El Perro de Baskerville (1959)

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De las decenas de adaptaciones cinematográficas que tiene la obra de Arthur Conan Doyle The Hound of the Baskervilles (En castellano, el Sabueso de los Baskerville) que fue publicada entre el 1901 y el 1902 (en The Strand Magazine) , seguramente la más célebre es la que produjo la compañía, también británica, Hammer en el 1959.

The Hound of The Baskverilles (El Perro de Baskervillle, 1959) fue la primera película de la Hammer en color. La dirigió Terence Fisher, cineasta notable que ya se había encargado de trasladar con éxito a la gran pantalla otras grandes obras de la literatura, como Drácula (Dracula, 1958) que adaptaba la obra homónima de Bram Stoker o The Curse of Frankenstein (La Maldición de Frankenstein, 1957) que derivaba de la novela de Mary Shelley, Frankenstein.

La película nos presenta pues el argumento de la novela que escribió a principios del Siglo XX el escritor británico. Sherlock Holmes y su fiel compañero, el doctor Watson, se ven inmersos en un nuevo caso. En esta ocasión deberán adivinar quién está detrás de las amenazas que se ciernan sobre Henry Baskerville, personaje sobre el cual se cierne una maldición, y es que parece que un perro negro atemoriza a su familia desde hace generaciones…

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La película se abre con un flashback que precisamente nos cuenta la leyenda de la maldición que planea sobre los Baskerville. Un interesante prólogo, que nos evoca una secuencia con una belleza muy similar al terror gótico de la literatura inglesa, y que tantas veces plasmó Roger Corman (filtrándolo por vía americana) en sus filmes denostados con la etiqueta de Serie B. Terence Fisher, innegable director que firmó grandes películas dentro del género como las antes citadas, imprime al filme diversas secuencias que se relacionan con el género de terror. Bien es cierto que estas escenas son mucho menores en comparación con la trama detectivesca que ocupa la práctica totalidad del metraje, pero no se puede obviar que dichas escenas terroríficas están ahí (y el prólogo es una buena muestra).

Sin duda la baza más atractiva de la película la encontramos en el gran Sherlock Holmes, que interpreta Peter Cushing. Da la sensación de que Arthur Conan Doyle, escribía pensando en Cushing para que fuera el intérprete del filme, y es que cuesta imaginar a otro actor haciendo el papel. Y eso que en el reparto encontramos a otro gran actor y frecuente intérprete en las producciones de la Hammer, como es Cristopher Lee (el incombustible) haciendo el papel de Henry Baskerville. Sin embargo nadie consigue situarse a la misma altura que Cushing.

El Mal vuelve a aparecer en El Perro de Baskerville  y al igual que lo hacía en Drácula, tiene un componente indudablemente atractivo[1]. El personaje que interpreta Christopher Lee se ve irremediablemente atraído por la que posteriormente se reconoce como la villana del filme (interpretada por Marla Landi). Ya el personaje de Watson, que interpreta André Morell, había sucumbido ante sus dotes, en una secuencia en la que sin mudar una palabra, la actriz mostraba sus dotes perversas para intrigar al señor Watson.

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Aún así no deja de ser curioso que el Perro, que en la novela original alcanza unas cotas sobrenaturales importantes (o por lo menos en la primera parte de la obra) aparezca sólo en una secuencia en el filme y además como un perro cualquiera sin ningún tipo de adorno.El terror no aparece pues dentro de ningún plano de la película, sino que el cineasta nos oculta inteligentemente el perro en fuera de campo para que sea el espectador el que se imagine donde está el mal (los aullidos son un claro señuelo).

Seguramente el defecto principal de la película lo encontramos en su simpleza ideológica. A diferencia de Drácula, donde el cineasta conseguía quitar la carga literaria para hacer suya la obra y realizar una nueva concepción sobre el mito, en El Perro de Baskerville hay más de Arthur Conan Doyle que de Terence Fisher. La visión personal del director se cuenta con cuentagotas (valga la redundancia), como es la ya comentada visión sobre el mal, pero más allá de eso, el autor se ve inmerso en una película con tintes historicistas que apenas consigue mostrar algo sorprendente. Fisher está más preocupado por la gorra y la pipa de Sherlock Holmes que no por ampliar más sentidos al filme. Una especie de caligrafismo en el que se inscribirían posteriores películas de la Hammer, que produciría filmes de terror  a mansalva.

[1] Paul Legett, Terence Fisher: Horror, Myth and Religion, Ed. MacFarland, North Carolina 2002, pp. 87

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