Los Elegidos (Dark Skies, 2013)

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Seguramente Dark Skies (Los Elegidos, 2013) es la mejor película que ha dirigido Scott Steward. Sin embargo, esto no es decir mucho, pues repasando su carrera nos daremos cuenta de la gran cantidad de bodrios que nos ha ido regalando con el tiempo. Legion (Legión, 2010) fue su primera incursión puramente cinematográfica  (antes había trabajado en alguna serie de televisión) y su segundo filme fue Priest (El Sicario de Dios, 2011). Ambos filmes, que se englobaban dentro del género fantástico, fueron un fracaso artístico sin paliativos. Sin embargo, con Los Elegidos, parece que Scott Steward ha dado con algunas teclas. Y resulta paradójico que además sea el filme con menos prespuesto que el director ha contado hasta la fecha, algo que puede comprobarse ya en el reparto de Los Elegidos, que está repleto de actores semi desconocidos (a excepción de la pequeña aparición de J.K Simmons en un pequeño papel que le viene como anillo al dedo).

El filme, como los dos anteriores, se enmarca dentro del cine fantástico, más en concreto en la ciencia ficción y el terror. Sin embargo, a diferencia de los otros dos, Los Elegidos no utiliza un futuro distópico, sino que se ambienta en el presente. Los hechos tienen lugar en una ciudad  prototípica y le  transcurren a una familia norteamericana totalmente normal (tan tópica como se pueden imaginar, pues tienen jardín y todo).

Los Elegidos es un filme convencional de terror. Argumentalmente, no tiene nada que le sitúe por encima de otros filmes del género o ciencia ficción. Sin embargo, la nota positiva del filme la encontramos en su factura. La película sabe cómo controlar los tempos para introducir poco a poco sus particulares dosis de suspense. Aunque no podría parecerlo viendo El Sicario de Dios, Scott Steward emplea para Los elegidos una correcta puesta en escena, que no está cimentada en alardes exagerados  sino en pequeños sustos.

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La película nos presenta una familia arquetípica. Keri Russell interpreta el padre de familia, mientras que Dakota Goyo encarna a su mujer. Los primeros compases de la película nos muestran que está familia está en una situación económica bastante complicada, porque el padre no es capaz de encontrar un trabajo. El personaje de Dakota Goyo por su parte trabaja en una inmobiliaria (y es el único pilar económico después del despido del padre). La pareja tienen dos hijos, y a pesar de tener estos problemas económicos, lo cierto es que viven más o menos felizmente. Sin embargo, y después de esta descripción familiar, que recuerda a la calma que precede a la tormenta y que parece indispensable para cualquier filme del género, aparece el dilema.

La película está configurada mediante el continuo Crescendo. Esto en realidad acaba convirtiéndose en un problema, porque en ciertos momentos a la película se le ven las costuras y la propia estructura queda al descubierto. No es difícil para el espectador comprobar que todo es una acumulación de gags terroríficos, que están planeados linealmente (primero pequeños sustos que se van acrecentando con el paso del tiempo).  Hacía la mitad del filme, el público ya tiene la sensación de que todo va acabar con un clímax final espectacular y mil veces visto.

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Y es cierto, la película, como ya he comentado anteriormente, no presenta nada nuevo. Sin embargo el director consigue crear una atmósfera inquietante que se resuelve de manera efectiva en varias secuencias. Para empezar, Scott Steward diferencia bastante los sucesos entre la noche y el día (cierto es que también suceden fenómenos paranormales durante el día, pero no tienen el mismo calado) lo que ya provoca un cierto temor en el espectador, que se encuentra expectante ante la caída del sol. Además el director introduce los elementos terroríficos de manera prudente y nunca con exageraciones típicas del género. Steward sigue la senda del sugerimiento antes que la de la muestra exhibicionista. De hecho, el espectador nunca contempla totalmente el ente que aterroriza a la familia, más que en el esperado clímax final.

Argumentalmente el filme tiene algunos detalles ciertamente incomprensibles. Está claro que Scott Steward coloca el número de las mesas y el movimiento de sillas para no llegar directamente a un susto más sangriento, pero visto con perspectiva carece de lógica. ¿Para qué demonios iban los alienígenas a montar y desmontar arquitecturas artificiales en la casa?. Son dosis de terror que funcionan en el momento en que se presencian pero que analizadas racionalmente dejan de surtir efecto.

Mención especial merece la secuencia en la que aparece el mejor personaje de toda la película, que interpreta el gran J.K Simmons, célebre por realizar el papel de Jonah Jameson en la franquicia de Spiderman (la de Sam Raimi). En este filme, Simmons interpreta al típico personaje conspiranoico que confabula con el tema alienígena y que le da unos cuantos consejos a nuestros protagonistas para sobrevivir. Simmons lleva la excentricidad a un nuevo nivel, en una escena que seguramente es la más destacable de la película.

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