Slacker (1991)

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Slacker (Slacker, 1991) fue el segundo largometraje en la trayectoria de Richard Linklater, cineasta que hoy en día está más en boga que nunca, gracias a Boyhood (Boyhood, momentos de una vida, 2014). Slacker, por otra parte, nos anticipa el talento de un director que repetiría muchas de las calidades y características que se desprenden en esta obra. Slacker no tuvo una gran producción detrás, sino que la película fue completada con dinero del propio Linklater (23.000 dólares en total) y rodada en formato de 16mm. El propio director aparece en la película, en un cameo más que curioso, precisamente representando el primer personaje al que la cámara sigue en su extraño y bizarro discurso sobre las múltiples realidad (¿anticipo de Waking life?)que tiene con un taxista.

Slacker es una rara avis en la cinematografía norteamericana. Por este motivo, sus objetivos se alejan totalmente del resto de películas comerciales. Tratar de introducir Slacker a grandes masas es una tarea ardua, porque además la película, debido a su enorme singularidad en la propuesta, exige mucha atención al espectador. Ya en los años noventa, Richard Linklater se empezaba a labrar un nombre como uno de los outsiders del panorama cinematográfico norteamericano. Precisamente en aquellos años noventa, el cine underground e independiente estaba en plena renovación. Como Linklater, muchos de los cineastas estaban amparados bajo el festival de Sundance, como fue el caso del también cineasta Kevin Smith (quien dijo que la película le sirvió como influencia para su película Clerks).  Slacker consiguió grandes éxitos en festivales como el mentado o en Toronto.

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No hemos de olvidar que existe un profundo poso contestatario en la película de Linklater. Nuestros personajes aluden en diversos momentos a la situación política del momento, siempre en contra del poder gobernante en ese momento. Por ejemplo el personaje que alude a las elecciones falseadas que ha ganado George Bush (padre) o el aún más bizarro protagonista que alude a una conspiración mundial en la que la organización espacial de ka NASA tiene un papel predominante. Hemos de tener en cuenta el propio concepto que alude el título de la película, porque efectivamente, Slacker tiene un significado literal. Podríamos traducirlo al castellano como vago o perezoso. Slacker nos introduce en la América de los parados, de aquellos tipos colgados por las conspiparanoias, aquella América de los pillos que hacen mil y un trucos con tal de no pagar el café. Ahí  hay cierto aire nihilista, que puede entreverse en muchas de las conversaciones que tienen nuestros protagonistas, y que no conducen a ningún camino “productivo”.

Y es que Slacker aparentemente no cuenta nada. La película sigue a diversos personajes de una ciudad norteamericana (Austin, Texas) en su particular día. No hay ninguno de ellos que sobresalga por encima de los demás, sino que todos tienen la misma importancia. Una vez han dicho todo lo que tenían que decir, la cámara acompaña a nuestro siguiente personaje, que previamente ha estado en algún tipo de contacto con el precedente.

Sin embargo, en esta extraña estructura caótica el director plasma gran parte de sus pensamientos, pues los personajes sirven en gran parte como plataforma de la ideología del propio cineasta. También hay que decir que las situaciones y conversaciones que ha escogido Linklater para la película distan totalmente de ser cotidianas. Cada personaje que aparece en pantalla parecerá más freak que el anterior, y ahí reside uno de los pilares de la película, en la descripción tan cáustica y asombrosa que realiza Linklater de su propia tierra. En cierto sentido, Slacker es como si Chelovek s kino-apparatom (El hombre de la cámara, 1929) del célebre cineasta soviético Dziga Vertov se hubiera trasladado a una época contemporánea.

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Por otra parte, la película no puede dejar de evocarnos a la esencia de otro filme que Linklater acabaría dirigiendo, como Waking Life (Waking Life, 2001) o también a Scanner Darkly (Scanner Darkly, 2006) por su buscada incoherencia y su dispersión argumental, que hacen que la película parezca un sincero retablo onírico. En todas estas películas el director consigue imprimir una atmósfera que puede respirarse perfectamente. Diálogos de primeras insustanciales, que sin embargo encierran un contenido mucho más profundo.

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