Philomena (2013)

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Philomena (Philomena, 2013) es una de aquellas películas que periódicamente reciben una nominación al Oscar sin saberse muy bien el porqué y se retiran (después de no ganar nada) en el más incomodo de los silencios. La tragedia en este caso proviene de un director como Stephen Frears, que a lo largo de su carrera ha demostrado sobradamente su talento, en filmes como High Fidelity (Alta Fidelidad, 2000) o Dangerous Lisiaons (Las amistades Peligrosas, 1988).

El caso es que la nominación de Philomena huele a motivos políticos y académicos, que parecen anteponerse a lo que se supone como una elección justa. El filme de Frears parece cumplir el cupo de películas aparantemente exóticas que se cuelan por norma en el concurso. Pero además, la película cumple los requisitos que la industria norteamericana requiere para dicho certamen, siendo edulcorada, fácil y maniquea. Philomena no es más que la réplica inglesa de las películas de superación y lágrima fácil que cada X tiempo arrasan en Hollywood.

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Como no podía ser de otra forma, la película está basada en hechos reales, algo que siempre da más caché a este tipo de filmes. Nuestra protagonista, interpretada por Judi Dench, es una adorable ancianita irlandesa que una vez trabajó como enfermera en una institución religiosa. Allí tuvo un hijo, que finalmente fue confiscado por las religiosas del centro, y sin que ella lo supiera vendido a una rica familia norteamericana (dato que ella desconoce). Ahora, ya en la ancianidad, nuestra protagonista decide investigar lo que ocurrió con su hijo. No estará sola, porque en su camino se cruza el personaje interpretado por Steve Coogan, un periodista de la BBC que ve la oportunidad de su vida.

Para empezar, el personaje de Judi Dench resulta bochornoso en muchos momentos. Frears lo construye como el arquetípico de anciana bondadosa que siempre está contando gracietas. De hecho, uno de los ejes está en ver la adaptación de nuestra protagonista en territorio norteamericano. Por ridículo que resulte, y tal como si una pareja cómica rancia se tratara, la película nos muestra a Judi Dench y Steve Coogan realizar conversaciones intrascendentes con aires de humor inteligente. Nada más lejos de la realidad, la película resulta aburrida cada vez que se deja al personaje de Judi Dench comentar historias con moraleja o chistes sin gracia.

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Por otra parte, la película no tiene ninguna crítica. Se intenta meter con calzador un debate sobre la religión, pero el director no sabe sacar ningún provecho. Dench interpreta una irlandesa, y como viene siendo habitual dentro de los arquetípicos, ella es católica. Mientras que nuestro reportero inglés de la BBC es ateo “y mucho más moderno”.  La película aprovecha el caso principal del filme para intentar atizar a la iglesia católica, pero el nivel de profundización es mínimo. De igual manera le sucede a la otra herramienta que tiene el filme para este debate, como son los diálogos que se establecen entre los dos personajes. Dench defiende a las religiosas en todo momento (incluso cuando se entera del fraude al que fue sometida), mientras que nuestro protagonista masculino, aprovecha cualquier ocasión para atacar a las monjas y yendo más allá, a la religión católica. Aún así, y como ya comentaba, el debate está hecho para agradar al mainstream y nunca hay un verdadero nivel detrás. Frases como: “Porque nos iba a dar Dios deseos sexuales si luego nos pidiera que los reprimiéramos” no ahondan precisamente en el tema, sino que sirven para reforzar los tópicos así como los pensamientos preexistentes entre los espectadores que ven la película.

Pero más allá de debates la verdadera lástima es el tono edulcorado del filme con el que Stephen Frears recubre el filme. Algo que resulta bastante extraño teniendo en cuenta la acidez con la que el cineasta había logrado en otros filmes. Sin embargo, en Philomena, el riesgo es mínimo. Frears se encarga de realizar un proyecto preconcebido que no tiene alma y que simplemente se dedicar a interpretar las pautas ya establecidas del cine comercial: Empatía por la protagonista, giros de guión, debates pseudointelectuales, ..

Azúcar en sangre, que por otra parte se combina con un tono bastante frío y que no consigue despertar al espectador de su letargo. Frears parece querer echar el freno de mano en su camino hacia la sensiblería y como conclusión el resultado es un filme que se debate continuamente entre una frialdad excesiva y una cursilería lamentable.

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