Eduardo II (1991)

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Quien vaya prevenido será capaz de aguantar Edward II (Eduardo II, 1991). El que desconozca la trayectoria cinematográfica de Derek Jarman y espere ver una adaptación teatral convencional más quedará totalmente sorprendido y seguramente desconectará a los cinco minutos de iniciarse el filme.

Derek Jarman es un director británico muy singular. Popularmente se le conoce por su fuerte controversia por mostrar en sus películas temáticas estrechamente relacionadas con la homosexualidad. En dicha clave, su película más icónica es Sebastiane (Sebastiane, 1976) que en su momento (década de los setenta) causó un profundo impacto. Sin embargo, etiquetar al director como un cineasta de simples películas homoeróticas sería un tremendo error.

Eduardo II recuerda otras películas de Derek Jarman, especialmente el particular Biopic que realizó sobre el artista italiano, Caravaggio (Caravaggio, 1985), y es que en ambos filmes, el director utiliza un lenguaje cinematográfico muy parecido. Hay que señalar que Eduardo II es una película basada en una obra teatral (algo que nos puede dar importantes pistas) del célebre escritor Christopher Marlowe quien fue coetáneo de William Shakespeare. Al igual que Shakespeare, Marlowe escribió obras literarias que se centraban en la historia de reyes y príncipes del país, en parte para dar a conocer al pueblo llano del momento la historia.

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En sendos filmes el tiempo y el espacio carecen de cualquier significado. La Historia original de Marlowe nos contaba las aventuras desafortunadas del rey histórico Eduardo II. Sin embargo, para Jarman no hay ningún reparo en mezclar pasado y presente, ficción y realidad. Al igual que en Caravaggio, no sorprende ver como el cineasta mezcla elementos como vestuario u objetos contemporáneos con históricos. La Historia deja de ser fiel al relato original para conseguir su propia idiosincrasia. De igual manera le sucede al espacio donde transcurre toda la trama.

Al igual que en el arte teatral, la película recurre a elementos simbólicos para describir el espacio donde se ubica la historia. Los aposentos de palacio por ejemplo, son descritos solamente con la colocación del trono real (elemento simbólico por excelencia). Como en Caravaggio, Derek Jarman emplea en Eduardo II numerosos fondos abstractos, como telón de fondo. También la luz es un elemento imprescindible y que subraya el elemento dramático de cada escena. Valga como ejemplo el cruel final en que nuestro rey es empalado. Jarman emplea una luz roja que invade completamente la escena y que otra vez más vuelve a recordarnos a un recurso propio del mundo teatral.

No se puede decir lo mismo del lenguaje hablado que emplean los protagonistas de la película, y que sigue de manera más o menos fiel el texto original de Marlowe o por los menos su decoro clásico. Los discursos y las declamaciones  son propias del lenguaje artístico teatral y son incluidas casi sin transformarse en Eduardo II. Esto crea también contradicciones, pues resulta más que paradójico ver a los intérpretes declamar un texto clásico mientras Jarman utiliza elementos contemporáneos para diseñar la escena.

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La película se centra en la pareja de amantes que gobiernan el reino de Inglaterra: El rey Eduardo II (Steve Waddington) y su criado Gaveston (Andrew Tiernan). Ambos gobiernan sobre el reino, pero los condes no ven con buenos los ojos la relación, porque no aceptan como un hombre de origen plebeyo como Gaveston ocupe el poder quitándoles su propia parcela.  A diferencia de la historia real y de la historiografía, que ha definido al rey Eduardo II en líneas generales como un incompetente (que fue incapaz de apaciguar las ansías de poder de los nobles del reino), Jarman define nuestro personaje como un héroe trágico y su relación con Gaveston como una señal del destino irreparable. De hecho la película avanza siempre planteando el negro futuro que se cierne sobre los amantes y que parece anticiparse desde los primeros compases del filme, cuando vemos a la caterva de nobles conspirar contra el rey. En cierta manera se puede decir que el director redime al rey de la historiografía tradicional con el filme.

Aparte del destino romántico de estos dos personajes, el filme también desarrolla la trama entre el conspirador principal, Motirmer, interpretado por Nigel Gerry y la princesa Isabelle interpretada por Tilda Swinton. Ambos conspiran para conseguir el poder, aunque para ello tenga que desquitarse de varias personas por el camino.

Como ya anticipaba anteriormente, Jarman también introduce elementos iconográficos de su propia cosecha, que resultan ciertamente interesantes. Es el caso de la visión que tiene acerca de la conspiración de los condes (que no dista demasiado de una reunión ejecutiva en una empresa) o de la población sublevándose en contra del destronamiento del rey (rodada como una manifestación de una gran urbe en occidente más).

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