estaba totalmente de moda en aquellas fechas, más en el país de la bota donde estas subproducciones brillaban con intensidad.  La película nos presenta la andanza de tres ladrones que se hacen con un enorme botín, y que secuestran a dos inocentes mientras realizan una huida desesperada. Durante el metraje de la película seremos testigos de esta escapada, que es el eje absoluto de la obra. Una vena realista aparece totalmente latente en la película, y en ello la obra se diferencia con enormidad de otras obras de Mario Bava, que se caracterizaban precisamente por su estilización (sólo hace falta recordar La máscara del Demonio). Algunos[1] han afirmado que precisamente por estos motivos la película pierde el sello del director y su idiosincrasia. Personalmente creo que son estas circunstancias las que dotan a la película de una gran singularidad, lo que convierte finalmente el film en una rara avis que sin embargo también compite a la perfección con otras obras del director.

La película se rodó cámara en mano, con un modelo Arriflex y con planos que utilizaban un gran angular. La intención era dotar a la película de un gran verismo. También es cierto que los recursos que emplean Bava (Luz natural sin ecualizar, numerosos primeros planos, utilización abusiva del zoom) pueden dar a la película una cierta atmósfera de despreocupación, pero lo cierto es que este verismo sucio es la identidad de la película.

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Porque esta estética invade todo el metraje. Un simple ejemplo lo demuestra el sudor de los protagonistas que se descuelga por la frente de todos ellos en cada secuencia.

El trío criminal está representado respectivamente por Don Backy (apodado Bisturí), Maurice Poli (El líder) y George Eastman (apodado 32). Poli interpreta el personaje más maduro de los tres atracadores, el único que parece reflexionar durante todo el atraco,  y quizá también el único que ofrece algo de simpatía al espectador. Los otros dos interpretan un papel mucho más salvaje, de criminales auténticos que lo único que quieren es salirse con la suya, aunque para ello deban pasar por encima de los cadáveres de Ricardo Cucciolla y Lea Lander, los dos inocentes.

La película nos presenta gran cantidad de situaciones extremas que Ricardo Cucciolla (la víctima y el principal protagonista de la película) y Lea Lander deben cumplir si quieren sobrevivir. La palabra que mejor define el filme es Tour de Force, pues Mario Bava rueda estos obstáculos como auténticas pruebas repletas de tensión. La ya comentada puesta en escena añade una interesante visión en este aspecto. Hay que comentar que sin embargo la película se cierra de manera demasiado abrupta, como si Bava no hubiera calculado en exceso el cierre final del filme.

Semáforo Rojo es pues una película irregular, que contiene tan buenos puntos como otros que restan su valoración final.A pesar de estar en el declive de su carrera, lo que queda claro es que Bava aún podía seguir aportando cosas interesantes a la cinematografía italiana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Carlos Aguilar, Mario Bava, Ed. Cátedra,  Madrid 2013,pp. 276

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