El Espía que Surgió del Frío (1965)

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The Spy Who Came in from the cold (El Espía que surgió del frío, 1965) es la adaptación cinematográfica que realizó el cineasta Martin Ritt de la obra literaria de John Le Carré, de título homónimo. Se trata de una obra en la que el propio Ritt llegó a autoproducirse en parte, adquiriendo el mismo los derechos de la novela, después de haberla leído ávidamente y antes de que esta se convirtiera en el absoluto Bestseller que fue[1]. En Un principio Martin Ritt pensó en John Osborne, el célebre dramaturgo británico vinculado con los Angry Young Men, para que adaptara la novela, aunque finalmente el guión lo firmaría Paul Dehn y Guy Trosper.

El Espía que surgió del Frío trata sobre el espionaje, cierto, pero lo hace desde una perspectiva que nunca antes había ofrecido el cine. La guerra fría había puesto de relieve el propio espionaje, que de repente se convirtió en un tema comercialmente explotable por los diferentes medios artísticos, ya fuera el cine o la literatura. Sin embargo, los espías que pululan dentro de la película de Martin Ritt poco tienen que ver con los que nos presentó la saga James Bond y sus sucédanos. Además, ambos filmes son más o menos coetáneos, pues la primera película de la saga Bond se dirigió sólo tres años antes que la obra de Ritt, como fue Dr. No (Agente 007contra el Dr.No, 1962) del cineasta Terence Young.

Sólo temáticamente encontramos ya diferencias. Mientras que la película de Ritt nos ubica en el contexto de la guerra fría, con todas sus consecuencias, las películas de la saga Bond optan por hallar argumentalmente una sociedad secreta o un terrorista malvado que se enfrontan  al personaje protagonista, y difícilmente utilizan un marco real para desarrollar la acción. En definitiva son unas películas que buscan descaradamente la espectacularidad y la comercialidad, algo totalmente contrario a los objetivos que pretende El Espía que surgió del Frío.

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Y esto lo encontramos especialmente en la concepción que emplea la película del Espía. La adaptación de John Le Carré, saca a relucir el espía humano, a fin de cuentas, el real. Físicamente las diferencias ya resultan notables entre el héroe galán que aparece en las películas de 007 y el espía que interpreta Richard Burton., un alcohólico ya entrado en años y que físicamente está ciertamente desmejorado. Pero sobre todo donde más actúa la película como desmitificadora es dentro del trabajo de campo del espía. El personaje que interpreta Richard Burton no utiliza la pistola en ninguna secuencia de la cinta, sino que su trabajo es radicalmente diferente. Se trata casi de un funcionario que debe trabajar sumergido en la más absoluta clandestinidad (seguramente por eso encadena deficiencias como su alcoholismo o su incapacidad social) para pasar informaciones a su bando. Las explosiones, persecuciones y tiroteos que encontramos en la Saga Bond quedan pues totalmente fuera de la película. Incluso si vamos más allá, veremos que la arma principal de El Espía que surgió del frío son sus diálogos. Diálogos que en ocasiones construyen conversaciones bastante densas, que pueden hacer perder el hilo al espectador, el cual deberá estar concentrado para captar todos los detalles del filme.

La Adaptación nos presenta, como ya decía, un espía interpretado por Richard Burton, quien se encuentra al servicio de los servicios de espionaje británicos. Es un personaje que toda su vida ha trabajado dentro del mundo del espionaje como agente de campo, y por eso cuando el gobierno decide reciclarlo como funcionario se niega. A cambio, recibe una misión que le obligará a presentarse como desertor ante la otra banda del telón de acero. Este personaje encontrará una chica joven, interpretada por Claire Bloom y de la que llegará a enamorarse. La joven forma parte del Partido Comunista británico, y la película utiliza esta premisa para describirnos parte del contexto de esta Inglaterra poco conocida (los deseos de la joven de convertir a su estado, el amor libre que preconiza, etc..)

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Martin Ritt emplea una puesta en escena que condiciona tremendamente el mensaje de la película. La dirección del cineasta nos refleja al fin y al cabo el mismo mensaje de soledad y desolación a la que se enfrenta nuestro protagonista espía. Un estilo seco y abrupto, que no tiene ningún reparo en utilizar los máximos recursos posibles para que la película imprima este desamparo que sufre el protagonista. Ayuda a este clima de desesperanza la fotografía que firma Oswald Morris, en blanco y negro y que explota perfectamente la soledad del hombre moderno, como por ejemplo cuando vemos a nuestro espía caminar y vagabundear por la ciudad sin un rumbo fijo.

Mención especial merece el final de la película, un colofón perfecto que va en perfecta sintonía con el tono oscuro que el filme iba imprimiendo a lo largo del metraje.

[1] Gabriel Miller, The Films of Martin Ritt, Ed. University press of Missisipi, Florida 2000, pp. 79

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