Outrage (2010)

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Takeshi Kitano labró su fama en el cine de gánsteres, en un género que engloba desde la Yakuza japonesa, la prostitución hasta la policía corrupta. Películas como Sono Otoko Kyobo ni Tsuki (Violent Cop, 1988)o Hana-Bi (Hana Bi, 1997) son una buena muestra de ello. Después de un pequeño periplo donde lo importante para Kitano era la investigación metacinematográfica a través de sus filmes, el cineasta japonés vuelve a rodar en el género de cine negro que le vio nacer. Por si fuera poco, la película de la que estamos hablando, Outrage (Outrage, 2010) ha tenido el suficiente éxito para que Kitano dirigiera una secuela el 2012, retomando parte de los personajes de la primera entrega (los que quedaron vivos).

Y personalmente ya discrepo en este abuso en el que se ve envuelto Kitano. Porque realmente Outrage no aporta nada nuevo dentro del género que el director se ha encargado de cimentar. Da la sensación de que Kitano está inmerso en una espiral de falta de creatividad, de la que no sabe muy bien cómo salir, y por este motivo se dedica a reciclarse en películas que parece haber rodado ya con anterioridad. Outrage no deja de ser un producto, casi industrial,  que recoge elementos de sus anteriores películas, en un Frankenstein cinematográfico, que evidencia una falta de interés incluso por parte del propio cineasta. Desde la embarullada trama, una de las señales del cineasta, hasta el propio personaje de tipo duro que interpreta el director mismo (nada raro por otra parte) la película parece un deja vu constante.

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Como no podía ser de otra manera, Outrage nos adentra en la historia de la Yakuza. La película presta atención a un conflicto interno que terminará en una guerra civil dentro de la propia organización. Los diversos clanes aspirarán para conseguir el poder. El argumento no tiene demasiado más y seguramente una de las cosas que más se pueden retraer a Kitano es la de ofrecer una película que no cambiará en nada al espectador. Y, ¿Si el arte es incapaz de modificar el statu quo del espectador, qué sentido tiene este último giro en la carrera de Takeshi Kitano?

Sean Redmon[1] analiza al detalle la película, y nos deja bastantes claves. Una de ellas es el aparente minimalismo con el que Kitano rueda la película. No encontramos ningún tipo de alarmes, a pesar de las numerosas secuencias violentas, con tiroteos incluidos que ofrece el filme. Los asesinatos son sin duda alguna bastante parsimoniosos. Otra sin duda es la conciencia que tiene la puesta en escena. La cámara parece tener un discurso propio, que se desarrolla a lo largo del filme. Un gran ejemplo lo describe Sean Redmon en su obra, en la secuencia que tiene lugar en la sauna. En esa escena, el personaje de Kitano elimina al clan rival a punta de pistola. No vemos la manera en la que mueren, porque Kitano (como cineasta) nos deja los asesinatos en fuera de campo. Sin embargo la secuencia no termina ahí, porque posteriormente la cámara nos muestra al detalle las víctimas de la matanza.

Esto sin duda subraya una de las tendencias de Outrage. La violencia (que no es nada nuevo en el cine de Kitano y que se puede rastrear con facilidad en casi toda su carrera) es indisociable del mundo de los Yakuza, y aparece retratada en su máxima expresión en el filme. Las secuencias de asesinatos son reiteradas, clanes que se tirotean unos a otros, torturas etc..Outrage se deleita en una especie de poesía que tiene el objetivo de realizar una oda a la vorágine sangrienta del filme. La película se recrea en no pocas ocasiones en las secuencias en las que el color rojo invade la pantalla.

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Otras de las señas de Outrage la encontramos en una extraña narratividad. Como ya se había visto en otros filmes de Takeshi Kitano, el cineasta es poco reticente  a utilizar un desarrollo convencional. Ya en Violent Cop, la opera prima del director, nos encontrábamos con una película que prescindía totalmente de la linealidad. Es cierto que Kitano no emplea el Flashback ni recursos narrativos semejantes, pero en Outrage la película nunca es desarrollada de una manera normal. En cierto sentido, la película adquiere la condición de rompecabezas, en la que las diversas secuencias aparentemente poco ligadas entre sí son las que forman la película. Por ejemplo, en Outrage es habitual encontrarnos que de un momento a otro confluyen los diversos Yakuzas sin que parezca haber un orden concebido. Y es que la estructura que emplea Kitano en la película puede crear cierto tipo de confusión en el espectador.

También es cierto que en mi modesta opinión Kitano consigue crear escenas de gran interés, y que el minimalismo que emplea en Outrage funciona, creando una atmósfera particular. Una película simplemente entretenida.

[1] Sean Redmon, The cinema of Takeshi Kitano: Flowering Blood, Ed. Columbia university Press, New York 2013,pp.105

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