Baraka (1992)

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Hal Foster, investigador y crítico de arte, abría una nueva vía con el artículo exitosísimo  “El Artista como etnógrafo”. En dicho artículo, el autor proponía que una manera clara de hacer arte en la contemporaneidad era integrarse en las sociedades para convertirse precisamente en un etnógrafo que retratara el mundo en el que se adentra el artista (una reportero artístico). En un principio puede parecer que el filme documental de Ron Fricke, Baraka (Baraka, 1992) cumple estos preceptos, pero lo cierto es que más lejos de la realidad, el filme realiza todo lo contrario.

Porque el estudio etnográfico debe tener un marco teórico detrás. No puede convertirse en una simple colección de imágenes dulces y bonitas. Precisamente, el meollo de la cuestión de esta nueva vía se centra precisamente en tratar al otro de una nueva manera que hasta ahora no habíamos hecho. La alteridad no como un estado primitivo de nosotros mismos (por aquí es donde tira el filme), ni tampoco como un elemento exótico. Sólo desde el respeto al otro (y admitiendo las propias diferencias que nos salvan) podremos evitar caer en la brocha gorda y en el retrato pueril. Todo lo contrario que sucede en Baraka.

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¿Realmente el espectador, al terminar el filme, conoce mejor las tribus indígenas a las que se acerca el documental? Indudablemente no. La simplificación del filme es tan burda que incluso no se tiene reparo alguno en mezclar etnias de todo el mundo mientras sigan el mismo patrón: No pertenecer al mundo occidental. Haciendo cine ficción: Un documental similar realizado desde la otra perspectiva nos habría presentado a japoneses y españoles de la misma manera, ¿Se imaginan el tamaño de este error? Sin embargo, mezclar hindús con budistas y estos a su vez con tribus africanas es lo que hace este documental sin ningún tipo de pudor. La alteridad no existe, porque Ron Fricke trata por igual a todos los pueblos no occidentales de la tierra, cayendo en un error considerable.

Entonces, ¿Por qué ha triunfado un filme como Baraka? Paradójicamente, la simplificación de los hechos que propone el documental va en consonancia con las grandes masas que consumen el filme. Como Baraka propone un mensaje fácil y accesible para todos, es mucho más fácil que triunfe entre el populacho, que no se molesta en cuestionar ni un solo segundo lo que le presenta el filme. Si el filme hubiera abordado la temática de una manera seria y comprometida, seguramente nadie le habría prestado el mínimo caso.

Baraka es al fin y al cabo pura New Age. Patraña que trata de pasar por contenido intelectual cuando su discurso ideológico es simple hasta la extenuación. La diatriba que presenta el filme es evidente, comparar la industrialización del mundo occidental que en el filme es presentada como lo negativo, con la supuesta espiritualidad de cualquier pueblo primitivo. Así pues, todo está montado en torno a esta dicotomía, que el filme presenta con una subjetividad absoluta. Nuestros desastres, nuestro pérfido mundo, comparado con la pureza de los demás pueblos. La Conducción del filme es maniqueista (¿Se puede ser maniqueista sin recurrir ni una sola vez a la palabra? Sí, indudablemente se puede) subrayando las buenas y malas conductas. Siendo sensacionalista: Nunca veréis a un indígena realizar una ablación en Baraka.

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Formalmente toda la película está montada en torno a este discurso y hay que decir que en honor a la verdad, Baraka es ciertamente impresionante. El filme no emplea ningún tipo de diálogo sino que recurre exclusivamente a las imágenes y al sonido. Hay que señalar que el filme de Ron Fricke es una absoluta epopeya formal, y que gracias a este sustento visual el filme ha conseguido el reconocimiento mundial, que de otra manera no habría logrado. La película es una recopilación de imágenes que fueron registradas alrededor del mundo. Grandes panorámicas de paisajes que impresionan por su propia naturaleza así como algunos recursos cinematográficos bastante interesantes, como es el caso de la fotografía fija se entremezclan en un espectacular (este es la palabra) todo.

También hay que señalar que el empleo de la música es excelente (en la memoria queda la secuencia con la música de Dead can Dance) y además un elemento imprescindible para el desarrollo del filme, pues forma parte del eje dramático, que utiliza el director para subrayar el tono de cada escena.

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