Las Noches de Cabiria (1957)

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Il Bidone (Almas Sin conciencia, 1955) había sido un sonoro fracaso. Por eso Fellini pasó de lo que había sido una coproducción entre Francia e Italia a un presupuesto mucho menor. De hecho Goffredo Lombardo rompió el contrato con el director, según el cual había de financiar dos películas más de Fellini, que nunca llegaron a ver la luz. Para Le Notti di Cabiria (Las Noches de Cabiria, 1957) Fellini requirió la ayuda del célebre (aunque aún por aquel entonces no había ganado la fama con la que se le conocería hoy en día) productor Dino de Laurentiis[1].

La Historia se basa en la circularidad. No es coincidencia que en la primera secuencia de la película veamos a nuestra protagonista interpretada por Giuletta Massina (por aquel entonces la mujer del propio Fellini) ser lanzada al agua, donde casi se ahoga, y en la penúltima de las escenas se insinúe que nuestra misma protagonista puede acabar otra vez en el agua. Algo que a priori parece una anécdota no lo es tanto, porque esta propia circularidad se repite también en el desarrollo argumental del filme. Una y otra vez, vemos a la desafortunada Giuletta Massina sufriendo desgracias y repitiendo los mismos errores.

Massina interpreta a una prostituta de Roma, quien busca desesperadamente un hombre con el que casarse. Sin embargo, todos los hombres que ha conocido hasta el momento y sin excepción le han dejado abandonada. La película se divide en tres partes, cada una de la cuales nos muestra la imposibilidad de nuestra protagonista por conseguir sus objetivos. En la primera parte, nuestra protagonista se encuentra con un rico actor italiano, quien solamente la utiliza por despecho y en cuanto se reconcilia con su mujer abandona a Massina. El ascenso social queda imposibilitado.

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En la segunda parte del Film, Fellini toca el tema de la religión, eje que siempre ha interesado al cineasta. Nuestra protagonista se embarca en una procesión para implorar el perdón de la virgen, así como  esperando un milagro que la permite cambiar de vida. Algo que resulta finalmente un fracaso estrepitoso, porque después de la procesión todo seguirá igual. En esta parte hay que destacar que Fellini se inmersa en la procesión retratándola casi desde una perspectiva etnográfica (¿Dejes de Neorrealismo?), con un clímax brillante (el inválido que evidentemente no consigue curarse, cayendo al suelo iluminado).

En la tercera parte, la película realiza el cierre de la circularidad. Nuestra protagonista parece encontrar por fin el amor de su vida, en el personaje que interpreta François Périer (gran interpretación por su parte), aunque no deja de ser un espejismo más.

Un joven Pier Paolo Pasolini fue uno de los colaboradores del filme, asesorando la calidad de los diálogos (en términos de verosimilitud). Si se le fichó fue porque su novela, Ragazzi di vita, había causado un éxito y una controversia importantes, y se había desenvuelto en un mundo marginal que  bien conocía. La Marginalidad, el mundo de los suburbios aparece en Las Noches de Cabiria con una fuerza importante (algo que molestó a los productores, que no veían como se podía vender la historia de una prostituta a la que le sucedían infortunios).

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¿Final Optimista? Fellini cierra la película con una secuencia mágica que nos deja la puerta abierta para realizar interpretaciones. Se ha señalado que Las Noches de Cabiria tiene ciertas relaciones con una de las mejores películas de Charles Chaplin, City Lights (Luces de la Ciudad, 1931)[2]. Las semejanzas no sólo van en aspectos como el de la relación entre intérpretes como Massina y Chaplin, quienes parecen reproducir un modus operandi común (incluso físicamente tienen relación) sino en otros campos como el del propio desarrollo del guión (al igual que en Luces de la Ciudad, nuestra protagonista,  tiene un encuentro fortuito con un personaje de estatus más elevado o el final de la película).

Por cierto, hay una secuencia en la película que parece aludir o recordar lo que sería uno de los ejes de la siguiente película de Fellini, La Dolce Vita (La Dolce Vita, 1960). Me refiero a la escena que tiene lugar cuando nuestra protagonista se encuentra con un célebre actor, interpretado por Amedeo Nazzari y este le lleva a un club musical. La descripción que realiza Fellini sobre este club y el ambiente de degradación que se encuentra dentro de él, es calcado al que proyectaría poco tiempo después en La Dolce Vita.

[1] Carlos Alfieri, Federico Fellini, Ed. Rueda, Madrid 1996, pp. 115

[2] Stephanie Zacharek, Comedias, tragedias y cosas que explotan, Ed. Ministerio de cultura de la ciudad de Buenos aires, Buenos Aires , pp.193

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