Martin (1977)

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A George Romero le conocemos especialmente por sus películas sobre Zombies, pero lo cierto es que realizó una pequeña incursión en uno de los campos del terror más fructíferos de los últimos años, como es el de los vampiros. El resultado fue Martin (Martin, 1977), un filme a todas luces bizarro.

Martin es también nuestro protagonista principal. Un adolescente tímido y retraído que necesita drogar a sus víctimas para violarlas y tener relaciones sexuales con ellas. Lo cierto es que la película de Romero es en cierta medida una deconstrucción del género vampírico.  Porque el joven Martin no es precisamente el arquetípico de Vampiro tradicional que por ejemplo nos mostró F.W. Murnau con Nosferatu (Nosferatu, 1922; y que como veremos más adelante la película referencia continuamente) sino que es un nuevo modelo que poco tiene que ver con el canónico. Es una desmitificación total del vampiro romántico.

Martin arranca con un extraño prólogo donde vemos a nuestro protagonista principal interpretado por John Amplas coger un tren. No sabemos su destino ni los motivos de su viaje. Será en este mismo tren donde le veremos violar cruelmente a una mujer mientras bebe su sangre con delicadeza, al mismo tiempo que práctica el sexo con ella. ¿Será un vampiro o sólo un loco? Esa pregunta se hará continuamente el espectador a lo largo del filme, y lo cierto es que Romero nunca termina de cerrarla, dejándola a la propia interpretación.

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La película ya desde estos primeros minutos nos muestra toda su pirotecnia. Y es que Martin es un filme con un montaje ciertamente incomprensible. En parte por voluntad del propio director para elaborar una atmósfera de incredulidad en el espectador. Lo cierto es que el montaje provoca sensaciones encontradas a lo largo del filme. Atrae y repele constantemente al público, en ocasiones enganchándolo con el drama del protagonista y en otras aburriéndolo soporíferamente.

Ya en estos primeros compases de la película se incluye un recurso que será empleado de manera constante en la película y se trata de una especie de alucinaciones que se introducen paralelamente a la acción real, intercalándose furtivamente. Se diferencian de las demás por estar rodadas en blanco y negro, y hacen referencia precisamente al mundo mítico del vampiro. Son la reinterpretación en formato clásico de los actos que realiza nuestro personaje. Un recurso realmente sorprendente y que ayuda a Romero a la deconstrucción del género.

Martin llega finalmente a su destino, su nuevo hogar, donde le espera su tío interpretado por Christian Maazel y la joven interpretada por Christine Forrest. No le espera precisamente un ambiente agradable. Su tío que se encuentra en una edad avanzada, conoce los delitos de sangre del joven, pero los asocia con el vampirismo, y lo toma como tal (de hecho adorna su habitación con una ristra de ajos y crucifijos). Este personaje, una especie de Van Helsing casero, nos REpresenta la creencia popular y la superchería del género vampírico más tradicional. Continuamente lo vemos atacar a su familiar por considerarlo un auténtico vampiro (de hecho le llama Nosferatu, como el filme de Murnau).

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Martin no nos propone una trama normal con introducción, nudo y desenlace. Los sentimientos (mediante voz en off del protagonista), sus pensamientos y sus ya comentadas fantasías se intercalan de manera indiscriminada en la trama de la película. En cierto sentido, el argumento del filme recuerda el mismo deambular del Flâneur que describía Baudelaire en sus poesías y que no tiene un objetivo realmente claro. No podemos contar los asesinatos de nuestro joven como pequeñas metas en el desarrollo, porque tienen un componente importante de aleatoriedad. Ni siquiera el final, que en cierta medida parece impostado.

Aún con toda la extravagancia, el personaje principal de la historia, nuestro vampiro, tiene mucho en común con otros antihéroes modélicos del New Hollywood. Al igual que el Travis que interpretó Robert de Niro en Taxi Driver[1] nuestro personaje se siente totalmente incompleto e insatisfecho. Deambula melancólicamente por la urbe sin encontrar su lugar y se siente completamente diferente al resto (por la enfermedad vampírica que sufre). La nula integración de nuestro personaje en la sociedad queda también demostrada por la incapacidad de mantener relaciones normales sin tener que recurrir a la violencia (o a las drogas para secuestrar a sus víctimas) como nos indica el propio personaje con la voz en off.

[1] PASZYLK, Bartłomiej, The Pleasure and Pain of Cult Horror Films, Ed. McFarland, North Carolina 2009, p. 150

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