El Síndrome de China (1978)

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No deja de ser una casualidad irónica que dos meses después del estreno de The China Syndrome (El Síndrome de China, 1979) se produjera en Estados Unidos un incidente en la central nuclear de Three Mile Island, para más inri situada en Pensilvania, muy cerca de donde ficticiamente se ambientaba la película. Ni el mejor de los publicistas podría haber pensado una propaganda más espectacular, que además tuvo cierta influencia en la posterior recepción del filme[1]. Además, El Síndrome de China se convirtió en una de las abanderadas de la lucha anti-nuclear,  energía que iría perdiendo terreno en la década de los ochenta (también en parte por la mayor entrada de combustibles fósiles).

La película, dirigida por un director totalmente desconocido como James Bridges, es el canto del cisne de las películas conocidas como cine de catástrofes. A diferencia de la espectacularidad de filmes como The Towering Inferno (El Coloso en Llamas, 1974) o The Poseidon Adventure (La Aventura de Poseidón, 1972) El Síndrome de China opta por inculcar la reflexión en el espectador, con un filme sumamente crítico hacía diversos sectores. Paradójicamente ya nos encontramos con que el filme de Jeff Bridges emplea un vocabulario más científico que los otros filmes catastróficos, algo que a priori puede parecer una anécdota, pero que nos demuestra el esmero con el que se realizó el filme. Para más señas hemos de tener en cuenta que la película está realizada poco antes de la Era Reagan, seguramente el período cultural más lamentable del Siglo XX. Una película como El Síndrome de China, que pretendía juntar comercialidad y mensaje iba a resultar complicado en los años ochenta.

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Todo empieza con la presentación de nuestra protagonista principal, que interpreta Jane Fonda (En un Papel irreconocible por el que será recordada), una periodista que trabaja realizando reportajes de tele basura, y que sin embargo (o mejor dicho, debido a esto) tienen gran éxito. Hasta que un día, mientras graba un reportaje en una central Nuclear, ella y su equipo filman un incidente sobrecogedor en la central (con Jack Lemmnon interpretando el jefe responsable de la central, y que consigue sobreponerse a este primer aviso).

Ya el argumento nos demuestra que no estamos ante un filme catastrófico más. Pero además nos encontramos con que El Síndrome de China encierra bastantes lecturas. La principal es la crítica que realiza el filme sobre la poca importancia que los grandes empresarios dan a algo que resulta incontable en términos económicos, como es la seguridad de todo un país. No es exactamente una crítica antinuclear, aunque ciertamente hayan secuencias que nos induzcan a pensar en ello (como las manifestaciones que se producen delante de la central y que nuestra protagonista se encarga de registrar) sino que se dirige a la seguridad de algo tan importante como una central nuclear.

La secuencia clave en este sentido tiene lugar cuando el personaje que interpreta Jack Lemmon, ante el primer aviso que ha tenido la central nuclear, se dedica a investigar sobre la seguridad de la central. Ahí se da cuenta de que hay un tremendo fallo en el diseño de la central, pero que todos han pasado por alto por el tremendo coste que significa volver a inspeccionar la central de Nuevo.El Filme incluye sus dosis de conspiración, como es el caso no sólo de los agentes que tratan de aniquilar a cierto periodista, sino incluido el Máximo responsable de la central, que ordena que la policía entre cuanto antes para que el personaje de Lemmon no revele nada a la televisión.

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El Síndrome de China también puede leerse como un filme tremendamente crítico hacía la televisión y la manera en cómo esta manipula a su antojo al espectador. El filme, que ya por su temática nos muestra bastante del interior de este mundillo, nos muestra como la televisión se revela como un auténtico monstruo que no duda en sacar el máximo provecho al sensacionalismo. Lo podemos encontrar de manera reiterada en el filme. Por ejemplo, cuando el personaje de Jane Fonda quiere difundir el vídeo se encuentra con que su jefe no se lo permite, porque este a su vez ha recibido una llamada de las altas esferas. Más adelante, cuando nuestra protagonista se encuentra retransmitiendo la noticia dentro de la central, observamos como el equipo técnico que se encarga de transmitir la información busca el lenguaje más sensacionalista posible.

También hay que añadir la vía reivindicativa que surge con el personaje principal femenino. En El Síndrome de China queda reflejado perfectamente como el patriarcado televisivo pretende instar a nuestra protagonista para que continúe haciendo programas televisivos insustanciales, como una mujer objeto, en contra de las aspiraciones de ella por realizar periodismo de verdad.

[1] Manuel Lozano Leyva, El Fin de la Ciencia, Ed. Penguin Random House, Madrid 2012,

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