Pepi, Luci y Bom y otras Chicas del Montón (1980)

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Pedro Almódovar debutó en el cine con Pepi, Luci y Bom y otras chicas del Montón (Pepi, Luci y Bom y otras chicas del montón, 1980) una película que a su vez adapta la novela gráfica que el manchego había trabajado poco tiempo atrás, Erecciones Generales. El título de esta obra gráfica ya resulta un buen indicativo para apuntar lo que podemos encontrarnos en el filme.

Por otra parte, la vena Punk que destapa la película no la encontraríamos en filmes posteriores del cineasta, que acabaría dulcificando su propio mensaje. Aparte de este primer cómic un elemento indispensable para que surgiera el filme fue Carmen Maura. Almódovar había contactado con ella a través de una compañía teatral donde ambos colaboraban, Los Goliardos. Además de la intérprete principal de la película, Maura también ayudó en la parte crematística del filme, recaudando gran parte del presupuesto de la obra.

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El problema principal de la película es sencillo. Cuando a cineastas como el primer Almódovar los ponemos en comparación con coetáneos suyos como Eloy de la Iglesia o Pilar Miró (por poner un par de ejemplos bastante ilustrativos) las evidencias se exponen solas. Era evidente que Almodovar sólo tenía que moderar su discurso para acabar triunfando en el cine comercial. Y es que Pepi, Luci y Bom y otras chichas del montón es simplemente una película irreverente. Y basándose en esa irreverencia, la película acaba aunándose con un espíritu del cine Pop que concluye en la superficialidad más absoluta.

No resulta difícil entrever que el mensaje que propone la película es fácilmente domesticado, porque las gracietas que se desarrollan a lo largo de la película no tienen un objetivo al que atacar, sino que simplemente se acumulan formando un esperpento que no tiene la intención de llegar a ninguna parte. No se produce ningún tipo de poso en el espectador, que contempla el filme con más o menos interés (dependiendo de si su sentido de humor es más afín al del cineasta) pero que sale igual que como había entrado al afrontarse a la cinta. A la película le sucede lo mismo que el Arte Pop de Warhol y sus sucédanos cinematográficos (sólo que la película camufla esta vena Pop con un espíritu irreverente que falsamente algunos lo han denominado Punk) y es que se convierte en un ser líquido y transparente, como intuía Deleuze, que finalmente será absorbido por organismos mayores. Lo que vemos en Pepi, Luci y Bom y otras chicas del montón es lo que hay. Buscar un pretexto social y cultural detrás de lo que se nos muestra es inane y no conduce a ningún lado.

Regurgitando el cine de John Waters[1] la película sigue una trama que no tiene hilos narrativos (el cineasta intenta transgredir la narración con algún recurso interesante, como alguna cartela indicativa que rompe con las reglas clásicas, o la introducción de algún recurso onírico, que se permite jugar con el propio concepto metacinematográfico) y que simplemente acumula diversas anécdotas y gags eróticos. Una continua inserto de diversas referencias que el director trata de ingerir, aunque añadiéndole el punto Almódovar que es cierto que ya aparecía en esta primera película. Formalmente se trata de una de las peores películas del director, en parte por el reducido presupuesto con el que se contaba. Nada en la puesta en escena resulta realmente destacable.

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Si nos ponemos a analizar iconográficamente podríamos realizar una lista de los conceptos totalmente deleznables que continuamente retrata la película. Para empezar, el maniqueísmo inherente que acompaña todo el relato y que parte de la premisa argumental inicial (El Policía del filme es el malo de la película, mientras que los jóvenes rebeldes son los protagonistas) hasta los coqueteos que realiza la película con el sadomasoquismo (absurdo ver a una de las protagonistas ser orinada por otra de ellas, mientras que Almódovar sólo busca la sonrisa con dicha secuencia, dejando la transgresión a un lado) y sobre todo el sexo. Porque si la mejor baza que tiene la película para conseguir sus objetivos es hacer un certamen de Pollas donde el protagonista ganador exige quien le puede felar, a lo mejor denota los pocos recursos con los que se emplea Almódovar en el filme.

[1] Como admite el propio cineasta en una entrevista que encontramos en:STRAUSS, Federic, (RE) Convsersaciones con Pedro Almódovar, Ed. Akal, Madrid 2001, pp. 27

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