Nadie conoce a Nadie (1999)

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Desgraciadamente, Hay dos películas en Nadie conoce a Nadie (Nadie conoce a Nadie, 1999). El filme fue el debut cinematográfico de Mateo Gil, cineasta que anteriormente había colaborado con Alejandro Amenábar (y cuyo rastro aún podemos encontrar en esta ópera prima) como coguionista, de hecho ambos se conocieron en la facultad de cine[1]. La película se basa en la novela, de título homónimo, de Juan Bonilla.

La mejor parte de la película tiene lugar durante la primera parte del metraje. El filme se centra en el personaje de Eduardo Noriega, un hombre joven que vive de crear crucigramas para un periódico sevillano. Comparte piso con el personaje de Jordi Mollà, y su vida parece normal, hasta que un buen día recibe un extraño mensaje grabado en su contestador de voz.

Uno de los ejes a los que apunta esta primera parte va más allá del puro Thriller. Como indica el propio título de la película, se desarolla un discurso realmente interesante que nos muestra el poco conocimiento que en realidad disponemos sobre el otro. A esto se le añaden unas gotas de tensión y una atmósfera malsana, ciertamente conseguidas.

La segunda parte de la película la podemos dividir a partir de una secuencia totalmente bochornosa. Sí, me refiero, claro está, a la de la persecución con pistolas láseres por medio de Sevilla (totalmente absurda, pues no se entiende que es realmente lo que está haciéndole daño al personaje). A partir de ese momento, el filme desvela su auténtico misterio, quedando totalmente en evidencia, y lo que se había construido tan inteligentemente, cae como un castillo de naipes.

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Y todo queda reducido a una absurdidad incomprensible. La estupidez del guión alcanza unas cotas inverosímiles. Toda fue una gran pantomima, un espejismo, pues detrás de lo que había en Nadie conoce a Nadie  no era nada más que un Thriller simplón.

El Aburrimiento, que es el eje del filme, no queda bien desarrollado. Se supone que es el auténtico responsable de que nuestros protagonistas hayan creado la hecatombe en el que se encuentra Sevilla, pero Gil no soluciona bien este conflicto. El reduccionismo que realiza la película, tratando de explicar que nuestros criminales forman una banda de rol (juego estigmatizado en los años noventa) capaz de asesinar a gente por puro aburrimiento acaba pareciéndose más una parodia que algo verosímil. Y es que verlos a todos juntos, reunidos como la ONU de la maldad, después de que cinco minutos antes no se le hubiera contado nada al espectador, es cuanto menos cómico.

Y eso que la película contaba con un reparto simplemente espectacular: Eduardo Noriega, Jordi Mollà, Natalia Verbeke, Paz Vega…Pero el guión se encarga de estropear cualquier interpretación. El caso más acuciante lo hallamos en Jordi Mollà, a quien el guión le exige un desdoblamiento de personalidad absolutamente irreal. De un momento a otro, pasa de convertirse en un personaje simpático a un jefe criminal que es capaz de organizar un atentado terrorista de primer nivel. Esto, no hay actor que lo aguante. Lo mismo podemos decir de Natalia Verbeke. Quizá, sólo Noriega mantiene el nivel a lo largo de todo el filme.

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Sí es cierto que Mateo Gil es un habilidoso director, y consigue construir escenas de gran nivel. Especialmente en la primera parte de la película, donde el suspense es llevado con gran nivel, con referentes que el propio cineasta[2] ha citado como David Fincher o Brian de Palma. De hecho podemos relacionar Nadie conoce a Nadie, o por lo menos la primera parte del filme, con un atmósfera parecida a la de Películas como Seven (Seven, 1995) con la creación de detalles escabrosos (El apodo del Sapo y el grabado que nuestro personaje encuentra en la biblioteca), así como el cripticismo de algunos símbolos que emplea el filme (la cruz y la palabra del crucigrama), por no hablar de una atmósfera inquietante. En la segunda parte del filme, a pesar de que el nivel disminuye notablemente, Mateo Gil es capaz de crear alguna secuencia, que a pesar de aludir en demasía al Thriller norteamericano (como el final del filme), denota una artesanía aceptable (que si fracasa es por el poco respaldo teórico que hay detrás de estas escenas).

Por cierto, La Banda sonora la compone Alejandro Amenábar, pues entre los dos cineastas hay cierta competición por participar (ya sea con cameo o con otro tipo d en los filmes del otro.

[1] Antonio Sempere Bernal, Amenábar, Amenábar, Ed. San Vicente, Madrid 2004, pp. 99

[2] Carlos Reviriego, El Cultural, 21/11/1999. En esta misma entrevista Gil comenta entre otras cosas que Juan Bonilla, el autor de la novela no participó para nada en la creación del guión, manteniéndose alejado en todo momento del rodaje del filme.

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