No te Mueras sin decirme adónde vas (1995)

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Eliseo Subiela es cineasta argentino muy singular. En ocasiones, tan singular como cargantes son sus películas. Cuando realizó No te Mueras sin decirme adónde vas (No te Mueras sin decirme adónde vas, 1995) El director venía de dirigir El Lado Oscuro del Corazón (El Lado Oscuro del Corazón, 1992), la que para algunos es la cima cinematográfica de su carrera, y que precisamente destaca por ser la más característica de su primer cine, que juega constantemente con el mundo onírico y lo surrealista. Esta tendencia, casi mágica se sigue precisamente en No te mueras sin decirme adónde vas. El filme fue premiado en el festival de Sitges con el mejor guión y ganó el premio del público en el festival de Montreal.

No te Mueras sin decirme adónde vas nos cuenta una historia extravagante a más no poder. Darío Grandetti interpreta a Leopoldo, un hombre que trabaja en un cine encargándose de que las proyecciones funcionen. Además, también es un inventor en sus tiempos libres, algo que molesta tremendamente a su mujer, intrepretada por Monica Galán, y de hecho toda la trama del filme gira en torno a su nuevo invento.

Y es que nuestro personaje ha inventado un sistema electrónico que le permite plasmar los sueños a una pantalla de televisor. La primera vez que comprueba cómo ha transcurrido su primer sueño, se da cuenta de que ha soñado con una misteriosa mujer, interpretada por Mariana Arias, a que partir de ese momento va a seguirle todo el rato…aunque sólo él es capaz de verla (algo que parece una locura, y de hecho van a tomar por loco a nuestro protagonista en muchos momentos del filme, circunstancia que aprovecha la película para sacar a relucir su vis cómica). Es difícil explicar el argumento del filme o su trama, porque durante todo momento el metraje navega entre el mundo de los sueños y el de una espiritualidad que no negaremos, recuerda a la del movimiento panfletario más New Age y relacionado con el orientalismo.

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La película mezcla conceptos de todo tipo, desde sueños hasta la temática de la reencarnación, que aparece de manera reiterada en el filme. Según las tesis de la película, las personas nos reencarnamos a lo largo de la historia (de manera platónica, nuestras almas se encuentran siempre viajando de cuerpo en cuerpo). El propio director argentino ha dado su opinión al respecto cuando fue preguntado sobre las tesis del filme, contestando que: “ Me gustaría creer en la reencarnación. Sospecho que estamos todo el tiempo yendo y viniendo. No estoy seguro de que todo acabe en una sola vez.”[1]

Obviando estos conceptos que como ya decía, aparecen definidos el filme con una brocha demasiado gorda y que básicamente sirven para dar el escenario mágico al argumento, el filme se centra en una historia de amor ciertamente disparatada (sin que este adjetivo tenga una connotación negativa) entre Lepoldo y la mujer de sus anteriores vida. Y el filme no acaba de desarrollar correctamente la historia, que divaga de igual manera que lo hacen los personajes, en diálogos interminables y que acaban convirtiendo en el personaje que interpreta Mariana Arias en un monigote igual de sólido que su apariencia física del filme.

El filme también realiza una reflexión sobre el cine, aunque al igual que le sucede a la línea principal del filme, acaba evaporándose en su propio discurso dicharachero. Nuestro personaje, que trabaja en el mundo del cine, es avisado ya desde las primeras secuencias del filme, que puede perder el trabajo, debido a la caída del negocio y los pocos asistentes que llenan las salas. Así pues, el filme de Subiela refleja la crisis del modelo cinematográfico en esta subtrama, que acompañará a nuestro protagonista hasta el final del filme, incluyendo la temida escena en la que finalmente es despedido (porque el cine cambia de propietarios). Pero más allá de esto, también nos encontramos con que el mensaje principal de sueños y espíritus también queda reflejado en el cine. De hecho, el propio invento que descubre nuestro protagonista no deja de ser una especie de cine imaginario, que como le recuerda su amigo el científico, tiene unas posibilidades inimaginarias (dirigir un filme sólo con pensarlo). Una concepción romántica del cine que planea siempre sobre el filme y que seguramente es lo que mejor gusto de boca deja en el espectador.

Mención especial para las últimas imágenes del filme, donde el tono New Age se impone con una ridiculez asombrosa, al reencarnarse nuestra protagonista (espíritu) en el hijo de Leopoldo. Las imágenes del bebé hablando con el propio padre cruzan el camino entre lo cómico y lo sonrojante.

[1] Extracto sacado de: CAPARRÓS, Joaquín, El Cine de nuestros días (1994-1998),Ed.Riapl, Madrid 1999, p.62

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