El Desencanto (1976)

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Calificar El Desencanto (El Desencanto, 1976) como simple documental o incluso película sería a todas luces Injusto. Lo Cierto es que para bien o para mal, El Desencanto de Jaime Chávarri se sitúa en una esfera diferente. Incluso desde la perspectiva del tiempo. Porque precisamente como documento de su tiempo (y el filme apunta conscientemente en esta dirección, de tal manera que es imposible desentenderse del contexto histórico y social en que se hizo el filme si queremos aproximarnos correctamente a la obra) es una pieza de valor incalculable. Hemos de tener en cuenta que la película se realizó un año después de la muerte del dictador, y por tanto la censura entró en un proceso paulatino de desaparición. Seguramente por eso, surgen películas como El Desencanto, que de otra manera habrían resultado imposibles.

Y, ¿En qué consiste El Desencanto? En teoría es un filme sumamente simple. El director, Jaime Chávarri, se dedica a realizar entrevistas a la familia Panero (su viuda y sus hijos) para que hablen del patriarca de la familia, ya fallecido, Leopoldo Panero. Y eso es casi la totalidad del filme, entrevistas y entrevistas en la que los miembros de la familia se dedican a hablar sobre su vida y recuerdos. A priori puede parecer una obra trivial, pero el director consigue gracias al montaje y sobre todo a la elección de fragmentos hablados, un retrato tremendo de la España del antiguo Régimen, y que empieza a disolverse con la llegada de la democracia. La película acusa fuertemente de un amateurismo, que se liga con el ajustado presupuesto con el que contó el cineasta para la realización de la obra. De hecho está enteramente rodada en Blanco y Negro, y la factura técnica no es demasiado envidiable (algo que incluso repercute en el sonido de la obra).

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De hecho, los únicos momentos que no pertenecen a las propias entrevistas son las que acontecen tanto al principio como al final del filme, donde vemos la colocación del conjunto escultórico que se realizó en Astorga, en honor al poeta. Chavárri nos señala de manera metafórica los honores de una familia. Su cara más visible y la más laureada en este principio del filme. A lo largo del metraje, los propios miembros de la familia serán los responsables de descubrir la verdadera cara de los Panero.

Así pues, la Familia Panero deja diseccionarse por la cámara. En ocasiones, la utilizan como una simple plataforma para mostrar su orgullo al espectador. Claro ejemplo en este sentido es la secuencia en que el Hijo Juan Luis muestra con entusiasmo su colección de Fetiches a la cámara. Sin embargo, a medida que avanza la película, este rostro, de élite aristocrática con altas dosis de intelectualidad, que pretende ser el vendido por la propia familia acaba desmoronándose, para dejar paso a la realidad.

Y es que constantemente los miembros de la familia empiezan a lanzarse pullas unos a otros. Es como si la muerte del patriarca, Leopoldo Panero, hubiera sido la veda que habría permitido que la familia empezará su proceso de autodestrucción. Algunos se han preguntado donde queda la postura moral de Chavárri al realizar una exploración tan radical de una familia, de manera que sus intimidades quedan reveladas de forma tan salvaje y a priori poco ética. Ciertamente, y esta es mi opinión, si la película no hubiera tenido un trasfondo detrás se habría podido convertir en un simple cotilleo. Sin embargo, gracias al contexto histórico, que el propio autor se encarga de introducir tanto con el principio y final del filme como con algunos retazos de fragmentos deliberadamente escogidos, el filme consigue esquivar ese peligroso terreno sensacionalista para adentrarse en el momento de su época.

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Es decir, El Desencanto no es un simple documento que pretende airear toda la mierda de una familia, sino que se convierte en un ejemplo de la decadencia de ciertas familias que dejan de tener sentido con la llegada de la democracia. Bien es cierto que Leopoldo Panero, aparte de ser uno de los poetas más representativos del régimen, también trató de traer a exiliados de vuelta (algo que uno de sus hijos reivindica en el documental), con lo que no son todo sombras, sino que se trata más bien de claroscuros.

Algunas de las conversaciones son sencillamente magistrales. Y muchas de ellas quedan guardadas en el imaginario colectivo del cine de la transición.  Un par de Ejemplos: La Madre, Felicidad Blanc, hablando de como sacrificó los perros de su hijo (eso sí, con mucha humanidad) o al hijo que fue ingresado en un psiquiátrico atacar a su madre de manera desgarradora.

Por supuesto, la película puede (y en cierto sentido, debe) leerse como una metáfora del propio régimen político. Panero representa la oficialidad del arte durante el mandato del dictador. Con su muerte, las heridas de la familia Panero empiezan a resquebrajarse. De igual manera era la situación política del año 1976. La película no sólo retrata la caída de una familia, sino la de toda una estructura.

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