Embajadores en el Infierno (1956)

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Embajadores en el Infierno (Embajadores en el Infierno, 1956) es cuanto menos una película curiosa. La dirigió el cineasta José María Forqué (uno de los directores españoles más  exitosos de los años cincuenta y sesenta), casi un aprendiz por aquel entonces, y además la película le llegó al cineasta casi de rebote (primero se ofreció la posibilidad de dirigir el filme a otros cineastas como Sáenz de Heredia, que la rechazó por la minusvaloración que hacía el filme de la Falange, pues el director era pariente de José Antonio Primo de Rivera)[1]. Fue su ímpetu y sus ganas de participar lo que hizo que finalmente fuera el encargado de dirigir el filme.

La película adapta la novela de Torcuato Luca de Tena que junto al capitán Palacios (el verdadero protagonista de la obra) contaba el hecho real de los últimos soldados de la división azul que volvieron en el 1954  a España, después de años de cautiverio en la Unión Soviética.

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Nos encontramos pues ante un claro filme de propaganda, aunque por aquél entonces al régimen ya le empezaban a chirriar ciertos aspectos relacionados con el Falangismo que serían mayoritariamente obviados en el filme. Por ejemplo, la colaboración con los Nazis es apenas mencionada de tal manera que los soldados españoles aparecen casi como por arte de magia en las prisiones rusas (no hay imágenes del conflicto bélico). Además, Torcuato Luca de Tena era abiertamente monárquico, y sentía poca simpatía por la Falange (uno de los motores más activos de la División Azul). Por este motivo casi todas las referencias a la Falange Española desaparecen en el filme, que se convierte no en una oda hacía dicho partido, sino hacía el ejército español. Todo esto queda en evidencia en la escena en que nuestro protagonista, el capitán Andrados, es interrogado por un jefe militar soviético que le interroga sobre su militancia. Este, impetuoso, contesta que anticomunista (obviando la palabra falangista que aparecía explícitamente en el libro). A muchos de los divisionarios esto les parecía una traición y se quejaron abiertamente.

A pesar de que Embajadores en el Infierno contiene un claro mensaje propagandístico, el régimen se lo pensó bastante antes de finalmente autorizar el filme. Esto se debe en parte a la tibieza de la película, que ataca el Régimen soviético a medias tintas (algo que disgustó a las altas autoridades, que esperaban más crudeza). De hecho, la película no se molesta en señalar a muchos de los Españoles como los “Malos”. como es el caso del oficial que renuncia a la Patria con tal de conseguir sobrevivir a la prisión, convirtiéndose en un oficial del ejército soviético.

Buenos y Malos, el filme no deja de ser un objeto  maniqueísta que aprovecha una historia épica y que está más o menos aceptablemente bien contada. En boca de los divisionarios reclusos se realiza una exaltación a los valores patrióticos, que a vista de hoy parecen totalmente absurdos, pero que en su época resultó un enorme éxito (Embajadores en el Infierno tuvo un gran éxito en taquilla, además de contar con premios otorgados por parte del gobierno). La defensa de España ante el enemigo incivilizado (que no cumple los protocolos internacionales, como hace constar el protagonista Andrados), la camaradería y la descripción de los Soviéticos como enemigos diabólicos son los ejes  principales del filme.

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Todo queda bastante bien representado en la figura del personaje principal, que correctamente interpreta Antonio Vilar. El Capitán Andrados es el ejemplo perfecto de lo que la España de los cincuenta quería vender como el Oficial perfecto, que no sólo defiende a los miembros  de su compañía, convirtiéndose en un auténtico padre para ellos (incluso guiándolos espiritualmente) sino que además está dispuesto a todo por su patria. Múltiples son los discursos en los que defiende estos valores. De hecho el filme abusa bastante de este recurso, llegando a cansar al espectador, harto agotado ante la retórica Fascista. Ni que decir tiene que los discursos que realiza el protagonista resultan absolutamente increíbles (si llega a decir la mitad de lo que dice en el filme, los soviéticos le habrían fusilado en menos de lo que canta un gallo).

Así pues, Embajadores en el Infierno no deja de ser una película comparable con otras de ficción bélica norteamericana (o Basada en hechos reales) que exaltan ciertos valores patrióticos. Cierto que la producción no llegó al mismo nivel de los grandes filmes norteamericanos, pero el filme de Forqué consigue elaborar una atmósfera competente. Para ello se contó con una reproducción fidedigna de los centros de reclusión, así como la ambientación de las estepas heladas. Desde luego, desde este punto de vista el filme consigue convencer.

[1] Florentino Soria, José María Forqué, Ed. Festival de Cine de Huesca, Huesca 1992, pp. 41

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