El Puente de Waterloo (1940)

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Waterloo Bridge (El Puente de Waterloo, 1940) es una adaptación cinematográfica de la obra teatral que realizó Robert E. Sherwood en el 1930. La obra, que se basaba en parte en las experiencias del autor durante la primera guerra mundial, ya había sido adaptada en la gran pantalla, con la película de James Whale, Waterloo Bridge (El puente de Waterloo, 1931).  La película del 1940 fue dirigida por Mervin LeRoy e incluye un prólogo que no aparece en la obra original.

Y es que a principio de filme nos encontramos con que se nos presenta un escenario bélico, los bombardeos durante la segunda guerra mundial, que por aquel entonces habían justo empezado (de hecho, en el 1940 los Estados Unidos aún no habían entrado en el conflicto). Los aviones alemanes están bombardeando Londres, cuando se nos presenta un militar, interpretado por Robert Taylor, atravesando un puente (evidentemente, el de Waterloo). Ahí se produce una elipsis, que nos muestra el rejuvenecimiento de nuestro protagonista, utilizando el filme un Flashback que nos ubicará en otro ambiente bélico, pero en esta ocasión el de la primera guerra mundial. Este recurso cinematográfico está provisto de una enorme belleza plástica, y no será la única que nos encontraremos a lo largo del filme.

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El Puente de Waterloo es un melodrama. Pero gracias a la pericia del director, Mervyn LeRoy y al guión, la película no se convierte en un filme puramente sensiblero. Por ejemplo, muchos han comparado la película de Mervin LeRoy con la de Victor Fleming, Gone with the wind (Lo que el viento se llevó, 1939), afirmando que ambas tienen el mismo tono melodramático. Lo cierto es que ambas películas fueron producidas por la productora MGM y contaron en el reparto con la actriz Vivien Leig, pero LeRoy resulta un cineasta mucho más elegante que Fleming. La obra se alza por encima de la vulgaridad para ofrecer un retrato muy duro, pero totalmente factible en aquella época de desesperación como fue la gran Guerra.

Todo empieza cuando nuestro protagonista, interpretado por Robert Taylor, se encuentra ante otro bombardeo, pero esta vez veinte años atrás (algo que en realidad es poco improbable, pues apenas se bombardearon ciudades en la primera guerra mundial). En un refugio conoce a una joven, interpretada por Vivien Leigh y en ese breve lapso de tiempo ambos acabarán profundamente enamorados. Ella le dice que trabaja en un Ballet profesional, y nuestro protagonista poco tarda en pensárselo para presentarse ahí mismo y contemplar como baila.

Sin embargo, después de un breve período en el que incluso preparan planes de boda, la guerra acaba cerniéndose sobre el Reino Unido, y nuestro protagonista es destinado al frente. El personaje de Vivien Leigh es despedida del Ballet por la directora de esta y se queda, junto a una amiga interpretada por Virginia Field,  desempleada. En principio nuestra protagonista aguanta estoicamente la situación de precariedad, pero sufre un mazazo terrible cuando cree que el que debía de ser su esposo fallece en el campo de batalla. Debido a las penurias económicas, se ve abocada a la prostitución para poder sobrevivir.

Esta sería la primera parte de la película. Durante este primer metraje el filme nos muestra todo un profundo espectro de emociones y sentimientos. Una auténtica montaña rusa que en realidad es la esencia del filme. Mervin LeRoy conduce como quiere los sentimientos del espectador, como decía, nunca cayendo en la sensiblería, pero si acercándose, rozándola y efectuando múltiples reveses con el guión, que son los que producen las diferentes variaciones emocionales en el espectador.

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Por otra parte, encontramos figuras secundarias sumamente interesantes, como el caso de la Madame, que interpreta la veterana actriz de origen ruso Maria Ouspenskaya. Una figura realmente maléfica, que realizando un salto cronológico de décadas, puede predecirnos al personaje que interpreta J.K Simmons en la recién estrenada Whiplash (Whiplash, 2014). O la amiga de nuestra protagonista, interpretada por Virginia Field, quien vende su cuerpo para poder alimentar a su amiga, en un acto de solidaridad realmente puro.

Además la película es una reivindicación de la mujer, que se ve abocada a la prostitución como única salida posible para la supervivencia. No hay un especial escarnio sobre esta profesión, sino más bien un compadecimiento, aunque en algunos casos recuerde al  de raíz  cristiana.

La puesta en escena es realmente maravillosa y llena de dinamismo. Secuencias magistrales como el travelling que nos presenta a nuestra protagonista avanzando frontalmente en la estación del tren en busca de clientes o la panorámica que nos presenta la población de Londres acumularse frente a los megáfonos que retransmiten un discurso  que les avisa sobre el inminente conflicto bélico son una buena muestra del savoir faire del director. Mervin LeRoy no se recrea en detalles morbosos, sino que simplemente los apunta, no sólo en el tema de la prostitución, sino también con el propio baile aristocrático.

El filme utiliza temas musicales que se convierten en Leimotivs que se repiten a lo largo de la historia, adoptando una importancia básica, especialmente dos: El Vals de las velas (la canción por excelencia de las despedidas) y la escena musical del Lago de los Cines de Tchaikovsky.

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