Juego de Amor Prohibido (1975)

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Cualquier crítica que cojamos del momento en que se estrena Juego de Amor Prohibido (Juego de Amor Prohibido, 1975)  hace referencia por encima de todo a un único hecho. Y es ni más ni menos que la censura franquista, que realizó 42 cortes (el número lo dio el propio Eloy de la Iglesia a la prensa y esta lo iría repitiendo con asiduidad). Hemos de tener en cuenta que la película está rodada precisamente en el año 1975, algo que además en el caso de Juego de amor Prohibido parece casi un capricho del destino, porque precisamente la película es una metáfora del nuevo orden.

Para empezar, hemos de tener en cuenta que los numerosos cortes de censura afectan tremendamente a la concepción de la película. No es extraño ver que de repente una escena quede cortada y se pase a otra sin que haya demasiado nexo entre las dos, y además da la sensación de que en muchas de ellas se le ha recortado tiempo, con lo que la película pierde una duración imprescindible para la compresión de la película (en total del metraje, apenas son 85 minutos de duración).

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Juego de Amor Prohibido es una película realmente extraña, que en cierto sentido nos puede recordar a obras como Salò o le 120 giornate di Sodoma (Saló, o los 120 día de Sodoma, 1975) de Pier Paolo Pasolini y rodada en el mismo año. Una propuesta cinematográfica que oculta una potente metáfora sobre el franquismo y el nuevo orden político que había de establecerse durante la transición. Además el filme nos presenta ya de manera sólida muchos rasgos temáticos y formales que serán habituales en las obras futuras de Eloy de la Iglesia. Por ejemplo, la forma que aparentemente parece poco cuidada en pos de que el fondo recoja toda la importancia, o el análisis del poder establecido que realiza el filme.

La película nos presenta a dos jóvenes personajes (interpretados respectivamente por Inma de Santis y John Moulder Brown; por cierto ambos son unos intérpretes nefastos) que deciden escaparse de  casa. Realizando autoestop se encuentran con su profesor, interpretado por Javier Escrivà (el mejor de todo el reparto sin ninguna duda) que les llevará a su mansión donde vive con una especie de criado interpretado por Simón Andreu. En un primer momento el profesor trata amablemente a sus alumnos, pero posteriormente se desvelará que no les dejará marchar porque ambos son sus esclavos de un juego extraño del que nunca se nos acaba de definir a lo largo de la película. El propio personaje interpretado por Simón Andreu fue hecho prisionero por el propio profesor, convirtiéndose en una especie de siervo suyo.

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Nuestro profesor es sin duda el personaje más interesante de la película. Eloy de la Iglesia nos lo define como el elitista cultural que observa la vida desde su torre de marfil. Se trata de un hombre cultivado que no tiene ningún reparo en mostrar su superioridad intelectual ante los dos jóvenes. La película nos los define como un ser narcisista, de modales aristocráticos. Lo cierto es que este personaje no deja de ser una metáfora del propio poder franquista. El orden establecido que no permite ningún tipo de anarquía y que instaura un régimen dictatorial. Además, el personaje que interpreta Javier Escrivá se divierte jugando y martirizando a los demás personajes, a los que considera sus súbditos.

Sin embargo, la película nos presenta la evidente caída de este régimen (algo profético, pues la dictadura de Franco iba a caer ese mismo año). En su oposición, los tres personajes (pues Simón  Andreu se alía con los dos muchachos jóvenes) establecen un nuevo orden. Incluso en alusión a este cambio de gobierno los propios jóvenes deciden reorganizar la casa, cambiando la obsoleta decoración del antiguo propietario con nueva música (Wagner, la música favorita del profesor deja paso a la música Rock de los jóvenes). También es verdad que Eloy de la Iglesia es capaz de mostrarnos los defectos del nuevo régimen, que sigue siendo igual de cruel que el antiguo (sólo cambian las víctimas).

Aparentemente la película parece tener una puesta en escena descuidada y tosca, pero lo cierto es que el cineasta vasco empezaba a presentar sus primeras señas de identidad. A Eloy de la Iglesia le interesa más que su mensaje llegue a todas las personas posibles que no crear un estilo preciosista. Busca una ética particular antes que la estética. Aún así se pueden sacar algunos interesantes recursos que la película emplea como unos primeros planos que parecen acrecentar el papel de lucha dialéctica que muestra Juego de Amor Prohibido, y que podemos ligar con una película con la que mantiene estrechas relaciones como es The Sleuth (La huella, 1972) de Joseph Mankiewickz. En ambas películas encontramos una interesante lucha dialéctica entre personajes que pretenden imponer su propia concepción del mundo al otro. La violencia viene más en este caso del lenguaje que no de la acción.

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