El Exorcista III (1990)

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The Exorcist III (El Exorcista III, 1990) se trata de la tercera entrega de la saga del Exorcista, que William Friedkin estrenó en la década de los setenta. La película no sigue los sucesos de la segunda película, que dirigió el británico John Boorman, sino que se retoma parte del hilo de la primera, resucitando en parte el padre Karras.

La película está dirigida por William Peter Blatty, quien fuera el célebre escritor de la novela original del Exorcista (las ideas para las novelas las sacó de una asistencia a una clase de teología en la universidad sobre un supuesto caso de exorcismo en Georgetown) y adapta para el Exorcista III una de sus novelas, Legión. En realidad la película no tenía porque inmiscuirse directamente en los exorcismos, pues el eje central gira en torno a los asesinatos que provoca un asesino en serie (quien tiene muchas similitudes con el asesino del Zodíaco, un Pscycho Killer estadounidense real y del que nunca se descubrió su identidad) pero la productora del filme, la Warner Bros, quiso sacar un buen provecho del nombre de la saga y por este motivo obligo a Blatty a incluir una secuencia de exorcismo, que por otra parte es el clímax final del filme. Sin embargo la película no cosechó un gran éxito de crítica, siendo nominada a varios premios Razzies.

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La película nos presenta como protagonista al personaje de George C. Scott, un investigador de policía, ya entrado en una edad avanzada y con una familia formada y feliz. Scott tiene contactos con el padre Dyer, interpretado por Ed Flanders, con quien tendrá algunos debates teológicos. Aquí Blatty ya enseña sus primeras cartas, que además ponen en tela de juicio la idiosincrasia de la primera película sobre El Exorcista. Debemos recordar, que pese a que Blatty colaboró de manera estrecha con William Friedkin en la creación del guión, fue el director quien impuso finalmente su visión sobre el tema, cayendo en un fatalismo que auguraba un desenlace trágico para todos los participantes del caso de la niña Regan. Blatty, ferviente creyente, nunca estuvo de acuerdo con ese final pesimista, porque podía haber dado a entender que el mal finalmente había triunfado, algo que nunca podría reconocer.

Por este motivo, Blatty carga su película con muchos debates religiosos. El personaje de Scott y el de Ed Flanders mostrarán sus posturas nada más empezar el filme. Scott es un policía ya asqueado en gran parte contra el mundo, y cuestiona la existencia de Dios, por el tema tópico de que si Dios existe como es posible que permita tantos crímenes y atrocidades. Los debates que vemos en estos primeros compases carecen de cualquier profundidad y nos muestran una seña inconfundible de la película que seguirá a lo largo del metraje, y es el poco calado intelectual del filme, a pesar de que Blatty pretende dotar a la película de un gran trasfondo religioso.

Y aparecerán los primeros asesinatos, que se pondrán en relación con un antiguo caso que nuestro detective creía haber cerrado años atrás (el asesino de Géminis, que no deja de ser un eco del asesino del Zodíaco). La propuesta de Blatty es ciertamente extraña, pues el asesino principal de la película tiene conexiones con algún tipo de secta satánica (posteriormente incluso se mezclan posesiones, incluso posesiones a distancia). La estética del filme no deja de ser un deja vú de la primera película de Friedkin, aunque con una falta mayor de talento. No hay inventiva por parte de Blatty en este aspecto, que se dedica a recoger parte de la imaginería cristiana para mezclarla con detalles del cine Gore (aunque muchos elementos escabrosos aparecen en fuera de campo, llevando al espectador a que utilice su imaginación). Los dos Exorcismos son incomparables.

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La autoimposición de la productora acabó colocando un final de posesión que no tenía nada que ver y eso afecta a la película, creando aún más confusión. El Exorcista III es un mix de ideas que han pululado por el cine fantástico y demoníaco de los años setenta y ochenta, y que deambulan por el filme sin orden ni concierto. Nunca queda nada claro la naturaleza de la película, ni el verdader origen de los asesinatos.

Seguramente lo mejor de la película lo encontramos en la puesta en escena. Blatty no se ha formado nunca en el modo de hacer cine académico, y para bien o para mal eso se refleja en el filme. Planos que el director alarga, siempre desde una posición en la que la cámara adopta una distancia considerable, no haciéndose participe de la acción de manera directa demuestran que Blatty se toma el cine de terror desde una visión totalmente autoral (otra cosa es que compartamos o no su particular visión). Las escenas violentas, que corresponden más al cine de género, no son nunca rodadas de una manera convencional, sino que Blatty introduce sus señas (como elipsis bastantes pronunciadas, no mostrar nunca el rostro del asesino y dejándolo oculto en la sombra, diálogos que mantienen la tensión alargándose considerablemente…).

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