Confessions (2010)

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Confessions (Confessions, 2010) es un filme bizarro donde los haya. Aúna tanto adeptos como enemigos, aunque la película consiguió arrasar en los premios cinematográficos de su país, Japón. Lo peor de todo no es su oda superficial al movimiento Emo, ni tampoco su formalismo vacuo sino su especial transgresión hacía cualquier  tipo de moral.

Porque hay algo que resulta incomprensible en el filme, como es su continuo mensaje de venganza por parte de una madre adulta hacía unos críos de 14 años, que eso si, se comportan como unos psicópatas de tomo y lomo. La película nos presenta una profesora que tiene una pequeña hija, y esta es asesinada por dos de sus alumnos, que la matan de la manera más fría posible. El primer problema viene cuando el director de la película pretende hacernos creer que lo que estamos viendo tiene algún atisbo de verosimilitud. Y es que Confessions es imposible. Pongo en tela de juicio que lo que nos enseña la película tenga cualquier parecido con la realidad. Hasta aquí ningún problema, porque todos sabemos que el cine es en esencia ficción. Ahora bien, el interés por parte de la película de recrear una situación y darle un cierto sentido de ética a lo que está sucediendo y generalizar con el caso que tiene entre manos no es ni medio normal. Demonizar a un niño y tomarlo como algo normal y que merece una venganza no sería ni concebible en una película española, sin embargo tendemos a aceptar propuestas de otras nacionalidades por su exotismo. Podríamos incluir aquí gran cantidad de películas orientales y su sentido de la violencia.

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Porque recordemos que por otra parte, nuestra profesora, una persona adulta no recurre a la justicia ordinaria, sino que pretende vengarse por sus propios métodos. Además de eso, tenemos que aguantar algunas frases que sinceramente, revuelven el estómago, como la debilidad de la ley de menores (que se repite como excusa en muchos momentos del filme) y demás peroratas que otorgan a la película un mensaje criptofascista bastante curioso.

Más allá de eso, a Confessions no hay por donde cogerla. La película es un continuo desarrollo de secuencias a cada cual más estrambótica, que sólo tienen el interés de conseguir el mayor impacto posible en el espectador. Por otra parte, la exagerada puesta en escena entorpece continuamente el desarrollo del filme.

Ya en el primer momento del filme encontramos algunos aspectos que parecen no cuadrar. Nuestra profesora explica su visión del asunto y así será la tónica habitual de la película, con la voz de los protagonistas en off cada vez que la película inicie su andadura particular (la película está divida en diversos episodios, que corresponden con cada uno de los protagonistas). Adelante y atrás en el tiempo, la película juega constantemente con su línea temporal para tratar de sorprender al público, que hila las piezas que le va proporcionando el director.

La puesta en escena de la película crea un empacho a cualquiera que se atreva con ella. Ya la primera secuencia en la que vemos a la profesora sincerarse con sus alumnos resulta bastante pesada pero el problema es que no se le da al público ni un segundo de descanso. Básicamente el director concibe la película como un plato al que cuanto más ingredientes se le añadan mejor, pero lo cierto es que uno acaba saturado y pidiendo el final antes incluso de la mitad del metraje. Un ejemplo: En muchas ocasiones la película recurre a recursos que no ayudan a la narrativa de la película. Pueden ser los planos cenitales que siguen a los personajes sin que quede claro el porqué, la cámara lenta que se inmiscuye constantemente en la película, o el montaje en el que se mezclan imágenes que a veces poco tienen que ver con el hilo principal.

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Intento de crear una estética oscura, lo cierto es que en muchos momentos Confessions da la sensación de estar asistiendo a un videoclip protagonizado por algún grupo Emo Japonés. Desde las pintas de nuestro protagonista hasta los molestos monólogos que tienen lugar cada dos por tres y que parecen tirar de tópicos constantes. Por si fuera poco el director no tiene miedo en acompañar el montaje de la película con imágenes intercaladas de algunos momentos que harían sonrojar a cualquiera. Por ejemplo, cuando se nos está contando la vida de nuestro niño psicópata, y de por medio se nos meten algunos fotogramas lamentables, como en los que le vemos con su amiga ir a la playa, con la puesta de sol de fondo o similares. Estamos pues, ante un videoclip que aligera su mensaje en pos de conseguir el máximo impacto posible. Cualquier lectura que se haga en frío de la película la tirará por los suelos, precisamente porque el deseo del director es conseguir calentar la sangre del espectador e involucrándolo de todas las maneras posibles en el relato. Desgraciadamente, no siempre vale todo.

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