La Fortuna de Vivir (1999)

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Les enfants du marais (La fortuna de vivir, 1999) peca en exceso de cursilería. Es verdad que tiene grandes (mejor dicho,  pequeños y basados siempre en trazos de la vida cotidiana) momentos, pero la sobrevaloración que ha ido acumulando con el paso del tiempo no le hace ningún bien.

La película es un relato contado por parte de la hija de uno de los dos protagonistas (el que interpreta Jacques Villeret) que se retrae a los años de su infancia, la década de los 1930, para contarnos la historia de sus allegados (incluyendo una historia de amor Romeojulietesca entre ella y un hijo de la burguesía). Es cierto que esta voz en off se emplea en contadas ocasiones, pero  cada vez que lo hace chirria por la exagerada edulcoración con la que la joven trata sus recuerdos. Jean Becker, el director (hijo de cineasta) incluye también algunos flashbacks que sirven para profundizar en la historia de un antiguo habitante del pantano (donde viven todos los protagonistas)  y dar así más conexión entre el ambiente donde se establece gran parte del filme.

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La Fortuna de vivir tiene un mensaje agradable, pero demasiado domesticado y maniqueo. La película nos presenta una galería de personajes pobres que habitan en un paupérrimo pantano, y que tienen que trabajar en multitud de empleos con tal de sobrevivir. Becker, a pesar de su pobreza nos los describe como si fueran santos (especial aureola que recae sobre el personaje interpretado por Jacques Gamblin). En burda contraposición se nos coloca a una familia burguesa (de donde proviene el personaje interpretado por Michel Serrault) que obviamente está descrita como si se trataran de los mismos demonios. Esto se ha hecho millares de ocasiones en el cine, pero el problema es que Becker no es capaz de hacerlo con gracia, sino que emplea la brocha gorda y no tiene el tacto suficiente.

Para suplir estos defectos, el director se recrea en la sensiblería, ya sea unas notas de piano que adornan cada escena comprometida, o ya sea humor ligero y buenrollista. Es cierto que la película despliega una atmósfera que trata de abrazar al espectador en un ambiente cálido, pero uno no puede dejar de sentir cierta desconfianza.

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Para ejemplo, el personaje del boxeador que interpreta el ex futbolista Eric Cantona, y que está descrito con cuatro tópicos. A pesar de que casi ni es culpable de su encierro en prisión, la película nos lo antepone a nuestros bueno protagonistas por el mero hecho de tener algún rival. De hecho, la trama del boxeador bordea en exceso la caricatura, y por momentos a uno le da la sensación de estar asistiendo a un episodio de show cómico de segunda.

La película se construye utilizando la típica oposición entre protagonistas principales. Versión francesa del Quijote, del gordo y del flaco y de innumerables ejemplos más. Por una parte tenemos a Jacques Villeret, quien interpreta (por cierto, el propio físico del actor debe de tener algo que ver en los papeles que acaba interpretando, pues todos se parecen en exceso) a un pobre habitante del pantano sin carisma y casado con una mujer que continuamente le desprecia. Se opone al personaje de Gamblin por su sentido del humor, ligero y servil, en realidad no deja de ser un Sancho Panza de la época, siempre dispuesto a meterse en problemas con tal de conseguir un poco más de vino.

Por el contrario, Gamblin es el caballero casi ideal, que a pesar de sus orígenes humildes lucha diariamente por sobrevivir. A diferencia de su compañero, Gamblin aúna todo el carisma posible (¿Se imaginan que la historia de amor que hay en el filme estuviera llevada por su compañero y no por él?).

En definitiva, Fortuna de Vivir es una de tantas películas que sigue una tendencia considerable dentro del cine francés de los noventa, construidas a base de costumbrismo e ingenuidad. Agradable pero muy poco profunda. El día a día del pantano es mostrado como una concatenación de agradables jornadas que parecen obviar el duro trabajo. Alusiones marginales a los conflictos de la Francia de entreguerra, en realidad la película es una oda a los pequeños detalles de la vida. Casi podríamos decir que Fortuna de vivir es una colección de escenas costumbristas que acaban por conformar una vida.

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